Hace más de sesenta años, un hombre, aún joven, criado en el catolicismo y viviendo en un entorno católico practicante, educado en colegio religioso, deseaba profundizar en su fe. Y, además, por aquel entonces, estaba de moda en los seglares.
Toda religión presupone dos, incluso tres elementos en mutua relación: el individuo, la comunidad y el referente universal, el Ser Supremo, llámese como se llame, Dios en la cultura occidental. En todas las civilizaciones y en todos los tiempos se ha dado este conglomerado asociativo. Dada su universalidad, parece que no puede haber sociedad si no existe religión.
Algo se nos quedó en el tintero ayer, es decir, en el conjunto de ideas que a uno le vienen a la cabeza cuando piensa en lo que hoy es o cómo se manifiesta la Iglesia española. Parecería a cualquiera, ajeno a la sociedad española, que la Iglesia es todavía una sociedad encastrada de tal manera en la sociedad civil que ésta no se entendería sin aquella. También lo pensamos nosotros. España no se entiende sin la Iglesia católica, pero no tanto por su presente “humano” cuanto por su pasado “glorioso” (y menos glorioso) y por su presencia pétrea, monasterios, catedrales, etc.
Es de suponer que dirán, como San Pablo cuando se dirigía epistolarmente a alguna de las iglesias en formación, “a confirmar la fe”. Pues quizá consiga frutos abundantes, aunque mucho nos tememos que, dado el ritual previsto, será similar a las visitas anteriores de JP2 y B16: boato, folklore, turismo de masas, donde refulgen con él las autoridades adyuvantes.
Cada vez seremos menos los que guardamos en nuestra mente retazos de las consecuencias de la Guerra Civil, principalmente porque nuestra infancia o adolescencia se desarrolló entre gentes de un bando o de otro y en un clima espeso de carestía de todo y de dificultades sobrevenidas.
No es intención ni se puede, en artículos diarios en RD, abrumar con datos ni profundizar en los asuntos que se tocan y que aquí se aportan. Es imposible y además pretende que así sea la filosofía que anima tales aportaciones escritas. Uno de esos asuntos es la conexión entre psicología humana y necesidad de Dios.
Todos los años suelo escribir algo que me libre del mito, que me retrotraiga a la realidad y que me haga regresar al pensamiento primigenio, a lo de siempre: si se trata de creer y venerar un ser construido, un héroe, un mito, un compendio de perfecciones, un prototipo inventado a partir de un personaje real, nada tenemos que decir. Pero si pretenden colar como “real” e “histórico” a tal engendro, el simple sentido común se rebela y lo denuncia. Es el caso de Isidro Labrador.
El estado de Israel vive en una esquizofrenia religiosa, cultural y social que parecería estar reducida a círculos minoritarios espirituales o intelectuales. No es así, porque, con el pretexto de asegurar loa seguridad nacional, tales “conceptos” se incardinan en loa acción política y militar y la padecen de manera dramática quienes fueron en otros tiempos dueños de esas tierras y ahora se encuentran aherrojados tras las empalizadas alzadas para separarlos.
Asistimos estos días de agitada pre campaña electoral y post pactos como espectadores o auditores pasivos a las trifulcas entre unos y otros, más bien entre uno y otro con comparsas festivos de alguno más que aparece quejándose de que no se atiende su queja. De momento la Conferencia Episcopal no dice nada, gracias y adiós.
¡Creencias, creencias! Por una parte, la creencia en los valores eternos, en la savia del cristianismo, en la linealidad cristiana de nuestra historia, en la esencia de España,...; por otra quienes, aun defendiendo las “esencias patrias”, quisieran que éstas se desligaran de las creencias religiosas; por otra quienes están abiertamente en contra y, pretendiendo romper con ese pasado oscuro, quieren insuflar nuevo espíritu en la sociedad; por otra, aquellos que reniegan de la virtualidad de la unión patria y pretenden alzar una nueva sociedad basada en la radical separación de las distintas regiones guiados por nuevos “impulsos nacionales”.
El pensamiento humanista no es un pensamiento de componendas y de medias verdades. Puede parecerlo por ese sentido de respeto a la persona, respeto que es cancela de entrada y atmósfera que envuelve el ámbito de actuación del pensamiento racional y humanista.
Jesús reúne en su persona los tópicos (del griego “topoi”, lugares) que se pueden relacionar con la aspiración mesiánica, sea de Israel o de cualquier pueblo irredento.
Uno no puede por menos de sonreír ante tanto artículo de Religión Digital, especialmente los que insisten en la emoción estético-crédula, con la pretensión de algunos de ver un catecúmeno en cada posible lector. Y así encontramos artículos sentimentaloides que parecen copia rediviva del último sermón de cualquier fanático de Kiko Argüello.
Condición es de algunas personas alzarse intelectualmente a contracorriente de lo que es dogma de actuación en determinado tiempo y sociedad. No suele ser sano hacerlo, a veces ni prudente, pero qué le vamos a hacer.
Seguí parte de la celebración del Domingo de Ramos, bendición y procesión, celebrada en Roma por televisión. Impresionante parafernalia. Pero la audición corrió por las sendas del recuerdo propio: los cantos me inundaron de nostalgia. Suponían un zambullido en el acervo de mis remembranzas.
La TV2 aprovecha de vez en cuando cualquier “retal” para llenar espacio. Eso se vio en TV el viernes día 3 de abril. Una remembranza ritual de la Pasión consta de catorce pasos que reviven el “camino de la cruz” en latín. ¿Alguien pudo seguir la ceremonia de Viacrucis del Viernes Santo celebrado en Roma? Sí, alguien sí, aunque, casi con seguridad, una exigua minoría. Y precisamente a la hora de la cena.
Se ha debatido en días pasados el asunto de las vocaciones sacerdotales, de las cuales depende, a medio plazo y en gran parte, el porvenir de la Iglesia. Recogiendo datos de aquí y de allá, opiniones, noticias puntuales, informes varios y elucubraciones personales me atrevo a poner mi grano de opinión desde mi lejano interés sobre este problema que tanto les afecta.
¡Y mira que eran truculentos los cuentos de nuestra lejana infancia! Hoy todos son excesivamente edulcorados, de tal modo que las angustias infantiles nunca quedan canalizadas por relatos escalofriantes. Aquello de “Ana, hermana mía, ¿no ves a nadie?” en el de Barba Azul ponía los pelos de punta. ¿Y cuando el lobo se come a Caperucita Roja?También recordamos Los Siete Enanitos, El Sastrecillo Valiente con el cual nos identificábamos… Y Pinocho, excesivamente elaborado…