¿Qué educación queremos para nuestros hijos?

Nuestro entorno social nos impulsa a concebir la educación de nuestros hijos como la búsqueda de un brillante expediente académico para conseguir el pase al mercado de trabajo que les garantice una buena posición económica y social. Pero tememos dejarnos algo en el camino.

¿Qué pasa con su personalidad? ¿Haremos de ellos adultos maduros con la fuerza necesaria para construir un mundo en el que puedan sentirse realizados y que dé sentido a su vida?

El problema en torno a la educación es de toda la sociedad y todos estamos implicados. También los padres. Porque una formación de excelencia no se forja únicamente en las aulas. La familia y el entorno social tienen, también, un impacto decisivo.

La educación no se compra. Es una tarea colectiva en la que los padres debemos implicarnos y sentirnos comunidad educativa. Sólo así la inversión en responsabilidad, esfuerzo, socialización y valores puede llegar a dar los frutos deseados.

Pero ¿cómo hacerlo?

“Labrarles un futuro” “Hacer de ellos hombres y mujeres de provecho”.

Pero ¿qué futuro? ¿A costa de qué?

Ese entorno para el que les queremos preparar presenta datos demoledores. Hay 7 millones de españoles diagnosticados con depresión. El gasto anual en antidepresivos es de 600 millones de euros.
Nuestro modelo de sociedad actual da lugar a una personalidad demasiado egocéntrica y voraz (yo, mí, me, conmigo) y crea las condiciones idóneas para reproducir futuras neurosis y depresiones. ¿Es eso lo que queremos?

¿Miramos para otro lado o lo tenemos en cuenta para reflexionar sobre el modelo de sociedad que queremos para nuestros hijos? ¿No debería incidir en el modelo educativo?

Quizás la solución no pase por aislar a nuestros hijos del mundanal ruido y encerrarlos en una burbuja de cristal. Pero tampoco por descuidar las dimensiones emocionales y espirituales.

¿Cuáles son los valores sobre los que asentamos la educación de nuestros hijos? ¿No deberíamos procurar contribuir a su formación como seres que valoran el ser personas íntegras, justas, responsables y solidarias? ¿No deberíamos creernos que eso es posible?
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