En pasados artículos abordábamos el celibato en relación con la virginidad de María y en referencia a los consejos de Pablo de Tarso en la epístola a los corintios. El Apóstol no se refería, por supuesto, a María, madre de Jesús, sino a cierto ideal de perfección donde el celibato es un medio óptimo para la unión “con el Señor”.
Entre los fervores de este tiempo del año que todavía colea con descuentos de tanta barahúnda, trufado de luminarias, esperanza redentora para muchos en la lotería, villancicos infantiloides que inundaban los supermercados, festejos musicales, aceras imposibles, visita obligada a exposiciones belenísticas, comidas familiares agobiantes y no sé cuántas cosas más que ha traído este tiempo que nos apabulla, entre todo esto, digo, se puede encontrar un momento oportuno para la reflexión sobre lo que la creencia católica mantiene como exultante misterio: nace el Salvador, el Hijo de Dios.
No nos podemos hacer una idea ni siquiera aproximada de cómo era el mundo hace dos, tres o cinco siglos en el mundo rural. Un ejercicio de imaginación podría acercarnos a la dura vida rural de esos tiempos haciendo omisión de todas las comodidades que la técnica ha propiciado en nuestros días, coches, televisiones, adminículos de comunicación, lavadoras y utensilios eléctricos de cocina, calefacciones centrales, interruptores eléctricos… Así nos podríamos hacer una idea de lo dura que llegaba a ser la vida en aquellos tiempos.
Las tradiciones religiosas estrictamente navideñas, en trance de desaparecer, parece que están mutando a otra realidad, sin atisbo de cuál será la consolidación final de tal metamorfosis. Quizá todavía en el ámbito rural algo queda, pero el imparable influjo de las grandes urbes, el atontamiento que produce la televisión y la machacona batahola de los grandes almacenes conducen a la gran vulgaridad de la que es difícil escapar.
No cambiará, porque el edificio doctrinal se prolonga en el tiempo y es inmenso en extensión. Mucho tendrían que mutar las cosas dentro de la Iglesia para que se pudiera desdecir del cúmulo de teoría como los siglos han amontonado en relación a la virginidad de María y, por extensión, a la virginidad como “estado de perfección”.
¡Cuán diferente es la intelección de lo que quiere expresar el término “mito” en la antigüedad y en la actualidad! Hoy se ha perdido ese profundo significado que encerraba para los antiguos convirtiéndolo en sinónimo de “cuento, fábula o leyenda”, todo ficción y fantasía. Como mucho, se puede entender, hoy, como explicación de fenómenos físicos o psíquicos que de ese modo el vulgo ha comprendido en el pasado y puede entender mejor hoy.