Ni homo- ni hétero-sexual, simplemente amor

Las cosas y los hombres
Las realidades físicas y culturales (primer y segundo mundo) no tienen carácter personal, se hallan cerradas en un Todo, integradas dentro de un sistema, carecen de libertad interior y movimiento autónomo. Por eso, estrictamente hablando, ellas no existen: no salen de sí, ni pueden crear ni darse vida unas a otras, ni relacionarse en libertad, pues no son dueñas de sí mismas ni pueden abrirse a las demás en libertad.
Los hombres y mujeres son, en cambio realidades. Ciertamente, forman parte de unos procesos físicos de los que han surgido y de unos sistemas culturales, que ellos mismos van creando, pero en cuanto tales, como seres personales, desbordan ese plano del sistema y se encuentran distendidos, esto es, liberados de la presión del todo (del orden físico, del sistema cultural), de tal forma que puede abrirse hacia el principio divino de la realidad y unos hacia otros, como personales, en autonomía interior
Nacer a la vida, ser en amor
El ser humano (hombre o mujer) nace y existe en la medida en que responde a la voz que le llama y a los ojos que le miran, de manera que su mismo ser es diálogo personal. En esa línea puede afirmar que ser hombre es hacerse en amor, en Dios y como Dios, en unión con otros (o con otro):
Dios es amor enamorado, que vive en sí viviendo fuera de sí.Existiendo en Dios, el hombre es también un despliegue personal de amor. No nace por ley, ni por capricho de Dios o de los dioses, tampoco por fatalidad, sino ser capaz de amar. Sólo al interior del Dios enamorado podemos hablar de un amor de hombre pues el hombre no existe encerrándose en sí mismo (como sujeto de posibles accidentes, ser explicado y definido por sí mismo), sino sólo recibiendo el ser de otros y abriéndose a ellos, viviendo así en la entraña del mismo ser divino (que es relación de amor, encuentro de personas).
Más que animal racional o constructor de utensilios, pastor del ser o soledad originaria, el hombre es auto-presencia relacional, ser que se descubre en manos de sí mismo al entregarse a los demás, en gesto enamorado de creación y vida compartida.
El hombre (=el ser humano) sólo existe de verdad (sobre la naturaleza, desbordando el sistema) en la medida en que se entrega o regala, compartiendo su misma realidad con otros seres humanos, de los que recibe la vida. Así podemos decir que es lo más frágil: no es una "cosa" objetiva, independiente de lo que ella sabe y hace, sino presencia activa, esencia compartida. Pero, siendo lo más frágil, el hombre es lo más fuerte, presencia en relación, de tal manera que se sabe y se encuentra (está presente en sí) porque le dan lo que tiene y él lo asume (se asume a sí mismo) y lo comparte. Por eso, su esencia (que es pre-sencia) se encuentra vinculada a la presencia de todos los humanos que le hacen ser, haciéndole ser fuerte (con la fortaleza que proviene del mismo amor de los demás).
Una antología de amor
Así pasamos de la "ontología de la sustancia", propia de las cosas que están hechas, de las leyes fijas,, a la metafísica de la relación y presencia. No hay primero persona y después relación, pues el hombre sólo es presencia (auto-presencia, ser en sí) en la medida en que es relaciona, de tal manera que se conoce conociendo a otros (desde otros), desde el Ser que es Dios, a quien descubre como trascendencia de amor.
Yo no puedo empezar hablando de mí (pienso luego existo, debo luego soy...), porque, si pienso, es porque otros me han pensado (me están pensando) y si debo es porque otros me llaman e interpelan. Sólo puedo amar porque otros me aman, sólo soy porque otros (otro) me hacen ser.
No existe primero el ser propio y después la alteridad, porque en el principio de mi ser (del ser de cada uno) se expresa el ser de Dios que es alteridad y presencia radical de amor (que se nos revela a través de los demás). De esa manera, existiendo en Dios, siendo presencia suya, nosotros también somos presencia relacional.
Eso significa que no podemos crearnos de un modo individualista, para ser dueños de nosotros mismos, por aislado, en gesto de posesión que nos separa de los otros. Yo no puedo crearme y ser dueño de mí, como sujeto absoluto (sujeto que se eleva ante el resto de las cosas, que son simples objetos), pues estoy recibiendo mi ser como gracia. No soy sujeto ni objeto en sentido absoluto, sino presencia relacional. Eso significa que mi "yo" no surge como algo separado, que puede desligarse de la relación con Dios y con los otros seres personales, pues esas relaciones me constituyen y definen, me instauran e impulsan, al mismo tiempo que yo las cambio y defino, definiéndome a mí mismo en cuanto presencia en relación.
Unos momentos de amor
El ser humano descubre y expresa su verdad más honda, como ser de amor, a través de una serie de momentos que definen su existencia, trazando las claves de su propia identidad. Sólo sé lo que soy (sólo existo de verdad, como ser humano) en la medida en que trazo desde y con los otros el perfil de mi existencia, al interior del Dios enamorado.
1. Reconocimiento: ¡Tú me haces ser!. El "tú" que me hace ser es ante todo el de los padres y después el de aquellos que nos llaman a la vida, haciendo que seamos. Puedo decir que "soy" porque alguien me ha dicho que sea. En el principio no está el "yo pienso", ni el yo "quiero" (o decido), sino la palabra más honda de aquel que me dice ¡Vive, tú eres mi hijo, eres mi amigo, siendo tú mismo: por eso, sé tú mismo!. Sólo tengo acceso a mi propia identidad , como un 'yo' , en la medida en que existo (alcanzo mi propia identidad) al interior de Dios enamorado. No puedo crearme por aislado, no soy 'sujeto absoluto de mí', sino que empiezo a nacer desde los otros, desde un 'tú' (que en el fondo es el Dios enamorado (padre-madre-amigo), que se expresa a través de los padres y amigos y me dice quien soy, haciéndome persona, de manera que yo puedo responderle. No existo como sustancia independiente, sino como destinatario de una relación de amor. Soy porque me han llamado.
2. Aceptación mutua: nos hacemos ser. "El 'yo' y el 'tú' pueden experimentarse de manera simultánea, descubriendo que su auto-presencia les está siendo dada a cada uno por el otro". "Cada uno es para el otro el mediador del propio yo", creador de su pre-sencia. De esa forma son, creándose mutuamente: 'yo soy para ti', 'tú eres para mí'; y de esa forma cada uno aparece como principio, meta y compañía para el otro, al interior del Dios enamorado. En ese contexto deberíamos elaborar una "fenomenología del enamoramiento creador", destacando el gozo y tarea de la vida compartida, como algo que desborda el nivel de la ley donde nos situaba el sistema. Para el sistema no existe un verdadero tú, ni un yo en sentido estricto. Tampoco existimos nosotros en cuanto personas, portadoras de un amor compartido. El sistema sólo conoce estructuras y leyes siempre intercambiables, al servicio de los intereses del conjunto. Por el contrario, la vida humana es siempre encuentro concreto de personas, pasando así (sin dejarlo) del amor paterno-filial al amor horizontal de dos amigos o dos enamorados.
3. La vida como libertad y gracia: soy regalo tuyo. Ser persona significa liberarse de un sistema de leyes que me determinan desde fuera, elevándose por encima de orden físico (de la naturaleza) sin abandonarla (pues sigo siendo parte de este mundo), sin caer en el orden cultural que nosotros mismos vamos fabricando. Cada uno se deja liberar (nace a la vida humana) por el don del otro, de tal forma que podemos afirmar que el hombre no es ya naturaleza, sino gracia (un ser sobrenatural); tampoco es cultura, simple momento de un sistema económico-social. El hombre es gracia de amor, encuentro personal: o vive en diálogo de amor con los demás, en un nivel donde la vida es gracia (regalo) o se destruye a sí misma. Este proceso de liberación o surgimiento hace que la vida humana deba interpretarse como regalo: "el único sentido que puede tener mi realidad para mí es el de ser regalo tuyo, porque tú me liberaste para ti y has hecho que yo no me hunda en lo precario de mi situación". Como regalo del Dios enamorado somos lo que somos y sólo nos tenemos a nosotros mismos en la medida en que podemos y queremos regalarnos a otros.
4. Puedo vivir: tú me has curado. Abandonado a sus propias fuerzas (falto de amor), el hombre se vuelve un animal enfermo, alguien que no puede realizar su vida. El hombre ha sido creado para vivir en plenitud (cf. Gen 1), pero se encuentra amenazado por la enfermedad, que se expresa en el gesto de aislarse, encerrarse, rechazar a los demás. Lógicamente la salvación (de la misma raíz que salud) se expresa "en el encuentro en que tú me dices quien soy y quien puedo ser". Según eso, crear y sanar se identifican: "Sólo tú puedes ayudarme a devenir aquel que y soy en forma de búsqueda y de pregunta: un 'yo' auto-presente". Al recibirme como don, yo mismo soy sanado, pues recibo mi vida de los otros. Sólo el Dios enamorado (el enamoramiento hecho principio de existencia) puede curar a los hombres y mujeres enfermos de esta pos-modernidad amenazada por la bomba atómica y por la bomba del terror del sistema y de aquellos que amenazan al sistema..
Ni homo- ni hétero-sexual, simplemente amor
He presentado cuatro notas del amor, tomadas del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y del Evangelio de Jesús. Son notas del amor-amor, que puede expresarse de diversas formas, de padres a hijos (y viceversa), de esposos de distinto sexo, de amigos del mismo sexo. En este nivel, el amor no es homo- ni hétero-sexual, sino amor bueno o amor egoísta.
((Debo parte de estas ideas a mi amiga germano-mexicana B. Andrade, en su libro Dios en medio de nosotros. Esbozo de una teología trinitaria kerigmática, Secretariado Trinitario, Salamanca 1999)).