Domingo 17. 02. 08. Tríptico de la Transfiguración: Curar al niño enfemo

Texto completo (Mt 17 1-20). Las tres partes del tríptico.
El texto del evangelio de hoy es sólo Mt 17, 1-9, pero he querido situarlo en su contexto,para que puedan verse en unidad las tres partes del tríptico.
Arriba.Tabor (Mt 17, 1-9) Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y les hizo subir aparte a un monte alto. Y fue transfigurado delante de ellos. Su cara resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces intervino Pedro y dijo a Jesús: --Señor, bueno es que nosotros estemos aquí. Si quieres, yo levantaré aquí tres tabernáculos: uno para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Mientras él aún hablaba, de pronto una nube brillante les hizo sombra, y he aquí salió una voz de la nube diciendo: "Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. A él oíd." Al oír esto, los discípulos se postraron sobre sus rostros y temieron en gran manera. Entonces Jesús se acercó, los tocó y dijo: --Levantaos y no temáis. Y cuando ellos alzaron los ojos, no vieron a nadie sino a Jesús mismo, solo.
Camino. Discusión eclesial (Mt 17, 10-13). Mientras ellos descendían del monte, Jesús les mandó, diciendo: --No mencionéis la visión a nadie, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Entonces los discípulos le preguntaron diciendo: --¿Por qué dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? Y respondiendo dijo: --A la verdad, Elías viene y restaurará todas las cosas. Pero yo os digo que Elías ya vino, y no le reconocieron; más bien, hicieron con él todo lo que quisieron. Así también el Hijo del Hombre ha de padecer de ellos. Entonces los discípulos entendieron que les hablaba de Juan el Bautista.
Llano. Niño enfermo, Iglesia impotente, fe que cura (Mt 17, 14-20). Cuando llegaron a la multitud, vino a él un hombre y se arrodilló delante de él, diciendo: --¡Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático y padece gravemente. Pues muchas veces cae en el fuego, y muchas veces en el agua. Lo traje a tus discípulos, y no le pudieron sanar. Jesús respondió y dijo: -- ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os soportaré? Traédmelo acá. Jesús le reprendió, y el demonio salió de él; y el niño fue sanado desde aquella hora. Luego, los discípulos se acercaron en privado a Jesús y le dijeron: --¿Por qué no pudimos nosotros echarlo fuera? Jesús les dijo: --Por causa de vuestra poca fe. Porque de cierto os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: "Pásate de aquí, allá"; y se pasará. Nada os será imposible.
Los tres lugares
--- Transfiguración, Tabor. Arriba, en la montaña de la anticipación pascual, se encuentra Jesús con tres discípulos privilegiados, Pedro, Santiago y Juan.Posiblemente, en su origen, el texto evocaba una experiencia de resurrección: brilla sobre Jesús la gloria de Dios, está transfigurado; por eso le hallamos sostenido por el testimonio de Moisés y Elías, testigos de la revelación bíblica (Antiguo Testamento), que conversan con él en gesto de cumplimiento y gloria. Pudiera decirse que los tres discípulos están en oración mientras Jesús se va transfigurado; descubren en su rostro la gloria de Dios y en su figura la culminación de todas las promesas de lo humano: ha llegado la nueva familia de Dios sobre la tierra. Ellos, los discípulos orantes del Tabor, son un signo y anticipo de todos los contemplativos de la historia cristiana. Pero el mismo evangelio nos muestra la ambigüedad de su gesto y advierte que ellos oran en plegaria egoísta e ignorante: Pedro pretende permanecer allí por siempre, en tres tabernáculos, en eterna fiesta de separación y gozo, con el Jesús transfigurado (y con Moisés y Elías). Que los otros, los hombres y mujeres sufrientes que han quedado abajo, en el valle de locura y discusión del mundo, sigan sufriendo, continúen pervertidos. ¿Qué importa eso? Ellos, los privilegiados de la tierra (Padre, Santiago, Juan) participan ya de la oración perfecta con los privilegiados del cielo (Moisés, Elías y Jesús). Esta parece su oración suprema, este es el Tabor donde culmina una experiencia de la santidad egoísta de tres privilegiados, que quieren gozar a solas del triunfo y gloria de Jesús, olvidándose de los problemas del mundo. Evidentemente, el texto afirma que Pedro no sabía lo que decía, pues ellos (los tres humanos) estaban dominados por el miedo. Su Tabor de oración, su "santidad" visionaria, estaba hecha de egoísmo e ignorancia.
--- Discusión eclesial, camino. En el intermedio (descenso de la montaña de la pascua) hallamos el diálogo de Jesús con sus discípulos. No han podido quedar por siempre arriba, como quería el ignorante Pedro, en oración evasiva y falsa santidad, aislada del mundo. Han descorrido por un momento el velo del misterio, en gesto de satisfacción personal (¡Maestro, qué bien estamos aquí, hagamos tres tabernáculos!); pero la voz de Padre Dios (¡Este es mi Hijo amado, escuchadle!) les ha despertado de ese sueño de oración y les ha vuelto a colocar, pequeños, caminantes, ante la exigencia de entrega de Jesús. Por eso deben bajar de la montaña y, a medida que se acercan al valle de la problemática humana, se va revelando su más honda tarea: no pueden hablar de lo que han visto, no pueden entenderlo, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. La gloria del Tabor adquiere su sentido y se convierte en experiencia cristiana sólo allí donde se asume el camino de muerte de Cristo y su gesto de servicio liberador dirigido a los necesitados. Sólo en esta perspectiva se vuelve comprensible la pregunta por Elías, a quien se vincula ahora con Juan Bautista, a quien han matado ya. La gloria del Tabor resulta inseparable del camino de muerte y del amor activo de Jesús hacia los pobres. Las figuras de Moisés y Elías quedan integradas en ese camino de entrega: sólo así se puede hablar de verdadera ley (Moisés) y de esperanza profética de Elías que ha venido ya no sólo en la montaña de la oración, sino de un modo concreto, a través de Juan Bautista, a quien han matado. El camino del Tabor es un camino de entrega a favor de los demás, un camino de vida que se regala con fe, para que en el mundo haya vida y curación. También ellos, los tres del Tabor, tienen tienen que estar dispuestos a dar la vida por los demás.
--- El llano. Un padre incrédulo, unos discípulos impontentes. Abajo han quedado los otros nueve discípulos del Cristo, que luchan impotentes contra el niño del demonio mudo. Ésta es la verdad de nuestra historia, éste el rostro atormentado de la humanidad, condensada en un hijo loco y un padre impotente, en medio de unos discípulos (cristianos) que no pueden ayudar ni curar. Arriba expande gloria Jesús transfigurado; abajo grita el padre impotente con el hijo enfermo, rodeado de discípulos de Jesús que no tienen fe suficiente para curar al hijo, para sanar al padre. También son inútiles los tres discípulos del monte: Jesús les ha subido a su Tabor para que encuentren a Dios entregando su vida por los otros, pero ellos prefieren eternizar la pura gloria (sin cruz), haciendo tres tiendas de descanso y olvido eterno. Esta es la tragedia de la humanidad, este el problema los discípulos de Jesús.
Aplicación. Las dos iglesias
-- Los videntes del monte piensan que han hallado a Dios, que han visto su misterio; por eso quieren quedarse allí, construyendo tres tabernáculos sagrados para descansar siempre con Cristo transfigurado, sin participar de la pasión del mundo. Son como creyentes sin experiencia real de los problemas de la vida. Así se aislaran de la historia, olvidando los problemas (disputas, locuras) de este mundo viejo.
--- Los inútiles del llano disputan y razonan pero no tienen fe suficiente, no pueden curar. Ellos son una Iglesia que no sube al Tabor, que no penetra con fe en los problemas de la vida real, del padre y del niño lunático.
Este es el divorcio de la iglesia, la ruptura entre una oración sin vida (los de arriba se del enfermo) y un esfuerzo sin oración (los de abajo quieren curarle pero no lo logran). Los de arriba desean una casa de recogimiento particular, tabernáculos santos, dónde solo se escucha una oración sin compromiso con el mundo. Los de abajo no tienen casa permanente sino disputa impotente con padres enfermos. En cierto sentido, los últimos son más coherentes, pues al menos saben que existe opresión sobre la tierra. Conocen algo del dolor del mundo, mientras los de arriba parecen ignorarlo.
Al fondo de esa escisión de los discípulos (de esa falta de fe de la iglesia) hallamos la tragedia de la humanidad representada por el padre y niño enfermo. Únicamente Jesús puede superarla, bajando con los discípulos orantes hasta el valle de locura y discusión, para curar a los dos (hijo y padre) y para decir a los dos tipos de discípulos (de arriba y abajo) que este tipo de demonios sólo pueden expulsarse con mucha fe, es decir, subiendo a la montaña de la pascua para recibir allí la fuerza de Dios y bajando en gesto de servicio hacia los pobres. La fe se expresa en la curación de los enfermos: en la capacidad de entrar en este mundo de locos para transfigurarlo.
Dos tipos de fe, una fe que cura
Una fe mística, una fe en el Dios del Hijo. Arriba está Jesús, el Hijo verdadero, culminando un camino iniciado por la ley (Moisés) y los profetas (Elías), rodeado de discípulos que miran ignorantes, mientras quieren quedar allí por siempre. Ellos no saben expandir la casa de la vida; quieren cerrarse en tres tiendas "sagradas" y eternas. Pero Dios les despierta diciéndoles que miran al Hijo:: ¡Este es mi Hijo amado, escuchadle!. Esto significa que el misterio de la transfiguración debe expandirse, de forma que todos acojan y escuchen a Jesús, conforme a la voz de Dios. Esta revelación superior (voz de la nube) desvela, al mismo tiempo, la paternidad bondadosa de Dios y el poder creador (salvador) de la palabra de Jesús, a quien el mismo llama Hijo querido. Dios aparece de esa forma como Padre que confía en Jesús, diciéndonos que confiemos en el y le escuchemos, porque es su agapêtos, Hijo entrañable. Como Jesús y con Jesús debemos encontrarnos en la montaña de la Oración y del Misterio, escuchando la voz del Padre que nos dice también: ¡sois mis hijos queridos! Sólo allí donde se ha escuchado y se sigue escuchando de forma coherente y compartida esta palabra, en oración gratuita, puede surgir y mantenerse la vida cristiana. Los cristianos subimos con Pedro, Santiago y Juan al monte de la oración, no para dormirnos allí sino para compartir con Jesús el misterio del amor de Dios. Somos por esencia contemplativos o no somos nada.
Una fe activa, una fe que cura al hijo enfermo. Abajo, en cambio, hay un padre impotente: un hombre que no puede creer en su hijo y curarle Por eso, la actuación de Jesús ha de entenderse como terapia paterna: quiere que el padre confíe, acepte a su hijo y le quiera (le crea), llamándole agapêtos, querido, traduciendo así en la tierra el misterio del Dios del reino de Jesús. Este es el tema: un padre incrédulo, un hijo mudo, incomunicados entre sí, entre unos profesionales de la religión (discípulos inútiles del Cristo) que no saben creer, que no saben curar. En el centro de este valle de la tierra queda una familia rota, una sociedad impotente, entregada a las disputas estériles. Este es el entorno de una iglesia mundanizada (los nueve de abajo), mientras la iglesia sacralizada del Tabor (los tres de arriba) sueña de forma egoísta y se olvida de la fuerte locura e injusticia de la tierra. Se trata de creer, creer para curar…Un Tabor que se queda en sí mismo, que no baja al valle de los padres impotentes y los hijos locos es ideología falsa, es mentira.
- Todo parece religioso en el Tabor, lugar de contemplación, clausura mística de santidad propia de iniciados. Allí ha subido Jesús, hacia su cumbre tiende el evangelio, en camino de muerte (entrega de la vida).
- Todo parece profano en el Valle del Enfermo (padre con el hijo enfermo), dominado por la disputa religiosa y la impotencia del padre angustiado, con un hijo que habla solamente con los gestos de su soledad destructora. Aquí nos trae el evangelio, aquí tenemos que bajar desde el Tabor