119. En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible"in credendo"
Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuen-
tre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la ver-
dad y lo conduce a la salvación. Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles
de un instinto de la fe el sensus fidei que los ayuda a discer
nir lo que viene realmente de Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas instintivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión.
120. En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero(cf. Mt 28, 19. Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evan-
gelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados.
Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie prostergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anuciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones.
Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos "discípulos" y "misioneros", sino que somos siempre "discípulos misioneros". Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: "¡Hemos encontrado al Mesías!" (Jn 1, 41). La samaritana, a penas salió del diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús "por la palabra de lamujer"(Jn 4, 39. También
San Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo,"enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios"(Hech 9, 20). ¿A qué esperamos nosotros?
121. Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procutamos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En este sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos. En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida.
Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has decubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nues-
tra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir como San Pablo: "No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto sino que continúo mi carrera (...) y me lanzó a lo que está por delante" (Flp 3, 12-13).
Ver: Papa Francisco
La alegría del Evangelio
Exhortación apostólica
Evangelii gaudium