Marx y la Biblia VII

La propiedad privada en cuentión
Distribución del ingreso
(Cont.)
Si el proletariado pudiera ejercitar, en función de consumidores, el derecho de coalición que por ley natural les compete, el aumento salarial que obtienen no se dejaría convertir en meramente nominal. Realmente crecería la porción del producto nacional que va a manos de los proletarios, e inevitablemente decrecería la porción que queda en manos capitalistas, porque el total cada año es una cantidad limitida.
Pero es la violencia institucional vigente, que los cerca por hambre, la que los constriñe a plegarse bajo el sistema.
Dejando aparte, por evidentes, la polícía, el ejército, la legislación, los tribunales, cuya eficacia defensora del statu quo es notoria; dejando aparte eso, están los medios de comunicación social, controlados como se sabe por las clases sociales que salen favorecidas por el sistema vigente, pues la publicidad de las empresas constituye hoy una fuente imprescidible de financiación de los mass media.
Estos son los que impiden que unos grupos de proletarios se enteren de las iniciativas de otros grupos en la misma ciudad y en el mismo país; con ello imposibilitan que se coaliguen y que sepan que tienen derecho de coaligarse. La publicidad pagada no está al alcance de los proletarios, y es pura ideología el cacareado derecho de prensa que nuestras democracias formales dicen reconocer a todos los ciudadanos por igual.
La libertad de prensa compete de hecho al gobierno, a los empresarios, a los dueños de los periódicos y a quienes tengan dinero para comprar publicidad, los demás están excluidos.
Añádanse las campañas de desprestigio, difamación y desorientación que por congraciarse con sus financiadores y/o con los gobiernos, emprenden los mass media contra toda iniciativa "agitadora"; ésta no dispone de los medios para lanzar en su propia defensa una publicidad equivalente. Tal situación es violenta.
Está además el sistema educativo, tanto el de las aulas como el de las ideologías y axiologías religiosas o laicas. El aparato educativo es el aparato reproductor del sistema social vigente. Mediante él se troquela a los individuos para ocupar en la maquinaria vigente el puesto que ésta necesita que ocupe cada persona. Así se logra que se estime a quienes saben colocarse bien en el sistema social funcionante, y que los otros padezcan complejo de inferioridad.
Se fabrican por dentro los ideales mismos de los hombres y se patenta en la historia el tipo más perfecto de esclavitud que haya habido: el de no saber que se es esclavo y el de tener como ideal de la vida una situación que en el fondo es esclavitud.
Pero el cepo peor es la necesidad de "ganarse la vida" en los términos que este sistema social impone. Así no se necesitan cadenas ni rejas; el esclavo que huya, por hambre estará forzado a retornar. Ni en matrimonio ni en supervivencia misma pude pensar si no se doblega y acata las condiciones que el sistema impone. Al hombre no le queda más altenativa que aceptar o morirse de hambre él, su mujer y sus hijos.
Este "persuasor oculto" es peor de todas las publicidades e ideologías porque clava su harpón en el nivel más hondo de la persona. El sistema obliga al hombre a entregarse, con todo el peso existencial, a asegurar su fururo económico, a que el problema de los demás le sea totalmente ajeno; a entregarse al espíritu calculador, la ideología según la cual el valer de un hombre consiste en su grado de astucia para ubicarse bien en el sistema.
Todo eso en fuerza misma del sistema, independientemente del adoctrinamiento por publicidad, educación y por ideología, forzosamente, para ser alguien, para sobrevivir y no ser triturado por la maquinaria social..
Un efecto de la educación y de la publicidad y de la ideología atañe de manera particular a la distribución: se crea como incuestionable el convencimiento general de que quienes se ocupan en determinados géneros de trabajo deben percibir ingresos inferiores y contentarse con niveles inferiores de consumo más bajos que quienes desempeñan otro tipo de funciones.
La sociedad clasista resulta así, en las mentes, canonizada como algo moralmente debido, como situación exigida por la justicia.
Aunque ambos son igualmente falsos, no se confunda este convencimiento con el convencimiento medieval de que el hijo del zapatero debía ser también zapatero y el hijo del príncipe principe etc., situación que los sociólogos llaman falta de capilaridad o de movilidad social. Hoy sí se puede "ascender" por la escala clasista y hasta es un ideal hacerlo.
Este convencimiento es una de las peores violencias que se le infligen al proletariado para forzarlo a acatar en el contrato de trabajo (y en su imprescindible complemento que es el múltiple contrato de compraventa de bienes y servicios de consumo) las condiciones que a la clase capitalista le convienen.
J.Porfirio Miranda, Marx y La Biblia. Críticas a la filosofía de la opresión.
Ediciones Sígueme (Salamanca 1975).