(José Antonio Solórzano, Escuelas Católicas).- ...sin un sentimiento de culpabilidad, aunque no se tenga la culpa. Ya no podremos decir ¡Me importa un pepino! Desde que la bacteria E. coli se ha apoderado de ellos y ha matado a un montón de personas en distintos países, la frase es lapidaria, mortal. Morir por culpa de un pepino parece ridículo y absurdo, pero no deja de ser muy trágico. Y la bacteria sigue su recorrido por otros países que echan la culpa al nuestro, a nuestra mortecina economía, a nuestros agricultores y trabajadores del sur.
Y con los pepinos van poniendo fronteras a otros productos nuestros, ricos, abundantes, sabrosos, que abastecían a otros mercados que no disfrutan de nuestro clima ideal y temporal para frutas y hortalizas en estos meses en los que ellos están saliendo del letargo del frío.
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