ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (15.08.2013)
María, “figura y primicia de la Iglesia glorificada”
Introducción: Cristo resucitado es “primicia de todos los que han muerto” (1 Cor 15,20-26)
El capítulo 15 puede dividirse en tres partes: 1ª (vv. 1-11): la resurrección de Cristo, “evangelio” de Pablo, confirmado por testigos. 2ª (vv.12-34): “también nosotros resucitaremos”. 3ª (vv. 35-58): condición del cuerpo resucitado. Hoy leemos (v. 20-26) es el núcleo de la segunda parte.
Una argumentación por reducción al absurdo inicia la segunda parte: si los muertos no resucitan, Jesús tampoco; el evangelio y vuestra fe es pura ilusión; atribuimos cosas falsas a Dios; somos los más desgraciados (vv.12-19). El versículo 20, inicio de nuestra lectura, afirma el hecho cierto para Pablo: “Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que duermen”. “Primicia” es primer fruto de la cosecha de la vida nueva divina. Garantía, por tanto, no en sentido temporal, sino en sentido constitutivo del plan salvador divino. Para subrayar esta consecuencia, inventa la metáfora del “nuevo Adán”. El libro del Génesis interpreta la historia como un proceso degenerativo: el pecado de Adán nos ha acarreado la muerte. Así la vida de Jesús puede interpretarse como un proceso contrario: su vida de amor (según Dios quiere) nos ha llevado a la resurrección: “también por un hombre ha venido la resurrección... por Cristo todos volverán a la vida” (v. 22). Esta solidaridad es una tesis paulina clara y constante: “Dios resucitó al Señor y también nos resucitará a nosotros mediante su poder” [su Espíritu] (1Cor 6,14); “sabiendo que aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros” (2Cor 4,14); “pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios llevará con él por mediación de Jesús a los que reposen” (1Tes 4,14); “si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el mismo que resucitó al Mesías dará vida también a vuestro ser mortal, por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros” (Rm 8,11).
La fiesta de la Asunción celebra la fe de la Iglesia de que María ha sido incorporada a la resurrección de Cristo. Así lo expresa el Vaticano II: “en María, la Iglesia admira y ensalza el fruto sobresaliente de la Redención, y contempla en ella con gozo, como en una imagen purísima, lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser” (Const. sobre la S. Liturgia, SC n. 103). En la virgen María ya ha sucedido la promesa definitiva de Dios: “seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 1,2). Su Asunción al cielo realiza el proyecto divino, la esperanza cristiana: “es voluntad de mi Padre que todo el que vea al Hijo y crea en él tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día" (Jn 6,40). María es definitivamente dichosa, no por llevar a Jesús en su vientre y amamantarle, sino más bien “porque ha escuchado y practicado la palabra de Dios” (Lc 11,27-28), es decir, por llevarle “en su corazón más que en su seno” (San Agustín, De sancta virginitate 3: PL 40,398), o lo que es lo mismo, por “haber creído” y vivido en el Amor divino que se consuma en el cielo.
ORACIÓN:Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto (1Cor 15,20-26)
Jesús, hijo de María.
Como los primeros discípulos “perseveramos unánimes en la oración,
con las mujeres y María tu madre y tus hermanos (He 1,14)
Seguimos pidiendo lo mismo que María, tu madre:
“implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo...,
por el que ella en la Anunciación había sido actuada...,
y por quien, terminado el curso de su vida terrena,
en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial” (Vat. II: LG 59).
Siempre necesitamos la compañía del Espíritu prometido y entregado:
con el que, “al oír el Evangelio y creerlo, somos sellados,
el Espíritu Santo de la promesa, arras de nuestra herencia...” (Ef 1,13-14; 2Cor 1,22; 5,5);
el Espíritu que nos identifica como hijos y hermanos,
el “dulce huésped” de nuestra intimidad, en cuyo amor vivimos;
“el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte y que habita en nosotros;
por medio del cual dará vida también a nuestro ser mortal” (Rm 8,11).
Hoy celebramos que tu Espíritu, Jesús, hijo de María,
acompañó siempre a tu Madre, llenándola de “gracia”, de amor divino;
desde su “concepción inmaculada” hasta la “asunción a los cielos”.
Así, caminando por tu camino de humildad y servicio,
es también “figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada;
consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra”
(Prefacio de la misa de este día).
Hoy unimos nuestros ruegos a los suyos, “implorando el don del Espíritu Santo”:
que tus creyentes nos acerquemos al Padre en un mismo Espíritu;
que sintamos al Espíritu como fuente de vida que permanece siempre;
que creamos que habita en la Iglesia y en los corazones nuestros;
que le demos coyuntura y sosiego para respirar en nuestro interior;
que respetemos sus dones y funciones a favor de la fraternidad común;
que apreciemos los frutos del Espíritu: el amor, la alegría, la paz, la tolerancia, el agrado, la generosidad, la lealtad, la sencillez, el dominio de sí...;
que nos dejemos conducir por su amor en la búsqueda trabajosa de la verdad;
que su amor nos una a todos, a pesar de tener diversos servicios y funciones;
que nos rejuvenezca en el “amor primero”, nos renueve siempre,
no permitiendo entre nosotros el miedo, la represión, el anquilosamiento,
el gueto, el apoderamiento de unos sobre otros...;
abriendo nuestro corazón al desconocido, al marginado, al creativo, a todos...
Este Espíritu alentó la vida de María, tu madre:
le hizo percibir la “grandeza” del amor divino;
por él sintió la “alegría en Dios, nuestro salvador”;
por él creyó que el amor divino “mira la humildad” de cualquier vida;
y que toda vida es “un tesoro”, un hijo e hija de Dios;
donde el Padre hace “grandes cosas en su favor”;
entregándoles a todos su Espíritu;
dándoles su corazón aunque no se lo merezcan;
por él ella canta que el Espíritu (“brazo divino”) desbarata a los soberbios;
no bendice el poder que oprime y acumula bienes;
levanta la verdadera relación fraternal, la humildad;
sienta a la mesa a todos y sacia su necesidad;
hace que los ricos sientan su alma vacía, sin entrañas;
les encomienda a todos a la misericordia, al Amor sin medida.
Que este Espíritu moldee también nuestro corazón.
Rufo González
Introducción: Cristo resucitado es “primicia de todos los que han muerto” (1 Cor 15,20-26)
El capítulo 15 puede dividirse en tres partes: 1ª (vv. 1-11): la resurrección de Cristo, “evangelio” de Pablo, confirmado por testigos. 2ª (vv.12-34): “también nosotros resucitaremos”. 3ª (vv. 35-58): condición del cuerpo resucitado. Hoy leemos (v. 20-26) es el núcleo de la segunda parte.
Una argumentación por reducción al absurdo inicia la segunda parte: si los muertos no resucitan, Jesús tampoco; el evangelio y vuestra fe es pura ilusión; atribuimos cosas falsas a Dios; somos los más desgraciados (vv.12-19). El versículo 20, inicio de nuestra lectura, afirma el hecho cierto para Pablo: “Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que duermen”. “Primicia” es primer fruto de la cosecha de la vida nueva divina. Garantía, por tanto, no en sentido temporal, sino en sentido constitutivo del plan salvador divino. Para subrayar esta consecuencia, inventa la metáfora del “nuevo Adán”. El libro del Génesis interpreta la historia como un proceso degenerativo: el pecado de Adán nos ha acarreado la muerte. Así la vida de Jesús puede interpretarse como un proceso contrario: su vida de amor (según Dios quiere) nos ha llevado a la resurrección: “también por un hombre ha venido la resurrección... por Cristo todos volverán a la vida” (v. 22). Esta solidaridad es una tesis paulina clara y constante: “Dios resucitó al Señor y también nos resucitará a nosotros mediante su poder” [su Espíritu] (1Cor 6,14); “sabiendo que aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros” (2Cor 4,14); “pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios llevará con él por mediación de Jesús a los que reposen” (1Tes 4,14); “si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el mismo que resucitó al Mesías dará vida también a vuestro ser mortal, por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros” (Rm 8,11).
La fiesta de la Asunción celebra la fe de la Iglesia de que María ha sido incorporada a la resurrección de Cristo. Así lo expresa el Vaticano II: “en María, la Iglesia admira y ensalza el fruto sobresaliente de la Redención, y contempla en ella con gozo, como en una imagen purísima, lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser” (Const. sobre la S. Liturgia, SC n. 103). En la virgen María ya ha sucedido la promesa definitiva de Dios: “seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 1,2). Su Asunción al cielo realiza el proyecto divino, la esperanza cristiana: “es voluntad de mi Padre que todo el que vea al Hijo y crea en él tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día" (Jn 6,40). María es definitivamente dichosa, no por llevar a Jesús en su vientre y amamantarle, sino más bien “porque ha escuchado y practicado la palabra de Dios” (Lc 11,27-28), es decir, por llevarle “en su corazón más que en su seno” (San Agustín, De sancta virginitate 3: PL 40,398), o lo que es lo mismo, por “haber creído” y vivido en el Amor divino que se consuma en el cielo.
ORACIÓN:Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto (1Cor 15,20-26)
Jesús, hijo de María.
Como los primeros discípulos “perseveramos unánimes en la oración,
con las mujeres y María tu madre y tus hermanos (He 1,14)
Seguimos pidiendo lo mismo que María, tu madre:
“implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo...,
por el que ella en la Anunciación había sido actuada...,
y por quien, terminado el curso de su vida terrena,
en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial” (Vat. II: LG 59).
Siempre necesitamos la compañía del Espíritu prometido y entregado:
con el que, “al oír el Evangelio y creerlo, somos sellados,
el Espíritu Santo de la promesa, arras de nuestra herencia...” (Ef 1,13-14; 2Cor 1,22; 5,5);
el Espíritu que nos identifica como hijos y hermanos,
el “dulce huésped” de nuestra intimidad, en cuyo amor vivimos;
“el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte y que habita en nosotros;
por medio del cual dará vida también a nuestro ser mortal” (Rm 8,11).
Hoy celebramos que tu Espíritu, Jesús, hijo de María,
acompañó siempre a tu Madre, llenándola de “gracia”, de amor divino;
desde su “concepción inmaculada” hasta la “asunción a los cielos”.
Así, caminando por tu camino de humildad y servicio,
es también “figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada;
consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra”
(Prefacio de la misa de este día).
Hoy unimos nuestros ruegos a los suyos, “implorando el don del Espíritu Santo”:
que tus creyentes nos acerquemos al Padre en un mismo Espíritu;
que sintamos al Espíritu como fuente de vida que permanece siempre;
que creamos que habita en la Iglesia y en los corazones nuestros;
que le demos coyuntura y sosiego para respirar en nuestro interior;
que respetemos sus dones y funciones a favor de la fraternidad común;
que apreciemos los frutos del Espíritu: el amor, la alegría, la paz, la tolerancia, el agrado, la generosidad, la lealtad, la sencillez, el dominio de sí...;
que nos dejemos conducir por su amor en la búsqueda trabajosa de la verdad;
que su amor nos una a todos, a pesar de tener diversos servicios y funciones;
que nos rejuvenezca en el “amor primero”, nos renueve siempre,
no permitiendo entre nosotros el miedo, la represión, el anquilosamiento,
el gueto, el apoderamiento de unos sobre otros...;
abriendo nuestro corazón al desconocido, al marginado, al creativo, a todos...
Este Espíritu alentó la vida de María, tu madre:
le hizo percibir la “grandeza” del amor divino;
por él sintió la “alegría en Dios, nuestro salvador”;
por él creyó que el amor divino “mira la humildad” de cualquier vida;
y que toda vida es “un tesoro”, un hijo e hija de Dios;
donde el Padre hace “grandes cosas en su favor”;
entregándoles a todos su Espíritu;
dándoles su corazón aunque no se lo merezcan;
por él ella canta que el Espíritu (“brazo divino”) desbarata a los soberbios;
no bendice el poder que oprime y acumula bienes;
levanta la verdadera relación fraternal, la humildad;
sienta a la mesa a todos y sacia su necesidad;
hace que los ricos sientan su alma vacía, sin entrañas;
les encomienda a todos a la misericordia, al Amor sin medida.
Que este Espíritu moldee también nuestro corazón.
Rufo González