EL POLITICO COMO CHIVO EXPIATORIO

El desinterés de los ciudadanos por cuanto a la vida pública se refiere es manifiesto en todos los países donde impera el Estado de bienestar. El culto al cuerpo, el consumismo, los viajes, el ganar más dinero para soportar este tren de vida, absorben de tal modo a los ciudadanos que no les queda tiempo para nada. Lo que revela una gran dosis de materialismo y falta de solidaridad, a la vez que se pone en peligro la libertad de los mismos ciudadanos, porque la veradera libertad lleva aneja la responsabilidad en la vida pública.

En la vena profética de Sartre, que no deja de ser un destello de la impronta divina diseminada por todas partes, la libertad hace a cada uno responsable, no de su estricta individualidad, sino de la humanidad en general: "Nada puede ser bueno para nosotros sin serlo para todos". Pero este deber se ve amenazado en la sociedad de bienestar, porque tendemos a dejar en manos de los políticos profesionales nuestras obligaciones en la vida pública.

Esto lo intuyó ya Ortega cuando dijo: "El español necesita más que nada ser político". Efectivamente, el español es abierto, divertido, religioso, pero no es responsable en su cometido civico-político. Y es que no hemos sido educados durante generaciones en tal sentido y, además, hemos recibido muchos desengaños de los políticos de oficio.

De modo particular la apatía política en los ciudadanos de cultura cristiana tiene su origen en la privatización de la fe y la religión de la burguesía del Siglo XIX, frente a la secularización de la política y la vida pública en general. Entonces se produce la disociación en el cristiano entre vida pública y vida privada. De esta manera la política queda a merced de la fuerza sin moral alguna, por una parte, y por otra, queda la moralidad personal del cristiano sin ningún poder, es decir, sin influencia en la sociedad.

En los pueblos donde impera el sistema democrático esta irresponsabilidad en la vida pública se trata de camuflar mendiante el ejercicio del voto. Con este rito el ciudadano apolítico descarga toda su responsabilidad ciudadana, pasándosela al político a través de la papeleta que introduce en las urnas. El político aparece así como un verdadero chivo expiatorio, porque él va a ser el responsable de todos los males de la sociedad. Y, además, con toda seguridad, ya que cuando los ciudadanos se desentienden de la vida pública, esta degenera inevitablemente.

Con toda certeza cuando se necesitan chivos expiatorios es que falta conciencia ciudadana en las personas. Pero lo más grave es que cuando un pueblo descarga todas sus responsabilidades en los políticos, ese pueblo, en buena medida, ha dejado de ser libre.
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