Hace unos días me encontraba por la calle con una señora de setenta años a quien conozco desde hace mucho tiempo.
-¿Sabes? -me dice-. Me dieron el mes pasado la Unción. Quedé sorprendido al verla con tan buen aspecto. No parecía enferma. Pero ella me lo aclaró:
- Sí; pertenezco al grupo parroquial de "Vía ascendente". Nos hablaron de la Unción de Enfermos. Preguntaron quiénes, dentro de los que teníamos enfermedad crónica importante, se decidían a recibir este sacramento en una celebración parroquial. Como yo padezco del corazón, me apunté. Fue una ceremonia muy entrañable y llena de alegría.
Probablemente se pasaron los organizadores de este acto. Pienso que la Santa Unción no se ha de confundir con una fiesta de tercera edad; sería trivializar el Sacramento. Pero sí resulta esperanzador cuando se administra comunitariamente en la parroquia a enfermos graves que pueden acudir al templo o a ancianos ya decrépitos.
Un sacerdote celoso nos decía: "En mi parroquia hemos administrado comunitariamente la Unción en tres ocasiones. La celebración fue sencilla, pero muy sentida y vivida. Los fieles oraban con los enfermos y por los enfermos. Ellos se sentían queridos y fortalecidos en su debilidad, por la ayuda de Dios y la acogida de los hermanos."
Para algunos pacientes resulta esta práctica verdadero tiempo de conversión.
Este cambio en la mentalidad no parece fácil, ni suele ser rápido. Pasar en la apreciación de los fieles, de mirar la Unción como la "puntilla" que se da al enfermo cuando está expirando, a celebrarla como una fiesta de esperanza y consuelo, no se puede conseguir en un día. Es cuestión de proponerlo con suavidad, sin estridencias, como un bien para los enfermos; sin forzar nunca situaciones: respetando la libertad de los pacientes y su familia.
El hecho de que haya personas que lo aceptan, ya es positivo. Los más reticentes terminarán mirando la Unción como sacramento de vida y de salud.
En todo caso siempre es necesaria la visita del sacerdote a los enfermos de su demarcación bien sea en casa o en el hospital. Esto
no se puede suplir con nada. Es preciso conservar la costumbre de llamar al párroco cuando un familiar entra en enfermedad grave o duradera. La palabra sacerdotal, llena de amor a Jesucristo, con nada se puede suplir.
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