En un momento del diálogo sobre la vida en la adolescencia les pregunté: ¿pero a vosotros que os preocupa? Del Miedo a la Esperanza

Del Miedo a la Esperanza
Del Miedo a la Esperanza

Una historia real en el aula sobre los miedos de nuestros adolescentes de la post-pandemia

Nunca nadie puede estar seguro de nada, esa es la inestabilidad de nuestra existencia, pero sí podemos hacer que todo suene a aventura y a reto con la mirada puesta en un futuro incierto, pero esperanzado

No me preguntéis cómo terminamos hablando de esto, porque no lo recuerdo. En clase de Valores Éticos, una cosa es por donde se empieza y otra por donde se acaba, depende de lo que vayan pensando y expresando los chicos. En un momento del diálogo sobre la vida en la adolescencia les pregunté: ¿pero a vosotros que os preocupa? Quitadas las respuestas típicas como que el Barça pierda la liga o que no me funcione el móvil, que las dicen para eludir lo importante, se hizo un silencio en la mayoría. Fui insistiendo uno a una y la respuesta era "no lo sé", hasta que una chica expresó: "yo tengo miedo pero no sé a qué". Como si se tratara de un oráculo salió media docena de voces que se apresuraron a decir "eso es lo que me pasa a mí".

Por más que intenté que localizaran la raíz de sus miedos, no lo conseguí. Todo era un miedo sin causa aparente y yo quise buscarle una explicación, quizá por ese defecto de fábrica que tenemos todos los humanos de explicar y de colocar cada cosa en su sitio: "¿y no será que los dos años de incertidumbre que llevamos con la pandemia y, sobre todo, el tener que estar recogidos en casa, os produce inquietud ante el futuro?". Como siempre se quedan con la última parte de la pregunta: "¡Qué va, maestro, si yo en mi casa es donde mejor estoy!"

Todo era un miedo sin causa aparente y yo quise buscarle una explicación, quizá por ese defecto de fábrica que tenemos todos los humanos de explicar y de colocar cada cosa en su sitio.

Aquí fue cuando vi que el miedo, la incertidumbre y el desconcierto les habían hecho mella en el ánimo. Era como sin un flautista de Hamelin hubiera pasado por nuestras ciudades tocando la sinfonía monótona del miedo orquestada con la flauta de los video juegos, la cuerda de tik-tok y la percusión de las noticias repetidas como variaciones sobre el mismo tema, y había metido a cada niño, a cada niña, a cada adolescente en el refugio seguro de su casa sin querer saber nada más de la realidad exterior que lo que brinda una pantalla, donde sólo se ve la realidad virtual, sin darse cuenta de que la fuente de sus miedos está precisamente ahí, en los mensajes que nos mandan una y otra vez: de riesgo de variantes del coronavirus, de manipuladores negacionistas o de expertos en el arte del disimulo político, o de amenazas de asteroides que impactarán sobre nosotros.

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Y no digamos del alza de los precios, de la falta de materias primas o de componentes básicos para la industria o de gobiernos desconcertados. Parece que no se enteran, pero en su inconsciente va calando esa sensación de miedo, como el que sentían en la aldea gala de Astérix a que el cielo se desplomara sobre sus cabezas.

Aquí fue cuando vi que el miedo, la incertidumbre y el desconcierto les habían hecho mella en el ánimo. Era como sin un flautista de Hamelin hubiera pasado por nuestras ciudades tocando la sinfonía monótona del miedo orquestada con la flauta de los video juegos, la cuerda de tik-tok y la percusión de las noticias repetidas como variaciones sobre el mismo tema, y había metido a cada niño, a cada niña, a cada adolescente en el refugio seguro de su casa sin querer saber nada más de la realidad exterior que lo que brinda una pantalla.

A lo mejor ha llegado ya el momento de que seamos capaces de extraer mensajes positivos, que los hay, en medio de todo este huracán de miedo que estamos sembrando sobre nuestros niños y adolescentes. Quizás ha llegado el momento de la sonrisa, levantarse un segundo cada hora la mascarilla, sin decir nada, para que se nos vean los labios sonrientes; quizás ha llegado la ocasión de no hacer negocio con las malas noticias; quizás ha llegado la oportunidad de aprender a expresar el afecto con bellas palabras a falta del beso emocionado o del abrazo apretado; y quizás los mayores, especialmente los maestros, tenemos que encender una luz brillante en medio de la oscuridad difusa, de hacer sonar campanas de gloria en medio de la niebla y de sembrar esperanza en el desierto de la tristeza.

El impacto de las redes sociales
El impacto de las redes sociales

A lo mejor ha llegado ya el momento de que seamos capaces de extraer mensajes positivos, que los hay, en medio de todo este huracán de miedo que estamos sembrando sobre nuestros niños y adolescentes. Quizás ha llegado el momento de la sonrisa, levantarse un segundo cada hora la mascarilla, sin decir nada, para que se nos vean los labios sonrientes.

Nunca nadie puede estar seguro de nada, esa es la inestabilidad de nuestra existencia, pero sí podemos hacer que todo suene a aventura y a reto con la mirada puesta en un futuro incierto, pero esperanzado.

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