La lengua de los ángeles Diversidad de lenguas y una lengua universal

Pentecostés
Pentecostés

"Hoy es más que evidente la necesidad de que la Iglesia en España tiene un verdadero problema con las lenguas vernáculas"

"Son muchos los clérigos que al ser nombrados obispos (y también numerosos párrocos) que cuando llegan a su destino investidos de autoridad, imponen a sus diócesis y parroquias su propia lengua (la de ellos) y relegan (y prohíben) las lenguas vernáculas en la liturgia"

"Lo triste es que eso tenga especial relevancia en la Iglesia que, por el contrario, debería ser 'maestra en encarnación, inculturación y servicio'"

"Si queremos que la comunión avance, debemos poder comunicarnos. Lo que Pablo presenta como 'hablar la lengua de los ángeles' es fácil de actualizar. Es necesario un lenguaje superior, trascendente. Una lengua universal, la que todo el mundo puede entender: el amor"

En verano llega también la oportunidad de convivircon gentes de diversidad de pueblos y culturas, de establecer contacto con personas que se expresan en lenguas que no conocemos. El viento del Espíritu, nos invita a multiplicar las posibilidades del encuentro, del respeto, del cuidado, de la escucha y la comunión… Una nueva oportunidad para que la comunicación nos ayude a profundizar en el desafío de la fraternidad universal conscientes de que inter-somos y existimos unos con otros, superando barreras y obstáculos que dividen o excluyen.

Al sonido de los diversos idiomas que flotan en nuestra tierra, voy a dedicar unas reflexiones.

El don de lenguas es uno de los dones del Espíritu Santo que la Escritura nos ha ido revelando paso a paso, por etapas, dejando atrás concepciones erróneas, hasta llegar a la explosión del lenguaje en Pentecostés: “… según el Espíritu les empujaba a expresarse, empezaron a hablar en diferentes lenguas y cada cual les entendía en su propio idioma” (Hechos 2:6-12).

Expresarse, hablar y entender son verbos dinámicos que hay que poner en acción, en presente y mirando al futuro con decisión y esperanza.

Cada uno de nosotros hablamos el más bello de los idiomas, aquel que todos aprendimos de niños, escuchando a nuestras madres y hermanos.

Efectivamente, todos somos todos. Y todas las lenguas son igualmente hermosas y nobles, sin excepción Y, además, si damos por buena la afirmación de que “el carácter multilingüe de España es un hecho irreversible” (Linz, 1975), nos compete a cada uno participar y disfrutar de esta realidad enriquecedora. Todos, por consiguiente, estamos llamados a aportar nuestra capacidad de comunicación, sin prejuicios ni barreras. Más si somos cristianos y hemos sido llamados a servir, como Jesús y no a imponer como hacen “los gobernantes de este mundo que tratan a su pueblo con prepotencia y hacen alarde de su autoridad frente a los súbditos” (Mateo 20, 25). Esta sentencia de Jesús debería encabezar todas las reuniones sinodales y todos los Consejos episcopales o parroquiales, el Sínodo sobre la sinodalidad avanza pero el clericalismo no retrocede.

De Babel a Pentecostés

Hoy es más que evidente la necesidad de que la Iglesia en España tiene un verdadero problema con las lenguas vernáculas. Son muchos los clérigos que al ser nombrados obispos (y también numerosos párrocos) que cuando llegan a su destino investidos de autoridad, imponen a sus diócesis y parroquias su propia lengua (la de ellos) y relegan (y prohíben) las lenguas vernáculas en la liturgia. Unos con mayor disimulo que otros, pero así suele ser generalmente. Galicia, Cataluña, País Vasco, Comunidad Valenciana, por nombrar las más significativas sufrieron la durísima represión de sus lenguas en la dictadurísima de otros tiempos; y, lamentablemente la siguen sufriendo en la actualidad, con esas otras dictaduritas de quienes aún siguen considerando el castellano más noble, educado y refinado que el resto de las lenguas de España. Lo triste es que eso tenga especial relevancia en la Iglesia que, por el contrario, debería ser “maestra en encarnación, inculturación y servicio”.

Pentecostés es una invitación a hablar cada uno en su propia lengua, porque esta es la lógica de la diversidad y el respeto. Hablar para sanar y salvar distancias, sin anular y sin imponer ninguna lengua, de ningún imperio. Pentecostés es una profecía, para que nadie en la Iglesia imponga (a diócesis y parroquias) su propia lengua, sea obispo, párroco o catequista. Liturgia, cantos, ponentes impuestos por la autoridad competente acampan por esos mundos de Dios, con rezos e imposiciones, sin hacer ni el mínimo esfuerzo por respetar, aprender y potenciar la comunicación y la espiritualidad en la lengua, que Dios mismo regaló a cada pueblo, en el devenir de la historia.

En Babel la “diversidad de lenguas” fue interpretada como un castigo divino para confundir a los hombres cuando estos no se someten a sus mandatos y sus instituciones. Aquella Torre de la confusión necesita ser sustituida por el Espíritu de Pentecostés, donde todas las lenguas; todos los idiomas, de todos los territorios, de todas las culturas que existen en la humanidad entera… son acogidas como bendición divina.

No es esta una tarea baladí. Creo recordar que cuando se inauguró el Parlamento Europeo, al lema: Europa: Muchas lenguas, una voz, en numerosas publicaciones iba acompañado de una caricatura de la Torre de Babel. Con el paso del tiempo hemos ido descubriendo algo más de aquella Torre y de Europa. El problema no son los “idiomas” (palabras), la verdadera confusión se genera y acentúa cuando aparece la rivalidad y cada cual trata de mantener sus propios privilegios, se imponen ideologías y se ocultan intenciones para conseguir beneficios y privilegios personales o estatales.

Si queremos que la comunión avance, que lo hagan también la igualdad y la justicia, debemos poder comunicarnos “cada cual con su propia lengua”, pero no es ésta la última finalidad. Lo realmente importante será, especialmente para los creyentes y la misma Iglesia, dejar de afianzar cada cual el imperio de su propio ego y empezar a caminar juntos, multiplicando capacidades y fortalezas que aúnen y que levanten al que se queda sin fuerzas y al margen.

Pentecostéses, también, una amable invitación del Espíritu a colocarse “en salida, al servicio de la gente” tratando de entender y hablar la lengua del lugar, cuanto antes y contentos. Me gustaría que “el don de lenguas” que atribuye la Tradición a la llegada del Espíritu, pudiéramos recuperarlo en la Iglesia, con verdadero entusiasmo; como una apasionante aventura que puede proporcionarnos frutos inimaginables, de aceptación y credibilidad para una institución que la necesita como el aire para respirar.

Para enriquecernos con este don del Espíritu necesitamos liberarnos de la lectura literal de algunos relatos y realizar el esfuerzo (intelectual y pastoral) de hacer de ellos una lectura actualizada acorde con la sensibilidad y las necesidades del siglo XXI.

La cosa es más sencilla de lo que parece: Jesús envió a sus discípulos a anunciar el Evangelio a todo el mundo. Ellos aceptan y emprenden la misión entusiasmados, dispuestos y equipados con la fuerza de su Espíritu. Al salir de su tierra se encontraron con otros pueblos, otras culturas y con idiomas que no conocían. No tuvieron más remedio que tratar de “aprender idiomas” o al menos intentarlo con honestidad, su deseo de anunciar a Cristo les empuja a ello.

Esto mismo ocurre hoy a numerosos misioneros (y también a numerosos profesionales que tratan de aportar lo mejor de sí mismos viajando a otros países por el Planeta entero: periodistas, sanitarios, educadores…). Lo que el relato de Lucas interpreta como un don del Espíritu se produce (sin magia, ni fuerza sobrenatural ninguna) con empeño y esfuerzo, con ilusión y constancia. Me resulta esclarecedor aquel pasaje en el que Moisés, tartamudo, hubo de buscar un “traductor” para que el pueblo le entendiese. Seguramente los discípulos que recibieron el Espíritu del Señor, hubieron de hacer lo mismo.

Esto ocurre, también hoy, en las acogidas de Cáritas, y en los diversos recursos que las comunidades parroquiales ponen en marcha en un país (como el nuestro) donde crecen escandalosamente las desigualdades, la pobreza y la exclusión de los más vulnerables. A todas estas realidades llegan gentes con muy diversos idiomas (ucranianos, senegaleses, turcos, sirios, filipinos… por nombrar solo unos pocos). A todos ellos se les escucha, se les trata de entender y se informa… Unos y otros, los que están y los que llegan, se van entendiendo, sin necesidad de que nadie renuncie a su propia lengua, con respeto, hospitalidad y buen humor. Y lo normal, con el paso del tiempo es que el que llega, aprenda pronto y satisfecho la lengua del lugar y las gentes que le han acogido.

Las lenguas de los ángeles

No puedo dejar de referirme a extraños movimientos que surgieron un día y siguen vigentes con tintes de milagrería y magia que roza el ridículo y la estafa. Grupos mal llamados carismáticos que escenifican “literalmente” (en celebraciones sectarias) el don de lenguas. Emiten sonidos extraños, ininteligibles. Queda mucho que recorrer para que los creyentes abandonemos el pasado mitológico, más propio de predicadores y estafadores que de humildes discípulos del Nazareno. Bien haremos con recordar las palabras de un teólogo y estudioso de la Sagrada Escritura que, lejano en el tiempo (s. XXIII) resulta bastante esclarecedor: “El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas – y advertía que las “palabras” deben ir acompañadas de las obras- “cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras”.

El mundo no necesita “ni ruidos extraños, ni miedo a ninguna divinidad”. Nuestro mundo está necesitado de buena gente, hombres y mujeres libres, honestos, que vayan sembrando la Iglesia y la sociedad de proyectos humanizadores, con capacidad de ofrecer soluciones a los problemas más acuciantes de la humanidad excluida y humillada por los poderosos y los ricos que los financian.

Lo que Pablo presenta como “hablar la lengua de los ángeles” en Corintios, en su hermoso himno del Amor, tampoco resulta difícil de actualizar. Se trata sencillamente de comprender que, para presentar el misterio de Dios y su capacidad transformadora, no hay lengua ni palabras que sean suficientes. Nuestros discursos son siempre pequeños y no siempre son clarificadores. Es necesario un lenguaje superior, trascendente. No es suficiente con aprender idiomas para transmitir el evangelio, cualquiera de ellos se queda corto para hablar de la misericordia de Dios, de su presencia alentadora en cada persona y en la humanidad entera. Los apóstoles tenían conciencia de ello. Y descubrieron una lengua universal, la que todo el mundo puede entender: el amor.

Quizá hoy sabemos un poco más de esas “lenguas de los ángeles”. Sabemos del lenguaje no verbal, de abrazos y besos, capacitados para ir más allá de las palabras. Sabemos de emociones y sentimientos que comunican sensibilidad humana profunda. Sabemos de libertad y solidaridad que crean lazos de auténtica fraternidad universal. Sabemos que la “piel” comunica más que los verbos y adjetivos cuando sobresaltados tratan de imponerse o se pronuncian con acritud y desde arriba. Sabemos más de la fuerza transformadora de la mística y de, también, de la falsa comunión que se pretende adoctrinando, sea con el idioma que sea.

Lengua universal

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