AvS en "Mañana es la primavera"

Quienquiera tenga la tentación de consagrarse al teatro o al cine, con auténtica vocación -absténganse los avaros y los prostiuidos-, tiene interés en conocer lo mucho que AvS ha escrito, enseñado y hecho en pro de estas profesiones, cuya falta de reconocimiento social demuestra que nuestras democracias tienen mucho que aprender todavía sobre la Verdad de su naturaleza democrática.
Personalmente pienso que sin actores profesionales vocacionales, profesionalmente reconocidos como tales, la democracia real es imposible, ya que en tal caso la escena pública la ocupan malos actores prostituidos, los politicastros, que no los actores auténticos.
El actor auténtico es el prototipo del político auténtico, cuya cualidad esencial es su capacidad de identificarse con todos y con cada uno de los ciudadanos, para representarlos.
Ayer noche, encarnando por la enésima vez en Lovaina la Nueva el papel de Pascal en la meditación de la agonía prolongada que es la vida del ser humano, magistralmente dramatizada por Eve Calingaert, Alexandre probó una vez más la solidez de este axioma: el actor es grande en la medida en que nos representa.
Si hay una circunstancia en que tenemos necesidad de esta representación, ésta es en la circunstancia universal de nuestra propia existencia, que asumimos cada día como una lucha sin cuartel entre nuestro instinto de vida, como ocasión prolongada de creación, y nuestro miedo a la muerte, el peor de nuestros enemigos, el que traidoramente se agazapa en nosotros mismos convirtiéndonos en nuestros peores enemigos, el terrorista suicida que es nuestro pesimismo.
