'El Cristo educador. Un ateología del educador cristiano' Educar en plenitud o la segunda venida del Cristo educador

El Cristo educador
El Cristo educador

"La educación cristiana está llamada hoy a educar en la solidez de la verdad, la gratuidad y la fraternidad que se oponen a la liquidez del relativismo, el materialismo y el individualismo propios de los parámetros economicistas y biopsíquicos del sistema de valores predominante"

"Si Jesús viniese hoy a nuestras escuelas y clases, ¿encontraría fe en ellas? (Lc 18, 8). ¡Está claro que encontraría fe porque son muchas las personas y las acciones buenas que acontecen en la educación cristiana! Pero también hallaría mucho miedo paralizante"

"Es preciso que los educadores cristianos y las instituciones cristianas nos mostremos con autenticidad (un valor muy apreciado en educación, especialmente entre los niños y los jóvenes)"

Una de las razones, quizás la fundamental, por la que me decidí a escribir y publicar el libro El Cristo educador era cuestionar de modo provocador si Jesús de Nazaret ocupa un lugar nuclear en la educación cristiana, tanto en el seno de las instituciones educativas cristianas como entre los propios educadores cristianos.

Apelando al hecho de que las primeras comunidades cristianas vivían su fe desde la esperanza de que la segunda venida de Cristo era inminente, una posible respuesta a este cuestionamiento podría venir en forma de otra pregunta: si Jesús viniese hoy a nuestras escuelas y clases, ¿encontraría fe en ellas? (Lc 18, 8).

¡Está claro que encontraría fe porque son muchas las personas y las acciones buenas que acontecen en la educación cristiana! Pero también hallaría mucho miedo paralizante, no pocas tentaciones mundanizantes, ciertas corruptelas e inadmisibles corrupciones e incluso alguna atrocidad (la verdad sea dicha) que eclipsan y confunden de manera acusada nuestros objetivos evangélicos.

El Cristo educador
El Cristo educador

Está claro que queremos educar siguiendo las enseñanzas del Cristo educador, pero nos fallan las fuerzas y se tambalea nuestra fe en una pugna escatológica entre la educación cristiana que ya somos y la que todavía no hemos logrado llegar a ser.

Rebuscando en el prólogo del libro —¡un regalo de sabiduría y generosidad teológica de X. Pikaza!—, podemos entresacar dos claves espirituales para la educación cristiana. La primera es que el educador en el sentido de Jesús de Nazaret ha de ser un resucitado. Apelando al adagio paulino —“si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Co 15, 14)—, podemos decir que la educación cristiana está llamada hoy a educar en la solidez de la verdad, la gratuidad y la fraternidad que se oponen a la liquidez del relativismo, el materialismo y el individualismo propios de los parámetros economicistas y biopsíquicos del sistema de valores predominante. Parafraseando a Pablo, si la educación cristiana no educa en y para la plenitud, vana es nuestra acción educativa.

En segundo lugar, ante las dificultades del momento presente, es muy humano refugiarse en objetivos colaterales y en las excusas para justificarnos ante Jesús y ante nosotros mismos por no saber o no querer actuar en sintonía con su Evangelio. Empieza a ser recurrente escuchar a representantes de la educación cristiana que propugnan basar el futuro de la misma en la competitividad y la sacrosanta y autoproclamada “calidad” dando a entender que el Evangelio es incompatible con la competencia (¡que no competitividad!) y con la calidad. Sin embargo, es bastante común hallar episodios de la historia de la Iglesia en los que los cristianos podrían haberse quejado de tener que evangelizar en un contexto muy desfavorable.

Cristo educador
Cristo educador

De hecho, el propio X. Pikaza ha perfilado perfectamente como el mismo cristianismo en su origen halló en la vida y la palabra de Jesús una referencia de vida eterna que se plasmó en el denominado primer evangelio, el de Marcos. La conclusión es clara: elegir entre nuestras excusas y la palabra de vida de Jesús es una analogía con la opción que se decanta entre afrontar nuestros miedos desde nuestras falsas seguridades o hacerlo desde la fe en la palabra de vida de Jesús de Nazaret, el Cristo educador. Y hoy la educación cristiana, como tantos otros cristianos a lo largo de la historia, tiene que volver a plantearse esta cuestión.

Varios lectores del libro me han subrayado el impacto que les ha suscitado una idea que aparece en su introducción: quizás un error actual de los cristianos es haber olvidado que ni en educación ni en el cristianismo hay que dar por supuesto lo que no se puede dar por supuesto. Y es que, igual que no se puede educar sin dejarse educar, tampoco se puede evangelizar sin dejarse evangelizar. Así que, aunque asumimos que la educación tiene que buscar el desarrollo íntegro de la persona, echando un vistazo a los debates y las polémicas educativas presentes no se puede dar por supuesto que todo planteamiento educativo aspire a promover la plenitud de la persona. Y todo ello sin olvidar que no somos nosotros quienes hemos elegido esta misión, sino que es Alguien quien nos ha elegido para llevarla a cabo.

Sin embargo, ¡los cristianos primitivos no dieron por supuesto que Jesús vendría!, aunque sí lo esperaron con una fe viva, profunda y auténtica que se expresaba en acciones y signos inequívocos e inteligibles al interior y al exterior de sus comunidades. Por ello hoy, como en cualquier momento histórico, es preciso que los educadores cristianos y las instituciones cristianas nos mostremos con autenticidad (un valor muy apreciado en educación, especialmente entre los niños y los jóvenes). Y como para ser auténticos tenemos que aceptar con entereza nuestra realidad, el primer capítulo del libro esboza un sencillo análisis de las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades que, a mi juicio, se concentran en torno a la educación cristiana.

José M. Peiró
José M. Peiró

Desde este contexto de autocomprensión de la educación cristiana en su misión para y hacia el mundo de hoy, los cuatro evangelios ofrecen una extraordinaria elocuencia educativa que espero haya quedado claramente plasmada en sus respectivos capítulos.

Así, en el capítulo estructurado en torno al libro de los signos del evangelio de San Juan, se describe la misión del educador cristiano de forma que pueda llegar a erigirse en ser signo del amor de Dios. En el dedicado a Mateo, se han subrayado los valores y dimensiones comunitarias de la educación cristiana, apelando a la fidelidad creativa como la metodología cristiana para integrar tradición e innovación en pro de su misión educativa y evangelizadora, obteniendo como resultado un decálogo del educador cristiano. El capítulo derivado del evangelio de Lucas pretende mostrar a Jesús Maestro como la gran parábola viviente del educador cristiano, de modo que priorizando armónicamente a Dios, al prójimo y al contexto educativo nos permitirá hallar el horizonte y la moraleja de nuestra misión educativa llamada a evangelizar a tiempo y a destiempo, especialmente a los más necesitados.

El Cristo educador

Finalmente, de la teología del evangelio de Marcos emana una espiritualidad del educador cristiano que, apelando a las etapas de la experiencia mística entendida como metáfora de un enamoramiento de Dios, plantea sensaciones y experiencias de vida que fundamentan la misión del educador cristiano como alguien que es feliz porque sabe que es del mismo Cristo de quien se ha fiado.

En definitiva, la propuesta de El Cristo educador culmina en el gran interrogante existencial, “ser o no ser educadores cristianos: ésa es la cuestión”. Está claro que para que la evangelización sea posible en el contexto de la educación no debemos olvidar que “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126). Hoy muchos parámetros educativos siguen indicadores pedagógicos, económicos y de marketing que construyen un edificio educativo robusto en lo externo pero carente de alma y de espíritu en su interior, como si los albañiles se sintieran autorizados a desbancar al único arquitecto de la educación evangelizadora. Pero sólo hay “una luz grande” (Is 9, 2) capaz de irradiar humanidad y sentido de la vida donde hoy predomina la tiniebla educativa, transformándola en una educación que aspire a proporcionar la felicidad y la plenitud que anhelan los corazones de nuestros alumnos. Esa luz no es otra que Jesús, el Cristo educador.

El Cristo educador

Ficha técnica: El Cristo educador. Una teología del educador cristiano. Autor: J. Miguel Peiro Alba. Editorial El ojo de Poe. 290 páginas. Precio: 15 €. Disponible en las principales librerías religiosas y en Amazon (formato eBook). Más información en: www.elcristoeducador.com.

J. Miguel Peiro Alba (Madrid, 1973) es padre de familia y, en la actualidad, educador cristiano en el colegio salesiano San Antonio Abad de Valencia. Su reflexión teológica sobre la educación cristiana emerge desde una amplia experiencia como educador cristiano en centros de diferentes carismas (dominicos, teatinas, salesianos, Pureza de María o hermanas de María Inmaculada). Dada su formación científica, filosófica y teológica ha impartido diversas materias, pero se ha especializado en Filosofía y Religión y, principalmente, en la acción tutorial y pastoral, a través de las cuales establece un diálogo apasionante con las preguntas e inquietudes de sus alumnos, muchas de las cuales están implícitas en su obra.

José M. Peiró

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