Biblia de Nolasco /4. Un "golpe de mano" al servicio de la liberación de los cautivos

Termino con esta postal el pequeño curso que he podido ofrecer a unos ochenta miembros de la Familia Mercedaria en Villagarcía de Campos, con ocasión de la fiesta (6.5.15) y del próximo centenario de la Merced de Nolasco (1218-2018).

Entre los temas y textos más importantes están, además del evangelio de Juan y del Apocalipsis, las cartas de Pablo, donde se encuentra el texto clave de Gal 3, 28:

Ya no hay judío ni griego, ya no hay esclavo ni libre,
ya no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo


Ésta es la palabra clave, ésta la tarea: Descubrir la unidad y comunión, la igualdad y buen camino de todos los seres humanos, por encima de las divisiones que ha trazado la historia (hombre-mujeres, judíos-gentiles). Pues bien, la unidad fundamental para la Biblia de Nolasco ha sido aquella que deben conseguir esclavos y libres, pobres y ricos…, superando su división actual, para formar una familia-comunión en Cristo.

Escandalosamente, las palabras de la confesión de Pablo no se habían cumplido hace ochocientos años (1215, en los días de Nolasco), pero tampoco se han cumplido todavía (2015, en nuestro días). Por eso sigue siendo urgente, hoy como entonces (hoy casi más que entonces) la superación de esa esclavitud y división.

El año 1218 Nolasco dió un "golpe de mano", creando una "orden de merced", al servicio de la liberación de los cautivos. Espero que los mercedarios/as y el resto de la Iglesia demos hoy (antes del 2018) un golpe de corazón y de mano, de cartera y obra, que sea semejante y aún más grande.


Todas las restantes tareas de la Iglesia resultan secundarias. Ésta es la tarea principal: que no haya división entre varón y mujer, entre judío y gentil… y sobre todo entre esclavo y libres. Que todos podamos ser libres por ley y por amor. Este es el evangelio y la tarea de Pedro Nolasco.


(Gracias a todos los que habéis venido siguiendo este curso).



18. Bodas de Dios. La primera servidora (Jn 2, 1‒ 12)

En el relato de las Bodas de Caná se dice que estaba la Madre de Jesús y que, faltando el vino, ella le dijo: ¡no tienen vino! (2,3). El primer rasgo de la escena es la carencia: ¡faltando el vino! Todas las explicaciones puramente historicistas de ese dato quedan cortas: los novios serían pobres, se habrían descuidado en la hora del aprovisionamiento, habrían llegado (con los discípulos de Jesús) demasiados invitados, diestros bebedores... María descubre una necesidad mucho más grande, que sólo Jesús puede solucionar

‒ Juan Bautista había descubierto y destacado el pecado de los hombres a la vera del Jordán (río de purificaciones), señalando a los presentes: ¡este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! (Jn 1, 29). Presentaba así a Jesús como Redentor de los pecados.
‒ La Madre de Jesús ha descubierto en cambio que falta vino (2, 3). Pero ella no ha empezado diciendo eso a los hombres; se lo dice al mismo Cristo en palabra de riquísima advertencia, de iluminación y velado mandato (como queriendo que Jesús remedie la carencia).


Ella le dice a Jesús que los novio no tienen vino para celebrar la boda. Ella quiere que las bodas sean lo que han de ser, un tiempo de gozo y abundancia. Sabe que su hijo ha venido a traer la plenitud al mundo y por eso le confía reverente ¡no tienen vino! Pero Jesús le responde: “¿Qué tenemos que ver yo y tú, mujer? ¡Aún no ha llegado mi Hora!” (Jn 2, 4). Esas palabras son difíciles de traducir y entender. Pueden traducirse: ¡Qué nos importa a ti y a mí! ¿Qué tenemos en común nosotros?... Sea cual fuere su sentido, lo cierto es que Jesús se distancia de su madre a quien llama, de forma significativa, mujer.

‒ Se distancia de ella para marcar su propia verdad, su autonomía mesiánica: ¡el Hijo de Dios no depende de una madre de la tierra! Él tiene su propio tiempo y verdad, como aparece en el texto convergente de la siro‒ fenicia (Mc 7, 27; cf también Mc 3, 31‒ 35). En un determinado nivel, la madre pertenece aún al pueblo israelita y Jesús tiene que romper con ella y superarla para ser auténtico mesías.

‒ Al mismo tiempo la llama ¡Mujer! en palabra que, aludiendo al principio de la creación (Gén 1‒ 3), ilumina y encuadra el sentido de la escena. La madre de Jesús es la verdadera Mujer‒ Eva de este día séptimo de la creación definitiva; por eso, ella no puede apoderarse de la voluntad de Dios, ni encauzar la vida de su Hijo.

‒ Pues bien, la madre, a la Jesús llama ¡mujer!, acepta su respuesta. Ya no pide nada, no argumenta ni polemiza. Ella se pone al lado de los servidores, diáconos de bodas, y como primera de todos los ministros de la nueva iglesia dice: ¡haced lo que él os diga!,
‒ Finalmente, Jesús, que parecía haberse distanciado de su madre, cumple en forma diferente, por su propia voluntad, más que lo que ella le pedía: ¡ofrece vino abundante y muy bueno a los invitados de las bodas! De esa forma realiza y desborda el deseo más profundo de María (2, 6‒ 10)

María ha debido renunciar a la palabra directa de mando sobre Jesús Renuncia a imponerse y dirigirle, como si Jesús no supiera lo que debe hacer, como si ignorara que a los hombres falta el vino. No manda en él, pero confía: escucha gustosa su respuesta (¿qué hay entre nosotros?) y en amor total acepta lo que él haga.. Ha llegado la hora de Jesús, ella queda atrás, está tranquila, como servidora de la obra de su hijo, pidiendo a los ministros de las bodas que cumplan lo que él diga.

¡No tienen vino! (Jn 2, 3). Esta es una de las palabras más evocadoras del NT y del conjunto de la Biblia. La Madre se la dice en primer lugar al Hijo, pero luego las podemos y debemos aplicar a nuestra historia. Son palabras que escuchan los cristianos, devotos de María, sobre todo los que están comprometidos en la gran tarea de liberación. Ellas pueden traducirse de esta forma: ¡No tienen libertad, están cautivos! ¡No tienen salud, están enfermos! ¡No tienen pan, están hambrientos! ¡No tienen familia, están abandonados! ¡No tienen paz, se encuentran deprimidos, enfrentados!.

19. Muerte de Dios. Madre en la Iglesia (Jn 19, 25‒ 27)

Junto a la cruz de Jesús se encuentran conforme al evangelio de Juan cuatro: la madre, otras dos mujeres (María de Cleofás y María Magdalena) y el discípulo querido (compendio y verdad de los creyentes que en Jesús reciben el sentido del amor). Entre ellas , el evangelistas ha destacado en esta escena al discípulo amado y a la Madre de Jesús. No sabemos, ni hace falta que sepamos, la relación que les vinculaba previamente. Quizá se amaban, pero no habían tenido ocasión para decirlo el uno al otro. Pues bien, ahora les dirá Jesús lo que han de hacer:

Jesús... dijo a la Madre:
¡Mujer! Mira (ahí tienes) a tu hijo (19, 26)

Ella había dicho a los servidores de la boda: ¡haced lo que él os diga! (2, 5). Pues bien, culminando su camino, Jesús ya no tiene servidores o criados (cf. 15, 15); por eso dice a su Madre: mirando al Discípulo Amado: ¡Ése es tu hijo! Jesús sigue estando en aquellos a quienes él ama. Por eso le dice a su madre: ¡no llores por mí, ése es tu hijo! De ahora en adelante, ella no será servidora de servidores sino madre de aquellos que aman a Jesús, de todos los que en él son redimidos y amados (especialmente los hambrientos‒ exilados‒ enfermos‒ cautivos de Mt 25, 31‒ 46).

Después dijo al Discípulo: ¡Mira a tu Madre!
Y desde aquella hora la recibió el Discípulo en su casa (19, 27)

La Madre ha dicho ya lo que tenía que decir (en 2, 1‒ 12): ¡haced lo que él os diga! Del discípulo se añade, sin embargo, que la recibió en su casa (o la tomó como tesoro grande, entre sus bienes). No es la madre la que acoge (como debiera afirmarse si el pasaje fuera una versión de la parábola del hijo pródigo de Lc 15); es el discípulo amado el que aparece como dueño de una casa, recibiendo en ella a la madre de Jesús. En esa indicación (y el Discípulo la acogió en su caa) se pueden escuchar varios motivos:

‒ Hay al fondo un dato histórico. María, la madre de Jesús, ha formado parte de la Iglesia (como sabe también Hech 1, 13‒ 14). Más aún, ella aparece vinculada a la comunidad del discípulo amado, es decir, de aquellos que elaboran y encarnan el Evangelio de Jn..
‒ La madre es de todos, porque la comunidad del discípulo querido, en la visión final de Jn, no quiere presentarse como grupo cerrado sino como esencia o denominador común de todos los auténticos creyentes, llamados a vivir en libertad y amor el camino de Jesús (incluido el mismo Pedro, como supone Jn 21).
‒ La unión de Madre y Discípulo querido es signo de la unión de judíos y cristianos y de todos los hombres y mujeres llamados a formar la iglesia de Jesús. Bajo la cruz de Jesús podemos unirnos todos en amor y redención, sin diferencias de raza y cultura. María es signo y presencia del Dios redentor que libera a los hombres por medio de Jesús, su hijo..

En esta pareja que forman la madre y el discípulo se incluye y recrea el conjunto de la comunidad (la antigua de Israel, la nueva de la Iglesia). La memoria de María, madre concreta de Jesús, persona de la historia, se ha mantenido viva y gozosa en el corazón de la iglesia: a ella han apelado los seguidores de Jesús, de su vida y recuerdo se han alimentado. Sólo por eso, pasados los años, ha escrito el Evangelio de Juan este pasaje. Siendo una persona histórica, la madre de Jesús aparece ya como teofanía o manifestación de Dios. Ella es con y por Jesús la madre de todos los que sufren, de los cautivos y oprimidos. Pero, al mismo tiempo, ella viene a presentarse como fuente de exigencia liberadora. No podemos unirnos a ella sin que escuchamos muy pronto la voz que nos dice: ¡ahí tienes a tu hijo!. Hijos nuestros son los que padecen aquí al lado, todos los que comparten la dura y creadora experiencia del Calvario.


20. En la plenitud de los tiempos. Dios envió a su Hijo al mundo (Gal 4, 4)


La confesión de fe eclesial más antigua bendice al Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos (cf. 1Tes 1,9‒ 10; Rom 4, 24; 8,11; 10,9; 1 Cor 6,14; 15,15; 2Cor 4,14 etc.). Avanzando en esa línea, en un momento ulterior, algunos cristianos interpretan ya el envío de Jesús (que viene de Dios) en un sentido “redentor”. En esa línea, el texto clásico es el la carta de Pablo a los Gálatas, citado en las Constituciones mercedarias de 1272:

Cuando éramos menores estábamos esclavizados bajo los elementos de este mundo.Pero cuando llegó la plenitud de los tiempos Cuando llegó la plenitud de los tiempos:
- Dios envió a su Hijo
- nacido (genomenon) de mujer (ek gynaikos)
- nacido bajo la ley (hypo nomon)
- para que rescatara a los que estaban bajo la ley
- para que alcanzáramos la filiación.
Por tanto ya no eres esclavo sino hijo, y si eres hijo eres también heredero por Dios (Gal 4,3‒ 7).


Este pasaje nos sitúa en el centro de la simbología mercedaria. Toda la vida del hombre encerrado en sí mismo aparece como servidumbre (douleia): nos esclaviza el mundo, la ley nos hace siervos. En ese contexto de sometimiento, los hombres aparecen divididos en lucha en que se oponen varones y mujeres, judíos y griegos, esclavos y libres (Gal 3,28). Sobre ese fondo ha presentado Pablo el envío del Hijo, añadiendo que la libertad no se identifica con la arbitrariedad ni con la pura lucha de unos contra otros.
La libertad es filiación, es don Dios que nos hace hijos suyos en Cristo. De esa forma, uniendo 2 Cor 1, 1-3 (misericordia de Dios como Padre) y Gal 4,4 (envío del Hijo), la tradición mercedario ha desplegado una especie de “campo de experiencia teológica y humana” en la que puede interpretarse y plantearse en toda su hondura . En este contexto del Dios que envía a su Hijo se inscribe toda la dinámica de la libertad cristiana. En otro tiempo, los hombres vivíamos en una situación de sometimiento servil, bajo una ley cósmica de servidumbre, en lucha mucha. Éramos como niños, menores de edad, necesitábamos una ley que nos mantuviera dominados. Pero ahora podemos vivir y vivimos en libertad:

‒ Hubo un tiempo (estadio) de ley, en el que éramos siervos de Dios (y siervos unos de los otros), bajo el dominio de un Dios de imposición, sometidos a sus mandatos y dispuestos a ser esclavizado por las leyes, estructuras o personas del mundo. Pablo interpreta tiempo del judaísmo, que concibe al hombre como ser atrapado por el duro yugo de las obras, obligado a cumplir unos mandatos que Dios mismo le impone desde fuera. Es el tiempo en que unos hombres pueden y de alguna forma deben ser esclavizados por los otros para existir (sobrevivir) sobre una tierra fundada en la violencia.

‒ Ahora ha llegado el tiempo (estadio) final de la filiación y viene a desvelarse ya la vida verdadera que brota de la entraña de Dios: es tiempo de libertad fundada y avalada por el mismo Hijo divino que nace bajo la ley, es decir se somete a los imperativos y servidumbres de este mundo viejo (cf. Flp 2, 6-11), a fin de liberar a los que estaban sometidos. Frente al esquema religioso y social de esclavitud (o sumisión) que determinaba la existencia de los hombres, se define aquí y despliega el principio de filiación, entendida como experiencia de cercanía de Dios y libertad (igualdad, fraternidad humana). Los hombres emergen ya y culminan desde el fondo del mismo despliegue divino (en el contexto del Hijo de Dios).

En ese fondo ha de entenderse la palabra: nacido de mujer. No envía Dios a su Hijo a modo de fantasma, que sigue estando fuera de la historia, sin hacerse parte de ella. No le envía como hombre ya mayor, sin pasar primero por el sometimiento de la infancia. Al contrario, Dios le envía haciéndole surgir como humano (=nacido de mujer), para así recorrer en su vida todas las etapas de la vida humana, partiendo de la infancia, para liberar a los hombres de un tipo de esclavitud de Ley.

21. No hay siervo ni libre. Gal 2, 38

Pablo asume por su conversión y primera catequesis la experiencia de la iglesia que se afirma (y siente) recreada y renacida por Cristo. Esa Iglesia sabe que Jesús ha superado las antiguas divisiones que separan a hombres y mujeres, señores y siervos, judíos y gentiles, para vincular a todos los seres humanos en un solo cuerpo, en la unidad de Cristo. La sociedad era entonces rigurosamente estamental: separaba a judíos de gentiles, a varones de mujeres, a justos de injustos, a señores de siervos. Precisamente por defender el privilegio del judaísmo (de su ley sacral y su separación social) había perseguido Pablo a los cristianos "helenistas", que negaban desde el evangelio la escisión que dividía a judíos de gentiles (a hombres y mujeres, a libres de esclavos). Pues bien, situada en ese fondo, su experiencia de Jesús puede y debe interpretarse como experiencia de vinculación (de comunión) de todos los hombres en Cristo.
La nueva “vocación” o iluminación mesiánica de Pablo implica, por un lado, un encuentro con Cristo: es la experiencia nueva de Dios que se revela de manera escatológica (definitiva) por medio de su Hijo (Gal 1, 16), superando así el nivel antiguo de la ley israelita. Pero, al mismo tiempo, ella implica un encuentro nuevo con la humanidad definitiva y ya reconciliada en la que ya no existe separación entre hombres y mujeres, esclavos y libres, judíos y gentiles, sino que todos pueden vincularse en igualdad y comunión a través de Cristo. Así lo ha ido mostrando de manera especialmente sensible en la carta a los Gálatas donde polemiza en contra de aquellos que quisieran "rejudaizar" el evangelio (cf. Gal 1, 6-7) en un sentido “estamental”, separando a judíos de gentiles, y de un modo consecuente con esclavos de libres, a hombres de mujeres, como muestra su texto fundamental, la carta magna de la igualdad y comunicación cristiana:

Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús:
los que os habéis bautizado en el Cristo de Cristo os habéis revestido.
Pues ya no hay judío ni griego,
ya no hay siervo ni libre,
ya no hay macho ni hembra;
pues todos vosotros sois uno en el Cristo (Gal 3, 27-28).


El texto forma parte una liturgia prepaulina de tipo bautismal en la que los cristianos celebraban su nuevo nacimiento como misterio de reconciliación plena y de unidas de todos (siervos y libres, mujeres y hombres…) en el Cristo. Los bautizados han muerto en el agua al mundo viejo con sus divisiones, y así salen desnudos (nacen nuevamente) y "reconstruyen" su vida en el Cristo (de Cristo se revisten), de tal forma que viven ya el misterio de la unidad escatológica, superando así la división que en otro plano se establece entre griegos y judíos, varones y mujeres, libres y esclavos.

En su argumentación teológica más detallada (en el conjunto de Gal y Rom), Pablo solo ha desarrollado de un modo consecuente la superación de la lucha que enfrenta a judíos y gentiles, para defender así la igualdad fundamental de todos y para proclamar su unión en Cristo. Los otros niveles de reconciliación (libres y esclavos, varones y mujeres) le resultan en este momento secundarios y por eso no los desarrolla, pero tiene que citarlos al asumir la fórmula del renacimiento bautismal como experiencia de reconciliación creadora en el Cristo: así queda superada para siempre la división de varones y mujeres.

Al citar las palabras clave de esa liturgia de reconciliación Pablo asume la experiencia fundante de la Iglesia, antes de toda reflexión doctrinal o aplicación de tipo sociológico. Esa experiencia define el cristianismo y no ha sido todavía desarrollada de un modo radical (teológico y social, en la vida concreta) por las iglesias, que en parte han seguido viviendo un “espacio” precristiano marcado por la lucha entre grupos y sexos, entre libres y “esclavos”. Nos hallamos en un momento clave para resituar y reinterpretar esta palabra básica de la iglesia primitiva, citada por Pablo en Gal 3, 28.

22. Una experiencia básica. Pablo, el perseguido, 2 Timoteo

El tema ha sido desarrollado de forma explícita en 2 Tim pero aparece ya esbozado en Colosenses: “Ahora me alegro de sufrir por vosotros, pues voy completando en mi cuerpo mortal lo que falta a las penalidades del Mesías por su cuerpo que es la iglesia” (Col 1, 24‒ 25). La entrega a favor de los demás, el sufrimiento por la justicia y la extensión del Reino de Dios pertenece a la esencia del evangelio.
Por estructura y temática, 2 Tim parece el testamento de un mártir a su iglesia. De un modo solemne, casi ritual, Pablo presenta su vida de perseguido, de soldado que ha luchado por Jesús y que se encuentra en el borde de la muerte con las manos en el suelo, nublados los ojos, va narrando su batalla, desgrana sus pesares y presenta los suyos ‒ los hombres que le siguen, simbolizados por Timoteo‒ el mismo aliento de su vida. El viejo apóstol mira a su pasado y dice a Timoteo:

Tu seguiste mi enseñanza, mis proyectos, mi fe y paciencia,
mi amor fraterno y mi aguante en las persecuciones y sufrimientos,
como aquellos que me ocurrieron en Antioquía, Iconio y Listra.
¡Qué persecuciones padecí! Pero de todas me sacó el Señor.
Pues todo el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido (2 Tim 3,10‒ 12).

Ciertamente Pablo sigue siendo un hombre bien concreto. Han sido reales su batalla y sufrimiento, recordados para siempre en la memoria de la iglesia. Pero más que su figura aislada, importa su actitud, su ejemplo, su enseñanza. Pues bien, mirando hacia el principio de su misión como discípulo de Cristo, Pablo enseña a los creyentes que el camino de la fidelidad mesiánica y de la vida en Dios pasa a través de las persecuciones.

Acuérdate siempre de Jesús el Mesías, resucitado de la muerte, nacido del linaje de David. Esta es la buena noticia que anuncio y por ella sufro hasta llevar cadenas como un criminal; pero el mensaje de Dios no está encadenado. Por eso soporto lo que sea por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación presente en el Mesías Jesús, con la gloria eterna. Esto es mucha verdad: Si morimos con él viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel; Porque negarse a sí mismo no puede” (2 Tim 2,8‒ 13).

Según ley romana es un malhechor. El Imperio mundial le ha puesto cadenas (cf. 1, 8; 2, 9) y podría decirse que su voz se encuentra para siempre encarcelada. Pero su reacción es inmediata: ¡La palabra no está encadenada! Se podrá matar al hombre, se podrán ahogar las voces de los mártires; pero la Palabra de Dios que actúa en Cristo no podrá nunca encerrarse en una cárcel. Desde ese fondo, Pablo se identifica con el mismo Cristo, diciendo a Timoteo:

Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos,
de la descendencia de David, según mi evangelio,
por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor,
pero la Palabra de Dios no está encadenada (2 Tim 2, 8‒ 9).

Externamente, Pablo ha sido apresado. Internamente vive en libertad y proclama la palabra de liberación desde la cárcel, de manera que aparece como modelo para todos los perseguidos:

Por lo que a mí me toca, estoy dispuesto para derramar mi sangre
y no me falta mucho para soltar las amarras.
He competido en noble lucha, he corrido hasta la meta, me he mantenido en la fa.
Ahora me aguarda la justa corona que el Señor, juez justo, me dará aquel día” (2 Tim 4,6‒ 8).

23. Persecución en el Apocalipsis

El Dragón, que ha perseguido y que persigue a la Mujer, se ha situado junto al mar (Ap 12,18) que es signo del abismo y expresión de Roma a fin de suscitar a sus vicarios o servidores, que son la primera y la segunda Bestia, que perseguirán a los creyentes. Pues bien, en ese contexto, el autor del Apocalipsis advierte a los cristianos, para que se mantengan firmes en la persecución.

Quien tenga oídos, que escuche esto:
– Quien esté destinado al cautiverio, vaya al cautiverio;
– Quien deba morir al filo de espada, muera al filo de la espada.
¡Esta es la resistencia y fidelidad de los creyentes! (13, 9‒ 10).

El cautiverio y la espada, la cárcel y el martirio, definen la vida de los auténticos creyentes, conforma a la visión de nuestro texto. En un mundo donde reinan las Bestias y la Prostituta el lugar de los fieles de Jesús será siempre lugar de persecución y muerte. En ese contexto se entiende la “trinidad satánica de las Bestias (Ap 13) con la Prostituta (en Ap 17):

− La Primera Bestia (Ap 13,2; cf. Dan 7,46) es la fuerza de este mundo que se expresa de manera peculiar en los imperios perversos de la tierra. Esa fuerza está originalmente manchada: se funda en el Dragón y quiere hacerse divina, exigiendo que le adoren y presentándose como salvadora (Ap 13,4-8). Parece omnipotente, pero tiene miedo de los 'santos', porque no le aceptan como Dios, y porque ponen en duda su poder. En el fondo, ellas les tiene miedo y por eso les persigue, queriendo y aniquilarles (Ap 13,7). .¿Quién es esa Besgtia? Los lectores Dan 7 y la apocalíptica judía saben que es el Poder imperial: es Roma, el Estado anti‒ divino, el estado que al convertirse en absoluto y exigir de los hombres un culto a su fuerza se ha vuelto poder del demonio.

− La segunda Bestia es el Profeta Falso (Ap 13,11-18). Parece que no tiene poder, es delicada y muestra rasgos de Cordero; sin embargo tiene inteligencia, la coloca al servicio de la Bestia del poder y engaña a los humanos de manera poderosa. El Falso Profeta es el espíritu especial de la mentira: seduce a las personas ansiosas de milagros, fascina con el fuego de la tierra y con los signos infernales de la magia. Su actuación no se reduce al campo del engaño; es la “Inteligencia “ al servicio de la Bestia, es la razón de estado que protege a los que sirven al poder y que destruye a las personas que se niegan a acatarlo. Los que no aceptan la verdad de este Falso Profeta ‒ no podrán vivir en esta tierra, comprar o vender, tener seguridades. De hecho, en el tiempo del Apocalipsis, esta segunda Bestia se identificaba con los sacerdotes imperiales y filósofos que hablaban de los dioses del estado y obligaban a los hombres a ofrecerles el incienso de su culto. La Primera Bestia era el imperio absoluto que no permite que a su lado exista autoridad, poder alguno; para ello necesita fabricarse su verdad (Falso Profeta). No puede permitir que los hombres se hagan libres; para eso les fascina con su enigma, les amenaza con sus castigos, les persigue.

− La Prostituta (Ap 17‒ 18) constituye el último elemento de esta “trinidad opresora”. Su figura es de Mujer, su porte de reina (Ap 17,4) y en mano lleva la copa del comercio impuro de la tierra (Ap 17,4‒ 5). Es Babilonia, la vieja ciudad anti‒ divina, la nueva Roma destructora (Ap 17,3.9). La misma Bestia que se servía del Falso Profeta utiliza ahora a la ciudad perversa: a la Cortesana que fornica con las gentes, con los reyes y los grandes de la tierra. Ella se preocupa solamente de sí mismo, se ha olvidado del Eterno y se dedica a perseguir a los creyentes. Con la Cortesana se han prostituido los reyes de la tierra, dirigidos por la fuerza y el dinero, sin tener en cuenta la verdad y la justicia (cfr. Ap 17,1‒ 2; 18,3.9). Con ella han fornicado los grandes comerciantes del imperio que han buscado sólo su provecho (Ap 18,11‒ 13). Esta Cortesana ha querido hacerse de Dios y ha dicho: “Yo soy reina; no conozco viudez, ni veré tristeza alguna” (Ap 18,7). Se ha embriagado de sí mismo y ha bebido de la sangre de los mártires del Cristo. por eso ha de llegar la hora de su juicio (cfr. Ap 18,23‒ 24; 19,1‒ 2).

Éste es el “sistema satánico” del poder del mundo que se absolutiza a sí mismo y que esclaviza a todos los hombres, persiguiendo de un modo especial a los creyentes. Desde ese fondo ha de entenderse la liberación mercedaria, en oposición al poder de las bestias y la cortesana.

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