Mañana día del trabajo



El gran protagonismo que está tomando el desempleo en el mundo es preocupante porque cada vez son más los hombres y mujeres que no pueden realizar su vida trabajando. No olvidemos que la vida del hombre es un quehacer.Pues bien, en nuestro país son ya cerca de cinco millones los desempleados por causa de las recetas que el neoliberalismo está aplicando.

No nos engañemos, ni este Gobierno de R. Zapatero ni el que venga tienen el poder de solucionar este gravísimo problema, mientras el sistema financiero actual no cambie. El "poderoso caballero don dinero" de nuestra literatura es el indiscutible culpable de esta situación. Los financieros siempre salvan el bache que se repite periódicamente y cada vez con más frecuencia y más nefastas consecuencias. En cambio las víctimas, los desempleados no levantan cabeza.

La culpabilidad del sector financiero en esta gran crisis, según ilustres analistas, es patente y lo más grave es que ni siquiera se ha planteado la supresión de mecanismos y operaciones de alto riesgo. "No se eliminan los paraísos fiscales ni se acometen reformas importantes del sistema"(José Luis Sampedro). Sólo se ponen parches.

La cuestión social

Es cierto, la cuestión social ha adquirido mucha relevancia en nuestro tiempo. Desde hace unas décadas las grandes encíclicas de los Papas se han hecho eco del problema. El primero León XIII en la Rerum novarum; Pio XI en la Quadragesimo anno; Juan XXIII en la Mater et Magistra; Pablo VI en la Populorum Progressio. Asimismo la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual del Vaticano II recopilando a todas ellas se ha hecho asimismo eco de la cuestión.

El Concilio dice así: También en la vida económico-social deben respetarse y promoverse la dignidad de la persona humana y el bien de la sociedad entera. Su argumentación se basa en que el hombre (entiéndase ambos sexos) es autor, centro y fin de toda la vida económico-social. Pero siente inquietud porque en las regiones prósperas la vida personal y social de muchos de ellos está teñida de un cierto espíritu economicista, tanto en las naciones de economía colectivista como en las otras.

El documento conciliar lamenta que en un momento en que el desarrollo de la vida económica, orientada y ordenada de manera racional y humana podía atenuar las desigualdades sociales, se haya preferido un endurecimiento y hasta un retroceso en las condiciones de vida de los más débiles y un desprecio de los más pobres.

En efecto, mientras muchos carecen de lo necesario, algunos, aun en países menos desarrollados, viven en la opulencia y el despilfarro. El lujo vive junto a la miseria. Y mientras un reducido número de personas dispone de todo el poder de decisión, otros están privados de cualquier iniciativa y en unas condiciones de trabajo indignas de la persona humana.

Estas disparidades deben desaparecer ante la amplitud de posibilidades técnicas y económicas del mundo moderno. Los ciudadanos son cada vez más sensibles a esta situación y abogan porque este estado funesto de cosas no debe existir. Por ello cree necesarias muchas reformas en la vida económico-social y un cambio de mentalidad y costumbres en todos.

La Iglesia en sus mejores tiempos de lucidez evangélica, como en las encíclicas mencionadas de los Papas, ha concretado los principios de justicia y equidad exigidos por la recta razón, tanto en la vida individual y social como en el orden internacional. Así el Concilio considera que el desarrollo económico ha de estar al servivio de todos los seres humanos y bajo su control(GS 63ss).

El Papa León XIII en la Encíclica Rerum Novarum aboga porque las fuerzas de todos los órdenes sociales se alíen con la finalidad de mirar por la causa obrera de la mejor manera posible, y estima que a tal fin deben orientarse, con justicia y moderación, las mismas leyes y la autoridad del Estado (RN 12).

El Papa Pío XI en su encíclica Quadragesimo Anno dice así: Es de suma importancia que el trabajo no se puede valorar justamente ni retribuir con equidad si no se tiene en cuenta su doble naturaleza, social e individual. Por consiguiente, al determinar la retribución del trabajo, la justicia exige que se consideren las necesidades de los propios trabajadores y sus respectivas familias, aunque también la situación de la empresa y las exigencias del bien común económico. (QA. 33).
Estas voces lamentablemente no se oyen hoy en la Iglesia.


--www.porunmundomasjusto.com
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