DOMINGO 6º PASCUA (10.05.2015)
Introducción: “Permaneced en mi amor” (Jn 15, 9-17)
“Permaneced en mi amor” (v. 9) equivale a “permaneced en mí” del evangelio del domingo pasado. El redactor del evangelio, autor también de la primera carta de Juan, entiende a Dios como Amor (1 Jn 4,8). El Padre envía a Jesús para hacernos partícipes de su amor: “en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1Jn 4,9). Al creer a Jesús recibimos su Espíritu: “la unción que de Él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña todas las cosas, y es verdadera y no mentirosa, permaneced en él” (1Jn 2,27; cf. Jn 14,26).
“Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y premanezco en su amor...” (v. 10). La práctica nos une con Jesús: “no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y con verdad”. (1Jn 3,18). Y la finalidad es nuestra dicha: “... para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud” (v. 11). La alegría nace del amor vivido, eficaz: “mi Padre encuentra su gloria en esto: que produzcáis mucho fruto” (Jn 15,8). Es la misma alegría de Jesús: “alegraos porque vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc 10,20s), es decir, sois ciudadanos del reino de Dios, reino del amor y la alegría, de la justicia y la paz, de la libertad y la vida... Sentirse amado por el Padre y el Hijo, es sentir la fuerza del Espíritu que sostiene, pacifica, incita a amar, dota de sentido, realiza en lo más profundo, hace libre.
“Mi mandamiento es este: que os améis unos a otros como yo os he amado” (v. 12). Amor que le lleva a dar la vida: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando... Os llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (v. 13-15). Claramente Jesús pone como misión de los discípulos su misma misión: manifestar el amor del Padre a todo ser humano. Para ello les da su Espíritu que une en comunidad de amigos. Jesús no quiere estar por encima, sino ser compañero, sinodal, “amigo” (no siervo), corresponsable de la tarea común.
“Soy yo quien os he elegido...” (v. 16). Jesús, como el Padre (Ef 1,4: “en Cristo, Dios nos eligió, antes de crear el mundo, para andar en el amor y estar en su presencia...”), ha elegido a toda la humanidad para que viva en el amor. Quienes escuchan esa elección-vocación experimentan la iniciativa divina, y la aceptan como tarea-misión: “os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure”. Eso es voluntad del Padre: “Lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé”. ¿Qué podemos pedir “en nombre de Jesús”? Jesús mismo nos dice que “el Padre sabe lo que nos hace falta, antes de que se lo pidamos” (Mt 6,8). Dios nos conoce en lo profundo, nos ama, sabe lo que necesitamos, no precisamos convencerlo para provocar su amor ni su generosidad. Luego ¿qué sentido tiene pedir en nombre de Jesús? No queda otra salida: pedimos a Dios que nos convenza de su amor. El Espíritu intercede por nosotros con gemidos callados, acude en nuestra debilidad, pide como Dios quiere (Rm 8, 26-27). En nombre de Jesús sólo podemos pedir: “hágase tu voluntad”, tu amor, tu reino... Y que nosotros nos abramos a esa voluntad, la escuchemos, la realicemos. “No todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene las costumbres del Señor”, aconseja sabiamente uno de los textos más antiguos de la tradición cristiana (finales del s. I, Didajé XI, 8).
Oración: “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9-17)
Jesús resucitado, profeta del Amor:
Tu evangelio de hoy proclama tu vivencia más consistente:
“Permaneced en mi amor”.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
“Yo os he elegido... para que mi alegría esté en vosotros...”.
Es verdad que la palabra “amor” la tenemos devaluada:
hasta creer “hacer el amor” cuando “hacemos el egoísmo”;
pero en lo profundo intuimos el amor verdadero:
- en el padre y madre que dan vida al hijo;
- en los enamorados que se entregan sin reservas, sin interés;
- en los voluntarios que complican y arriesgan su vida;
- en nuestra actitud de gratitud ante el bien que nos viene;
- en la fuerza interior que nos incita a ser generosos, a crear situaciones dignas...
Al leer tu evangelio descubrimos tu personalidad amorosa:
“La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas,
sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos:
un realismo inaudito” (Benedicto XVI: enc. “Deus caritas est”, 12);
es la fuerza que te acercó a la sinceridad novedosa de Juan en el desierto;
- la que “bajó y se posó sobre ti... y se quedó contigo” de forma permanente;
- la que te hizo “el elegido de Dios”, el Hijo amado (Jn 1,32-34);
- la que te fue llevando por el desierto en medio de la tentación;
- la que, ante el arresto del Bautista, te empuja a proclamar el Reino;
- la que te consagró para ser buena noticia y libertad para pobres y oprimidos;
- la que te revestía de fuerza para curar, perdonar y expulsar “espíritus inmundos”;
- la que te “endureció el rostro para ir a Jerusalén” donde te esperaba la cruz y la muerte.
Jesús resucitado, tú eras consciente de esta fuerza divina:
“Si yo echo los demonios con la fuerza de Dios, es que el reino de Dios
ha llegado hasta vosotros” (Lc 4,14-20; 5,17-24; 11,20):
- el reino de vida bienaventurada, amando como Dios ama;
- el reino de la mesa compartida con marginados y descreídos;
- el reino de la familia nueva que escucha y vive tu palabra;
- el reino que comparte tu fuerza y autoridad para realizar la misión;
- el reino que desborda de gozo al ver realizada tu obra;
- el reino de la alegría que acompaña fielmente hasta el final.
Que tus palabras de hoy nos lleguen al corazón:
- “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
- “Amaos unos a otros como yo os he amado”.
- “Para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”.
Un católico libanés, de rito maronita,
ha descrito poéticamente la actitud ideal ante el Amor:
Jesús del amor verdadero, que tu Espíritu:
nos haga “señas del amor” para seguirlo decididamente;
nos quite el miedo para doblegarnos a él y aceptar sus heridas;
nos recuerde tu entrega hasta la cruz para perseverar en él;
nos dé tu alegría que salta hasta la vida eterna.
Rufo González
“Permaneced en mi amor” (v. 9) equivale a “permaneced en mí” del evangelio del domingo pasado. El redactor del evangelio, autor también de la primera carta de Juan, entiende a Dios como Amor (1 Jn 4,8). El Padre envía a Jesús para hacernos partícipes de su amor: “en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1Jn 4,9). Al creer a Jesús recibimos su Espíritu: “la unción que de Él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña todas las cosas, y es verdadera y no mentirosa, permaneced en él” (1Jn 2,27; cf. Jn 14,26).
“Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y premanezco en su amor...” (v. 10). La práctica nos une con Jesús: “no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y con verdad”. (1Jn 3,18). Y la finalidad es nuestra dicha: “... para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud” (v. 11). La alegría nace del amor vivido, eficaz: “mi Padre encuentra su gloria en esto: que produzcáis mucho fruto” (Jn 15,8). Es la misma alegría de Jesús: “alegraos porque vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc 10,20s), es decir, sois ciudadanos del reino de Dios, reino del amor y la alegría, de la justicia y la paz, de la libertad y la vida... Sentirse amado por el Padre y el Hijo, es sentir la fuerza del Espíritu que sostiene, pacifica, incita a amar, dota de sentido, realiza en lo más profundo, hace libre.
“El Espíritu es esa potencia interior que armoniza el corazón con el corazón de Cristo y lo mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn 13, 1-13) y, sobre todo, cuando ha entregado su vida por todos (cf. Jn 13, 1; 15, 13). El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia” (Benedicto XVI, Enc. “Deus caritas est”, 19.).
“Mi mandamiento es este: que os améis unos a otros como yo os he amado” (v. 12). Amor que le lleva a dar la vida: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando... Os llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (v. 13-15). Claramente Jesús pone como misión de los discípulos su misma misión: manifestar el amor del Padre a todo ser humano. Para ello les da su Espíritu que une en comunidad de amigos. Jesús no quiere estar por encima, sino ser compañero, sinodal, “amigo” (no siervo), corresponsable de la tarea común.
“Soy yo quien os he elegido...” (v. 16). Jesús, como el Padre (Ef 1,4: “en Cristo, Dios nos eligió, antes de crear el mundo, para andar en el amor y estar en su presencia...”), ha elegido a toda la humanidad para que viva en el amor. Quienes escuchan esa elección-vocación experimentan la iniciativa divina, y la aceptan como tarea-misión: “os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure”. Eso es voluntad del Padre: “Lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé”. ¿Qué podemos pedir “en nombre de Jesús”? Jesús mismo nos dice que “el Padre sabe lo que nos hace falta, antes de que se lo pidamos” (Mt 6,8). Dios nos conoce en lo profundo, nos ama, sabe lo que necesitamos, no precisamos convencerlo para provocar su amor ni su generosidad. Luego ¿qué sentido tiene pedir en nombre de Jesús? No queda otra salida: pedimos a Dios que nos convenza de su amor. El Espíritu intercede por nosotros con gemidos callados, acude en nuestra debilidad, pide como Dios quiere (Rm 8, 26-27). En nombre de Jesús sólo podemos pedir: “hágase tu voluntad”, tu amor, tu reino... Y que nosotros nos abramos a esa voluntad, la escuchemos, la realicemos. “No todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene las costumbres del Señor”, aconseja sabiamente uno de los textos más antiguos de la tradición cristiana (finales del s. I, Didajé XI, 8).
Oración: “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9-17)
Jesús resucitado, profeta del Amor:
Tu evangelio de hoy proclama tu vivencia más consistente:
“Permaneced en mi amor”.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
“Yo os he elegido... para que mi alegría esté en vosotros...”.
Es verdad que la palabra “amor” la tenemos devaluada:
hasta creer “hacer el amor” cuando “hacemos el egoísmo”;
pero en lo profundo intuimos el amor verdadero:
- en el padre y madre que dan vida al hijo;
- en los enamorados que se entregan sin reservas, sin interés;
- en los voluntarios que complican y arriesgan su vida;
- en nuestra actitud de gratitud ante el bien que nos viene;
- en la fuerza interior que nos incita a ser generosos, a crear situaciones dignas...
Al leer tu evangelio descubrimos tu personalidad amorosa:
“La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas,
sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos:
un realismo inaudito” (Benedicto XVI: enc. “Deus caritas est”, 12);
es la fuerza que te acercó a la sinceridad novedosa de Juan en el desierto;
- la que “bajó y se posó sobre ti... y se quedó contigo” de forma permanente;
- la que te hizo “el elegido de Dios”, el Hijo amado (Jn 1,32-34);
- la que te fue llevando por el desierto en medio de la tentación;
- la que, ante el arresto del Bautista, te empuja a proclamar el Reino;
- la que te consagró para ser buena noticia y libertad para pobres y oprimidos;
- la que te revestía de fuerza para curar, perdonar y expulsar “espíritus inmundos”;
- la que te “endureció el rostro para ir a Jerusalén” donde te esperaba la cruz y la muerte.
Jesús resucitado, tú eras consciente de esta fuerza divina:
“Si yo echo los demonios con la fuerza de Dios, es que el reino de Dios
ha llegado hasta vosotros” (Lc 4,14-20; 5,17-24; 11,20):
- el reino de vida bienaventurada, amando como Dios ama;
- el reino de la mesa compartida con marginados y descreídos;
- el reino de la familia nueva que escucha y vive tu palabra;
- el reino que comparte tu fuerza y autoridad para realizar la misión;
- el reino que desborda de gozo al ver realizada tu obra;
- el reino de la alegría que acompaña fielmente hasta el final.
Que tus palabras de hoy nos lleguen al corazón:
- “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
- “Amaos unos a otros como yo os he amado”.
- “Para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”.
Un católico libanés, de rito maronita,
ha descrito poéticamente la actitud ideal ante el Amor:
“Cuando el amor os haga señas, seguidlo,
aunque sus caminos son duros y escarpados;
y cuando os envuelva en sus alas, doblegaos a él,
aunque la espada escondida entre sus plumas pueda heriros;
y cuando os hable, creed en él,
aunque su voz pueda despedazar vuestros sueños
como el viento del norte convierte al jardín en hojarasca.
Porque así como el amor os ciñe una corona,
así también os clavará en la cruz.
Así como es para vuestra maduración,
así también lo será para vuestra poda”
(Khalil Gibran: “El Profeta”, 1923).
Jesús del amor verdadero, que tu Espíritu:
nos haga “señas del amor” para seguirlo decididamente;
nos quite el miedo para doblegarnos a él y aceptar sus heridas;
nos recuerde tu entrega hasta la cruz para perseverar en él;
nos dé tu alegría que salta hasta la vida eterna.
Rufo González