Los hombres no lloran. Creancia

Fratria: Andrés Ortiz-Osés
31 mar 2018 - 12:01

En las sociedades patriarcales los hombres varones no suelen llorar porque no deben llorar, de acuerdo a la machotería oficial. Llorar sería una debilidad propia de mujeres, como parece que le advirtió al rey Boabdil su madre Aixa tras perder el reino de Granada: llora como mujer lo que no supiste defender como hombre. En efecto, la mujer llorona tiene una larga tradición que la manifiesta ritualmente como plañidera, que es la encargada de ofrecer los trenos fúnebres en el entierro de ciertas personas o personajes.

Las plañideras reflejan un trasfondo cultural de signo matriarcal, en el que la vida procede de la madre tierra y vuelve a ella. Por eso son mujeres las que ejercen el oficio de acompañar al vivo como comadronas o madrinas y al muerto como lloronas. Se trata de un acompañamiento ritual y comunal, que funciona a modo de catarsis o purificación colectiva, así como de reconciliación no solo con el más allá, sino también con el más acá de los parientes y amigos del difunto.

Las plañideras adquieren especial importancia en el antiguo Egipto, donde las lloronas se denominan cantoras de la diosa Hator. Pero su presencia recorre no solo el mundo judío, sino también Grecia y Roma. El estudioso I. Kadare ha llegado a afirmar que el ritual de plañideras podría ser el origen del teatro griego trágico, puesto que interpretan la muerte en vida. Sin embargo, las sociedades patriarcales que han dejado a la mujer esa función sentimental y lacrimógena, acaban reprimiendo tal manifestación considerándola histérica en nombre del racionalismo, el individualismo y la modernidad liberal. La propia muerte queda tabuizada y reprimida, por cuanto abstractificada.

En Latinoamérica perdura una vieja tradición de plañideras, especialmente en México, donde la vieja diosa Cihuacoatl llora la muerte de sus hijos, y donde coexiste el popular mito o símbolo de la Llorona, la mujer que pierde trágicamente a sus hijos y los llora como alma en pena. Curiosamente está la versión musical de Chavela Vargas en color negro, junto a la versión de nuestro Raphael en color blanco. Ambos son colores de la misma muerte sea como desaparición terrestre sea como trasfiguración celeste.

A pesar de todo, las plañideras han perdurado en ciertos ámbitos tradicionales, y aún perduran. En nuestras procesiones de Semana Santa podemos observar hoy en día cómo la Madre Dolorosa llora la muerte de su Hijo, acompañada por una sentimental música fúnebre. Ahora bien, a diferencia del hombre patriarcal que no llora, pero deja o hace llorar a las mujeres, el Jesús del Evangelio llora lágrimas de sangre ante la muerte. Pues no se trata en efecto de una figura patriarcal, sino fratriarcal. Lo cual nos hace pensar en el alma femenina del hombre Jesús.

En su obra La edad de la razón, J.P.Sartre decía que uno no es un hombre mientras no haya encontrado algo por lo que morir. Otra vez el machotismo, porque morir por algo es morir por una razón patriarcal y abstracta. Si acaso morir por alguien tendría buen sentido humano, propio del hombre y de la mujer en diálogo coexistencial.

CREANCIA

(Creer es querer

y por tanto crear).

Como en bruma morada te diluyes y envuelves

como en gran catarata te viertes y conviertes

como en aire envolvente te vistes y desvistes.

Soy yo el que no te encuentro

porque estás mar adentro

soy yo el que piso tierra

tú eres extraterrestre

soy yo el que no te cuento

porque no eres un cuento

soy yo el que te recuento

aunque no eres un número.

Yo soy quien te recuerdo porque eres un numen

un numen que es un daimon encaramado a un duende

un duende que es imago encarnada en un trasgo

un trasgo que es un trasto encarnado en un elfo

un elfo que es un eros encaramado a un soplo.

Un soplo de aire fresco

que pulula en mis sienes

un copo de éter puro

que refresca mi frente

un signo indefinido

que se define en símbolo

un símbolo propicio

para decir el alma

un símbolo apropiado

para apropiar el mundo

un mundo tatuado

por el amor celeste.

Yo soy el propio tránsfuga del amor anunciado

del amor denunciado del amor renunciado

un tránsfuga abrumado por el humo que esparce

como incienso sagrado como vaho escanciado.

El humo que fumiga el cuerpo tumefacto

el humo que distiende el alma entumecida

un humo que despierta el espíritu alado.

He perdido ya el tiempo

en un espacio frígido

he aprendido a amar

al borde del abismo

he avistado el buen duende

en la última suerte.

Menos mal que he sabido menos mal que he sufrido

menos mal que he sentido menos mal que he querido.

Mejor querer que ser herido y malquerido

mejor creer que ser creído y descreído.

Pues creer es querer que la creencia quiera

y querer es creer que la querencia crea

ya que el que cree quiere y el que quiere crea.

Creencia es pues querencia y ambas dicen creancia

por eso el Dios de la creencia quiere y crea

es el Dios creador que ama y procrea.

(Al vivo recuerdo de Miguel de Unamuno).

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