III SÁBADO DE PASCUA. El escándalo

III SÁBADO DE PASCUA

-«¿TAMBIÉN VOSOTROS QUERÉIS MARCHAROS?»

Jesús no obliga a nadie a seguirle. Él pasa por nuestras vidas, pronuncia nuestro nombre, nos mira con amor, dispone nuestro corazón para recibir su llamada, pero no se impone. “Si quieres, vente conmigo”. “El que quiera venir detrás de mí, que tome su cruz y me siga”.


Al joven rico, a quien miró con cariño, lo dejó marchar En Cafarnaúm, ante las palabras del discurso del “Pan de vida”, muchos se fueron, diciéndole que hablaba un discurso muy duro. En Getsemaní, los más íntimos se durmieron, y todos lo abandonaron. Jesús sintió una inmensa soledad.: “¿No habéis podido velar una hora conmigo?”

El Maestro mueve el corazón, deja sentir la verdad de su ofrecimiento, da la garantía de su fidelidad, no oculta la exigencia, anticipa el destino, sabe que no engaña, y a quien se fía de Él le sigue le ofrece el ciento por uno, con persecuciones.

Después de Pascua, el seguimiento de Jesús adquiere toda la lógica y la fuerza. Se ha definido la identidad del Galileo. No es un falso mesías, ni un especulador político. No es un revolucionario, ni un inconformista rebelde. Jesucristo, en labios de María Magdalena, es el Maestro; según el testimonio de los de Emaús, es el Señor; el Apóstol Tomás lo confiesa Señor y Dios; San Pedro lo predica Hijo de Dios, que padeció, murió y resucitó. Él mismo se presenta en la mañana de Pascua: “Voy a mi Padre y a vuestro Padre”. Ante esta identidad, escuchar la llamada de Jesús es un privilegio, el seguimiento es una vocación, ir detrás de Él es un proyecto de plenitud de vida.

DISCERNIMIENTO
¿Qué llamada has sentido? ¿La sigues? ¿Te has echado atrás? ¿Te fías de Dios? ¿Sabes que no hay camino más pleno y perfecto que seguir la vocación a la que somos llamados cada uno? ¿Has sentido el gozo de creer en Cristo?

TESTIMONIO
“… nos mandó que predicásemos al pueblo, y que diésemos testimonio de que Él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De Éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en Él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados”. (Act 10, 42-43)
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