¡Vuelvan pronto, hermanos redentoristas!

Fieles a su vocación misionera, los Padres Redentoristas se convirtieron en los inseparables compañeros del Arzobispo en las largas visitas Pastorales del entonces extenso arzobispado. De ello dan fe las actas de visitas asentadas en los libros parroquiales de gobierno, en los que aparece con frecuencia la firma de alguno de ellos que fungía como secretario.
Los misioneros eran los incansables predicadores y confesores de aquellas jornadas que forman parte del imaginario religioso merideño. Todavía hoy ochenta y tres años después, los discursos de bienvenida, al inicio de las visitas pastorales comienzan con la salutación al Señor Arzobispo y misioneros que lo acompañan.
La Iglesia de la Tercera y el convento a él adosado, se convirtió en el centro misional de partida y llegada, de descanso de las duras fatigas en los más alejados caseríos, para realizar un trabajo pastoral, muy valorado y siempre añorado por los fieles de la ciudad: ir a confesarse a la Tercera.
Hay que sentir admiración, mejor veneración por estos hombres de Dios, que literalmente se han “pateado” el territorio nacional, mucho más que cualquier entrenado excursionista o desprevenido turista. La única finalidad: dar a conocer el evangelio y reavivar la fe de todos, especialmente de los pobres y sencillos.
Una cláusula inspirada, firmada por los arzobispos Siva y más tarde Chacón, en el convenio de cesión de la Tercera a los Redentoristas, incluía la permanencia a perpetuidad, aún en el caso de que se fueran, porque al volver, La tercera sería de nuevo, el hogar nutricio.
En busca de consolidar mejor el carisma de San Alfonso en sus seguidores, el Capítulo General de la Orden decretó el cierre de la casa de Mérida. La razón: la falta de personal y la urgencia de dedicarse más al carisma especifico misionero y la formación vocacional.
Hoy, estamos ejecutando esta disposición superior. En primer lugar, es un día para el agradecimiento. A Dios y a los numerosos Padres y Hermanos que durante diecisiete lustros fueron faro de luz y sal de gracia y bendiciones para nuestra tierra merideña. Un Dios se lo pague profundo y sincero brota de nuestro corazón y de nuestros labios.
Es también una jornada para la esperanza. Pedimos al Santísimo Redentor y a la Virgen del Perpetuo Socorro que consolide vocaciones redentoristas criollas, para que a la vuelta de unos años, quizá para el centenario de su primera llegada a Mérida, vuelvan a nuestros lares. Así queda plasmado en el documento que conjuntamente firmamos en esta ocasión.
También nosotros como Iglesia particular debemos preguntarnos por la animación y búsqueda de vocaciones para los diversos carismas de la viada consagrada. Es tarea también nuestra. Los carismas religiosos son savia nutriente, necesaria para que la fe sea más vigorosa, y la riqueza de las Ordenes y congregaciones fecunde en hombres y mujeres para hacerlos discípulos fieles, misioneros alegres, testigos intrépidos en llevar la semilla del evangelio, hacerla cultura y vida de creyentes y agnósticos
Bendigamos a Dios por habernos regalado la presencia de los Padres Redentoristas entre nosotros y como el Padre de la parábola del hijo pródigo, asomémonos cada día a otear el horizonte, para esperar el regreso de estos misioneros, a quienes queremos, admiramos y agradecemos el habernos dado lo mejor de sí, para nuestro bien espiritual. Por eso, no les decimos adiós, sino hasta luego, ¡Vuelvan pronto! Que así sea.
Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo , arzobispo de Mérida (Venezuela)