Amor con Amor se paga

UNA MUJER BUENA
(Religiosa de Hijas de la Virgen para la Formación Cristiana)
Transcribo Guión homilía de Ricardo Cabezas de Herrera

Siempre que la muerte nos visita deja en nuestros corazones un rastro de tristeza, de dolor y de lágrimas; afortunadamente es esto así, ya que, de otro modo, implicaría que esa persona que se va físicamente de entre nosotros no nos importaba demasiado. Y bien sabemos que en el caso de esta hermana, de la congregación Hijas de la Virgen para la formación cristiana, no es así. Es cierto todo lo que os acabo de decir y así lo experimentamos todos; pero hay casos en los que esta tristeza se ve enriquecida por otra serie de sentimientos no menos importantes; son sentimientos que hoy todos nosotros experimentamos ante la muerte de nuestra hermana Amor

¿Cuáles son estos otros sentimientos? Cualquiera de nosotros podría acercarse a este micrófono y exponerlos mucho mejor que yo. Quiero destacar algunos de ellos, sabiendo de antemano que otros muchos (también muy importantes) los voy a olvidar; pero, al menos quiero destacar éstos:

Su bondad: Que todos hemos vivido y experimentado; que ha conseguido hacer la vida más fácil a los demás. Una bondad que, cuando uno llega a viejo, descubre que quizá sea la actitud más importante de la vida, como nos dijo A. Machado: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”

Su disponibilidad y amor a los demás, que hizo posible que, dejando las comodidades de nuestro mundo, apostase su vida por otras personas menos privilegiadas, habitantes de un mundo geográficamente muy lejano a nosotros, en sus queridos Huancas y Chachapoyas de Perú, donde ha dado la vida más de veinte años, hasta que la enfermedad la arrancó de allí.

Su alegría, a pesar de su enfermedad la ha mantenido permanentemente, dándonos un testimonio estremecedor se su fe, de su esperanza y de su amor a los demás
Su fe profunda. Pero fe en el sentido en que Pablo la entendía: Fiarse de Él. Y, como Pablo, ella también nos decía con su vida: “Yo sé de quién me he fiado”. De aquel que “”me amó y se entregó a sí mismo por mí”

Su esperanza, una esperanza de la que tantas veces nos ha hablado a todos. Que la mantenía en pie a pesar de sus limitaciones físicas y que animosamente compartía con todos nosotros

Hoy la lloramos y la echamos de menos; pero, a la vez y con no menos fuerza, le damos gracias al Padre porque la puso en nuestras vidas y en las vidas de tantas otras personas cerca o lejos de nuestra tierra. Pero no podemos quedarnos en una mera añoranza de su presencia, ni sólo afirmar que nunca se va a ir de nuestra memoria; esto es, sin duda, importante; pero hace falta algo más. Hace falta que, con nuestra vida, la hagamos presente en nuestras vidas y en la vida; que todo lo bueno que ella nos ha dejado se prolongue en nuestra cotidianidad en todo lo bueno que realicemos “re-cord-ando” lo que nos ha dejado como gran herencia. Que Dios, nuestro Padre bueno, nos ayude a ello, dándole gracias por el gran regalo que nos ha hecho durante tantos años con la persona, con la vida de nuestra hermana. En ella, de alguna manera se ha cumplido lo que se reza en una de las oraciones colecta de la eucaristía:“ rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa”, así lo hemos sentido en la “hermana Amor”.
Ricardo Cabezas de Herrera. Sacerdote.

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