Virtudes públicas en Ortega (curso)

Capítulo Primero

La Ciencia

(cont.)

En este momento somos afortunados de tener en la dirección de nuestro pueblo unos políticos capacitados y honestos, que entienden la política como un verdadero servicio al pueblo, por lo que merecen nuestro mayor respeto y apoyo. Lo mismo hay que pedir a los políticos de la oposición, para que se moderen en su cometido, y a otras instituciones.

La Iglesia española, a su vez, debe recuperar el mensaje y el deseo del Vaticano II que se propuso dialogar con el hombre secularizado o laico de hoy y que cada vez lo será más. Tiene que saber discernir este signo irreversible de los tiempos, en el que está oculto el dinamismo encarnatorio del cristianismo. Los avances de la misma ciencia y de la educación ciudadana son signos del dinamismo inherente al cristianismo. El mantener un lenguaje mítico no ayuda a conectar con el hombre de ciencia de nuestro tiempo y de los propios ciudadanos que esperan mucho de ella.

El mito del paraíso

El filósofo Ernst Bloch es más radical que Ortega al tratar el tema de la ciencia, se remonta a los orígenes de la humanidad, concretamente al mito del paraíso terrenal, para descubrir ya en torno a él una casta involucionista y enemiga del progreso, que se opuso a los planes de la creación de Dios y los abortó. Esta casta ha sido la responsable del retraso de la ciencia en su desarrollo primero. Pero, gracias al tesón de los científicos, la ciencia ha podido abrirse camino por sí misma, ha avanzado y lo hará más en el futuro.

El mito del paraíso ha sido desmitificado e interpretado de manera correcta a la luz de la propia ciencia: el verdadero pecado original es no querer ser como Dios, ni conocer el bien y el mal, permaneciendo como animales en el paraisoso. Mediante la serpiente vino la libertad al mundo. Es cierto que es portadora de veneno, pero en el báculo de Esculapio es curación, como lo fue para los israelitas enfermos de lepra, que se curaron al mirarla sobre lo alto (Núm 21) .

La liturgia cristiana, desde los primeros tiempos, se vuelve a aquella gesta y la canta agradecida en la noche de pascua: ¡Feliz culpa que mereció tal redentor! Esta culpa preparó el camino a Jesucristo, el hombre libre, que fue puesto en lo alto de la cruz, como la serpiente de Moisés en el desierto (Núm 21, 4-9; Jn 3, 14). Su delito fue abrir los ojos al mundo y anunciarle la liberación.

Sí, hay que conocer como todos los dioses de turno, que se suceden en el mundo, para hacer y deshacer a su antojo, manteniendo a todos con los ojos cerrados. Es significativo al respecto el gesto reiterativo de Cristo en el evangelio, abriendo los ojos a los ciegos (Mt 12, 22; 15, 31; 20, 31-34; Mc 10, 46-52; Lc 18, 35-43). En todos estos textos se detecta una curación espiritual de la inteligencia más allá de la ceguera material. Jesucristo se manifiesta ya aquí con el título de liberador, que recientemente se le ha reconocido.

Ahora establecemos un punto de unión entre el paraíso terrenal y pentecostés, recorremos toda la historia santa, la pasada que narran las Escrituras y la que vivimos hoy, única historia ininterrumpida en la que Dios se revela, y escuchamos a Ortega que nos dice: "El gran pecado contra el Espíritu Santo es el horror a las ideas y a las teorías, es decir, a la ciencia y al conocimiento". Así se expresaba en un artículo (8 de marzo de 1908) en que decía a los políticos en el gobierno que "la función central de la política debe ser la educación del pueblo, para que éste no se mueva por meros instintos, porque un instinto es lo opuesto a una voluntad y mucho más a una voluntad racional, científica.

Si esto se abandona no se le pueden exigir ideales morales al pueblo. Pueblo es lo instintivo en la vida de cada nación. Previamente ha sacado a colación una cita del profeta Oseas: "Comeis, clamaba Oseas a los sacerdotes, de los sacrificios que me ofrece mi pueblo y estáis ansiosos de sus pecados" (La conservación de la cultura X, 43-44).

A su vez Popper habla de una teoría conspiracional de la ignorancia, que interpreta a esta, no como una mera falta de conocimiento, sino como la obra de algún poder malévolo, que crea en nosotros el hábito de la resistencia al conocimiento. Popper se refiere a los poderes fácticos que dominan todavía en los pueblos y que fomentan el hábito de la ignorancia entre los ciudadanos para dominarlos mejor. La ciencia, por el contrario, hace al hombre adulto y no manipulable.

El Vaticano II reconoce a la ciencia un carácter virtuoso y proclama su autonomía, a la vez que lamenta la oposición entre ciencia y religión que se ha establecido a lo largo de la historia (GS 33, 36 y 44).
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