El fin del mundo en 2012
Mons. Felipe Arizmendi Esquivel / SIAME 22 de enero.- Revuelo y preocupación causó la nota de que el calendario de los mayas termina el 21 de diciembre de 2012, y que por tanto, dada la precisión astronómica que lograron los antepasados de esta etnia, en esa fecha se acabaría el mundo. Nada más irreal.
Los mayas no predijeron el fin del mundo, sino que simplemente hasta esta fecha llegó su contabilidad de los años. Su calendario está dividido en grandes ciclos, y el próximo 21 de diciembre concluye el último de los que contaron, pero no indican que al terminar su recuento de los años se vaya a terminar este mundo.
Las investigaciones arqueológicas sobre los mayas han arrojado resultados sorprendentes. Su medición del tiempo, reflejada en su calendario, fruto de una observación precisa del movimiento de los astros, es digna de admiración, pues denota una cultura sumamente desarrollada, científica y matemáticamente exacta.
Los signos con los que medían el tiempo son diferentes a los nuestros, pero su precisión es asombrosa. Dicen que el 21 de diciembre de este año concluye el 13 baktún e inicia otro ciclo.
Los pueblos descendientes de los mayas, en general, desconocen la enorme riqueza científica de sus raíces, y es lamentable que muchos de los investigadores sean extranjeros, atraídos por los profundos conocimientos astronómicos que logró esa cultura. Poco a poco, sin embargo, con recursos financieros que el gobierno e instituciones privadas aportan, más y más mexicanos, también indígenas, se interesan en estas investigaciones.
En mi diócesis, son descendientes de los mayas los tseltales, tsotsiles, ch’oles y tojolabales. También hay pequeños grupos de quekchíes, quichés, mames, kanjobales, etc., en total, más de un millón. Estos indígenas, de antes y de ahora, no son despreciables, ignorantes y atrasados, sino dignos de todo respeto. En los parámetros de su propia cultura, son sabios, observadores, fieles a su tradición y con muchos conocimientos que hacen bien a la humanidad. Su pobreza exterior esconde una gran riqueza interior. Jesucristo, por medio de su Iglesia, les ha levantado de su postración y ahora van teniendo nueva confianza en sí mismos, están revalorando su cultura y saben que pueden aportar sabiduría al mundo.
La fe cristiana, a pesar de innegables errores en procedimientos de los conquistadores y aún de varios misioneros, les ha hecho tomar conciencia de que valen mucho, pues son hijas e hijos de Dios, quien no distingue colores y posiciones sociales o económicas. Se consideran miembros vivos y activos de una Iglesia encarnada, y sirven en muchos cargos y tareas en bien de su pueblo, sin intereses económicos. Aumentan progresivamente las vocaciones sacerdotales y religiosas autóctonas, como fue el sueño del Concilio Vaticano II, en su Decreto Ad gentes, 6. En nuestro Seminario diocesano, de 60 alumnos que hay en este curso escolar (48 en el Mayor), 27 son indígenas: 15 tsotsiles, 5 tseltales, 5 ch’oles, 1 tojolabal y un totic.
Y en cuanto a la fecha de cuándo se terminará este mundo, los indígenas de ahora para nada toman en cuenta el fin del calendario maya; se rigen por el común. Son más bien algunos no indígenas, poco conocedores de la sabiduría maya, quienes inquietaron sobre una inexistente profecía maya.
Los creyentes en Cristo, estamos seguros de lo que Él nos dijo: que esa fecha sólo Dios Padre la conoce. No nos inquieten, pues, falsas profecías. Cimentémonos en Cristo, vivamos fieles a su Palabra, y suceda cuando sucediere el fin personal y el de este mundo, estaremos preparados. Eso es lo que importa.
Los mayas no predijeron el fin del mundo, sino que simplemente hasta esta fecha llegó su contabilidad de los años. Su calendario está dividido en grandes ciclos, y el próximo 21 de diciembre concluye el último de los que contaron, pero no indican que al terminar su recuento de los años se vaya a terminar este mundo.
Las investigaciones arqueológicas sobre los mayas han arrojado resultados sorprendentes. Su medición del tiempo, reflejada en su calendario, fruto de una observación precisa del movimiento de los astros, es digna de admiración, pues denota una cultura sumamente desarrollada, científica y matemáticamente exacta.
Los signos con los que medían el tiempo son diferentes a los nuestros, pero su precisión es asombrosa. Dicen que el 21 de diciembre de este año concluye el 13 baktún e inicia otro ciclo.
Los pueblos descendientes de los mayas, en general, desconocen la enorme riqueza científica de sus raíces, y es lamentable que muchos de los investigadores sean extranjeros, atraídos por los profundos conocimientos astronómicos que logró esa cultura. Poco a poco, sin embargo, con recursos financieros que el gobierno e instituciones privadas aportan, más y más mexicanos, también indígenas, se interesan en estas investigaciones.
En mi diócesis, son descendientes de los mayas los tseltales, tsotsiles, ch’oles y tojolabales. También hay pequeños grupos de quekchíes, quichés, mames, kanjobales, etc., en total, más de un millón. Estos indígenas, de antes y de ahora, no son despreciables, ignorantes y atrasados, sino dignos de todo respeto. En los parámetros de su propia cultura, son sabios, observadores, fieles a su tradición y con muchos conocimientos que hacen bien a la humanidad. Su pobreza exterior esconde una gran riqueza interior. Jesucristo, por medio de su Iglesia, les ha levantado de su postración y ahora van teniendo nueva confianza en sí mismos, están revalorando su cultura y saben que pueden aportar sabiduría al mundo.
La fe cristiana, a pesar de innegables errores en procedimientos de los conquistadores y aún de varios misioneros, les ha hecho tomar conciencia de que valen mucho, pues son hijas e hijos de Dios, quien no distingue colores y posiciones sociales o económicas. Se consideran miembros vivos y activos de una Iglesia encarnada, y sirven en muchos cargos y tareas en bien de su pueblo, sin intereses económicos. Aumentan progresivamente las vocaciones sacerdotales y religiosas autóctonas, como fue el sueño del Concilio Vaticano II, en su Decreto Ad gentes, 6. En nuestro Seminario diocesano, de 60 alumnos que hay en este curso escolar (48 en el Mayor), 27 son indígenas: 15 tsotsiles, 5 tseltales, 5 ch’oles, 1 tojolabal y un totic.
Y en cuanto a la fecha de cuándo se terminará este mundo, los indígenas de ahora para nada toman en cuenta el fin del calendario maya; se rigen por el común. Son más bien algunos no indígenas, poco conocedores de la sabiduría maya, quienes inquietaron sobre una inexistente profecía maya.
Los creyentes en Cristo, estamos seguros de lo que Él nos dijo: que esa fecha sólo Dios Padre la conoce. No nos inquieten, pues, falsas profecías. Cimentémonos en Cristo, vivamos fieles a su Palabra, y suceda cuando sucediere el fin personal y el de este mundo, estaremos preparados. Eso es lo que importa.