Pia fraus, mentira piadosa, despreciable práctica cristiana.

Dado que Pablo de Tarso justificó la “mentira piadosa”, nada hay que objetar cuando de ella se sigue un bien (curiosamente siempre en beneficio de la Iglesia, con despojo de otros afectados por la mentira).
Una cosa es afirmar genéricamente tales fechorías y otra, a poco que se bucee en la historia, encontrarse con ejemplos de fraude y engaño.
Uno de los embustes más grandes, como sabemos, fue la así llamada “Donatio Constantini” al papa Silvestre I, por instigación de “todo” un papa, Esteban II en el siglo VIII. Gracias a este “documento” el papado se hizo dueño de la ciudad de Roma y prácticamente de todo el Imperio romano de Occidente. Ése fue el Patrimonio de San Pedro de que ha gozado la Iglesia católica desde el siglo VIII hasta el XIX.
Fue el humanista Lorenzo Valla --por cierto, sacerdote--, el que destapó el fraude de tal documento con razones tan poderosas que, de haber permanecido en Roma, le habrían llevado a la hoguera.
Un ejemplo menor, aunque no tanto, de tergiversación con el propósito de “documentar” históricamente la figura de Jesús la encontramos en las ediciones que circularon por el orbe cristiano de la obra de Flavio Josefo, “Antigüedades Judías”.
Copiamos la versión que ha llegado hasta nosotros de dicha obra, Libro XVIII, Cap. III, párrafo 3º.
Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es licito llamarlo hombre, porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y muchos gentiles. Era el Cristo. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado este y mil otros hechos maravillosos acerca de él. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos
Ya desde hacía tiempo se sospechaba que tal párrafo había sido una interpolación realizada por algún bienintencionado escriba cristiano, en base a observaciones textuales y filológicas:
1º. El pasaje en cuestión interrumpe el relato de tal manera que el sentido queda truncado. El párrafo segundo conecta con el cuarto sin solución de continuidad. El tercero es una cuña sin sentido dentro del capítulo III.
3º. Los hechos maravillosos a que hace referencia el párrafo no cuadran con el tono general de la obra, que pretende mantenerse en todo momento en el relato de hechos objetivos. Si lo hace, advierte que cita referencias, un “se dice” o “cuentan que”.
3º. Las afirmaciones que el escribano “bienintencionado” vierte sobre Jesús sólo las pudo escribir un cristiano, jamás un judío como Flavio Josefo, autor del libro.
4º. Flavio Josefo jamás hubiese calificado a Jesús de Mesías, dado que siempre se mantuvo fie a su fe judía.
5º. Conceder que las profecías del Antiguo Testamento se refirieran a Jesús Flavio Josefo no lo hubiera admitido en su obra de historia.
Por si esto no fuera suficiente, leemos en nota a pie de página lo que sigue, en referencia a una versión de “Antigüedades Judías” transmitidas por vía árabe:
En 1972 el profesor Schlomo Pines, de la Universidad Hebrea en Jerusalén, anuncio su descubrimiento de un manuscrito árabe del historiador melquita Agapio, del siglo X, en el que el pasaje de Josefo queda expresado de una manera apropiada para un judío, y que se corresponde de una forma tan estrecha a las anteriores proyecciones hechas por eruditos acerca de lo que Josefo habría escrito originalmente. El texto de Agapio es el siguiente: "En este tiempo existió un hombre de nombre Jesús. Su conducta era buena y era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se convirtieron en discípulos suyos. Los convertidos en sus discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Según esto fue quizá el mesías de quien los profetas habían contado maravillas".