María y el Magnificat en Lutero y 3. Cantor de María y con María (E. Touròn)

La experiencia de la torre (Turmerlebnis), a la que aludimos al comienzo de este trabajo, experiencia que es el embrión de toda la teología luterana, está muy presente en el cántico y dimensiona teológicamente la figura evangélica de María .
Acepta Lutero una antropología no dualista sino de la triple dimensionalidad bíblica( cuerpo, alma y espíritu ,cf. 1 Tes 5,23) tal como trasluce el lenguaje de María ("mi alma"). Pide igualmente una santidad no parcial sino integral en María, aunque mantiene la jerarquización del espíritu frente a los otros componentes: "si el espíritu no está santificado, no habrá nada que sea santo" .
Frente a "esta santidad de espíritu" que consiste en "una fe pura y sencilla" Lutero ve un peligro en las órdenes religiosas que insisten en la "observancia de las obras" y en el valor de los sistemas de piedad, fundamentados en obras externas: ayunos, disciplinas, limosnas. "No conceden la mínima atención a la fe". Por ello arremete contra estos reformadores pre-tridentinos, a los que llama "falsos maestros" y remite a su obra Sobre las buenas obras (1520).
Dios ha hecho obras grandes en María
Lutero recurre a la experiencia de la fe fiducial, de la que da esta definición: "La única fuente de paz consiste en enseñar que ninguna obra, ninguna enseñanza exterior, sino sólo la fe, es decir, la firme esperanza en la invisible gracia que Dios nos ha prometido, acarrea la piedad, la justificación y la santidad" .
Al hilo de las palabras de María "porque ha hecho obras grandes en mi" Lutero verá que la fe no es algo que tiene que ver con los demás, como en el caso de la Virgen, sino con uno mismo. María sirve de modelo de la fe viva y operante del cristiano, que "no basta con que creas que Dios ha obrado grandes cosas con otros, pero no contigo, pues con ello te verás privado de esta divina acción". Dos tipos peligrosos acechan a esta fe en Dios: por una parte los engreidos, soberbios-poderosos-ricos, que todo lo reponen en su esfuerzo y capacidad y los desesperados , descorazonados y desconfiados. Unos y otros forman una estirpe "cuya fe es inexistente, muerta, como ilusión nacida de fábula"
Lutero parece en este momento crucial y providencial de su historia alimentando una fe al hilo de las palabras de María y del comentario del Magníficat. Son los tiempos de su excomunión por el papa, de su presencia obligada y de gran riesgo en la dieta de Worms (1521) ante el emperador Carlos V y el legado pontificio, el teólogo dominico y cardenal Cayetano. Lutero es considerado como un proscrito. Su huida se convierte en un "secuestro" que culmina en el retiro de Wartburg, amparado por su protector y futuro elector de Sajonia, Juan Federico. Allí escribe este comentario y se lo dedica como si del género de "reloj de príncipes" se tratara.
María, llena del Espíritu Santo
"Para la ordenada comprensión de este sagrado cántico, es preciso tener en cuenta que la bienaventurada virgen María habla en fuerza de una experiencia peculiar por la que el Espíritu Santo le ha iluminado y adoctrinado. Porque es imposible entender correctamente la palabra de Dios, sino es por mediación del Espíritu santo. Ahora bien, nadie puede poseer esta gracia del Espíritu santo, si no es quien la experimenta, la prueba, la siente... precisamente porque la santa Virgen ha experimentado en sí misma que Dios le ha hecho maravillas, a pesar de ser ella tan poca cosa, tan insignificante, tan pobre y despreciada, ha recibido del Espíritu santo el don precioso y la sabiduría de que Dios es un señor que no hace más que ensalzar al que está abajado, abajar al encumbrado y, en pocas palabras, quebrar lo que está hecho y hacer lo que está roto". (Magnif. 177).
En la oración final del Magnificat Lutero no se contenta con pedir a Dios que nos "ilumine y hable, sino que inflame y viva en el cuerpo y en el alma" como en María (p.204). Tal es la fuerza abrasadora del Espíritu que está en el Magnificat de María.
De ahí esa insistencia en la fe fiducial de que uno tiene que tener para que salgan adelante las obras de Dios que hace por uno. Lutero lo expresa de todo creyente como si de él se tratara: "Tienes que estar convencido, sin duda ni vacilación posible, de la (buena) voluntad de Dios para contigo, y creer con firmeza que contigo quiere realizar cosas grandes" .
Lutero considera que estas obras de Dios en cada uno pertenecen a la misma esencia de la fe fiducial y no es una falsa presunción, porque mueven al amor y a la alabanza de Dios que es la mejor prueba.
"Esta fe , como dice Cristo, es capaz de todo (cf. Mc 9,23). Esta es la única fe que justifica, la única que aboca a la experiencia de las obras divinas y, a través de ello, la que impulsa al amor de Dios, a alabarle, a cantar que el hombre le engrandece y le magnifica con razón" . Lutero ve en María la primera creyente y el más acabado ejemplo de esta riqueza salvífica de la fe fiducial. Y también ella es la más grande de todas la mujeres y hombres creyentes por dos cosas: porque "su alma glorifica al Señor y su espíritu se alegra en Dios su Salvador", y porque Dios ha hecho en ella la obra más grande, engendrar al Hijo de Dios.
Esto está indicando que María no es nada ni se estima en nada, que carece de méritos porque es humilde y pobre y por otra parte es muy grande su fe en Dios y su confianza en él sin fisuras. Lo que provoca "la mirada de Dios" sobre María. Lutero ha calado profundamente el significado teológico de la "mirada de Dios" a María. Lega a decir:"María confiesa que la primera obra que Dios ha realizado en ella ha sido la de mirarla. Es la mayor, en efecto, ya que las restantes dependen y dimanan de ella. En realidad, cuando Dios vuelve su rostro hacia alguien para mirarle, allí se está registrando gracia pura, felicidad, y de ello se siguen todos los bienes y todas las obras" . Una cierta exégesis bíblico-psicológica actual de tipo lacaniano de la personalidad ha resaltado esta "mirada de Dios" como el comienzo de la personalidad de toda la gracia de María. Lo cual significa el acierto anticipado y simple de Lutero .
Humildad de María, grandeza cristiana
Pero María no se ha vanagloriado de su humildad ni nadie puede hacerlo sin pecar. Lutero acusa, en cambio, de esta presunción a los "prelados", mientras define la humilitas bíblica como la crux Christi: "La humilitas no es otra cosa que un ser o estado despreciado, sin apariencias, bajo exactamente igual al estado que se encuentran los pobres, los enfermos, hambrientos, sedientos, los prisioneros y los hombres que sufren y mueren, de la misma forma que se halla Job en medio de las tribulaciones, David arrojado de su reino o Cristo cargado con las miserias de todos los cristianos" . María es una discípula modélica de esta escuela de humildad y de la cruz de Cristo . Pertenece al grupo de los cristianos caracterizados por la Biblia "los pobres de Yahveh". Lutero ha olfateado anticipadamente este lugar tan importante del Magníficat, como lo hace hoy toda la crítica exegética. Y dirá que son los pauperes, aflicti, humiliati que refleja el Sal 116 y otros salmos afines .
Pero esta fe como esta humildad de la cruz se estrechan en un callejón sin salida del individualismo de Lutero. Proviene de la polémica con los que, en lugar de confiar en las obras que Dios puede hacer en ellos, confían en la oración de los otros o en las prácticas externas difundidas por las órdenes religiosas como "hábitos monacales", "ayunos, celdas o enterramientos monacales". Frente a ellos propone un individualismo radical de la fe, sin la inclusión en la esfera eclesial, o un tipo de unión con Dios muy al estilo de la espiritualidad agustiniana- Deus et anima mea- o de la espiritualidad intimista del Kempis o de la corriente de la Devotio moderna con la que tuvo cierto contacto el joven Lutero en Magdeburgo .
Lutero que tiene la particularidad en este comentario de prodigarse en algunas oraciones a la Virgen -cosa que desaparecerá hasta el Ave María cuando avance su Reforma litúrgica- hay una oración que abunda en los contratres paradójicos de nada/gracia, carencia de méritos/ superabundancia de gracia:
"Nada de eso has merecido, pero la rica y superabundante gracia que Dios ha depositado en tí es mucho más alta y más grande que todos tus méritos (Dichosa de tí!" .
María está más cerca de este discurso de verdad que es el de la humildad que la de los que la elogian y alaban por su méritos. Teme por su idolatrización, lo más opuesto a su humildad evangélica .
María y la sola gratia de Dios
Lutero se debate por la sola gratia Dei en María y por restar importancia a sus méritos para que no se convierta en el Absoluto divino de nuestra devoción y salvación que sólo pertenece a Dios y Jesucristo. Lo hace con el tema de la divina maternidad y lo hace con la mediación.
Lutero siente una profunda veneración y fascinación por la maternidad divina de la Virgen con toda la iglesia antigua y medieval. Pero al mismo tiempo siente el temor de que se dispare la veneración de María al nivel de Dios, propiciando su idolatrización. Afirma la maternidad divina como "la cosa más grande" que Dios ha hecho, pero confirma simultaneamente la pequeñez de María en cuanto al ser y de nulidad en cuanto al mérito. Esta divina paradoja que Lutero ve latir en el Magnificat le hace ser el cantor de las excelencias de María y no quisiera ser su detractor, pero lo es si se juega el honor de Dios: " Mejor es que disminuya la virgen que no la gracia de Dios. No, no equivale esto a empequeñecerla, puesto que como todas las creaturas, ha sido hecha de la nada; pero disminuir la gracia de Dios exageradamente es algo muy arriesgado y ningún placer se le procuraría a la virgen con hacerlo" (Magnif.191).
Una prueba de Lutero como cantor de la maternidad divina de María lo tenemos en este párrafo inolvidable: "De ahí (de ser madre de Dios) provienen todo honor, toda la felicidad, el ser una persona tan excepcional entre todo el género humano, que nadie se le puede equiparar porque con el padre celestial, ha tenido un hijo. (Y qué hijo!.... porque quien la llama madre de Dios no puede decirle nada más grande, aunque contase con tantas lenguas com hojas y hierbas hay en al tierra, estrellas en el firmamento y arenas en el mar". (Magnif. 191)
Casi una mediación mariana
Su mediación debe ser una mediación de tránsito hacia Dios y hacia Jesucristo sin parada en ella misma; una mediación ejemplar que mueve a confiar no en ella sino como ella, es decir, un confiar absolutamente y tiernamente en Dios contra toda prueba o sufrimiento .
Lutero ha sido parco en la invocación a María y en su intercesión. Sin embargo, nos ha dejado dos ejemplos en este comentario. Despues en su evolución posterior olvidará y reprobará esta mediación. En uno insiste que el sentido de la invocación a María debe consistir en resaltar la gracia y la gloria de Dios y la obra que ha hecho en la virgen al mismo tiempo que se destaca su pequeñez. Asi Dios es semper maior y María es la persona creada y redimida que más trasluce la gracia y más lejos está del mérito .
En el otro caso se pone en acción la intercesión María junto a Cristo y en última instancia ante Dios. Se le pide a éste que nos conceda no sólo la iluminación y la palabra sino el amor del Magnificat que inflame y viva en el cuerpo y el alma. Y que tal gracia nos venga de Jesucristo por intercesión y voluntad de su querida madre. La gracia que se pide no puede ser más evangélica y más mariana: es el mismo contenido y espíritu del cántico de María. Ella deja su pasividad en la que la ha enclaustrado Lutero en otras ocasiones para pasar a un sinergismo ejemplarizante y transicional .
Cf. Magnif 188: "(Oh, tú, bienaventurada virgen y madre de Dios; qué nada e insignificante eres, qué despreciada has sido, y, sin embargo, qué graciosa y abundantemente te ha mirado Dios y que grandes cosas ha realizado contigo! Nada de eso has merecido, pero la rica y sobreabundante gracia que Dios ha depositado es mucho más alta y más grande que todos tus méritos. (Dichosa de ti! Desde este momento eres eternamente bienaventurada, porque has hallado un Dios así".
"Pidamos a Dios que se nos conceda la correcta inteligencia de este Magnificat: que no se contente con iluminar y hablar, sino que inflame y viva en el cuerpo y en el alma. Que Cristo nos lo conceda por la intercesión y la voluntad de su querida madre María. Amén" (Magnif..304).
Fórmula valiosa que aunque distante a la católica podría entrar en diálogo con la reflejada en el el Vaticano II (LG VIII, 60-62) Estos dos ejemplos no están en desacuerdo sino que son realizados a la luz de las matizaciones teológicas que hace Lutero en el Magnificat: "María no intenta convertirse en ídolo. No hace nada ella, es Dios quien todo lo realiza. Se la tiene que invocar, para que Dios por su voluntad, nos conceda y haga lo que le suplicamos. Y de esta forma hay que invocar también a los santos restantes, de manera que la obra entera se atribuya sólo a Dios" .
Esta mediación es, pues, siempre transicional : no termina ni se detiene en María, sino que se dirige a Dios y descansa en El . Cf. Magnif. 189:
")Piensas que puede haber otra cosa que le resulte más grata que este llegar tú a Dios por medio suyo, que aprender por su ejemplo a confiar y a esperar en Dios, aunque sea a costa de ser despreciado y anonadado? De todas formas, suceda durante la vida o en la muerte , lo que desea no es que acudas a ella, sino que por su medio te dirijas a Dios".