"Jesús y Pilatos cara a cara" "La manifestación de los ramos"

Ecce homo. Antonio Ciseri
Ecce homo. Antonio Ciseri

"Este segundo año de pandemia quizá sea una buena ocasión para repensar las cosas, discernir con decisión y tratar de devolver al Evangelio su fuerza transformadora"

"Los datos disponibles sobre la situación social, política y religiosa de la época, y el análisis de los relatos sobre la llegada de Jesús a Jerusalén plantean cuestiones muy serias, especialmente, para la comunidad cristiana"

"Aquel día se producían, simultáneamente, dos manifestaciones: una liderada por el gobernador imperial y otra por un desconocido campesino llegado de Galilea"

"La fuerza del condenado impresiona, su capacidad para despertar al pueblo preocupa enormemente a sus opresores"

"El Domingo de Ramos, que celebramos no pocas veces con imágenes y aclamaciones, podríamos intentar recuperar su profundo mensaje de liberación y de entrega por el reinado de la justicia y la verdad"

El relato de la entrada de Jesús y sus discípulos en Jerusalén, el día primero de la última semana de su vida, no es tan inocente, ni infantil como estamos acostumbrados a celebrarlo. Tendemos a interpretarlo como una entrada triunfal y así lo hemos venido representando en las “procesiones” de Semana Santa.

Este segundo año de pandemia, y con la mayoría de procesiones suspendidas por la situación sanitaria, quizá sea una buena ocasión para repensar las cosas, discernir con decisión y tratar de devolver al Evangelio su fuerza transformadora.

Jerusalén, año 30 de nuestra era

Los datos disponibles sobre la situación social, política y religiosa de la época, y el análisis de los relatos sobre la llegada de Jesús a Jerusalén plantean cuestiones muy serias, especialmente, para la comunidad cristiana. Sin duda estamos ante uno de los acontecimientos más desafiantes de Jesús frente al poder político y religioso de su tiempo: lo que narran los cuatro evangelios es algo similar a una contra-manifestación de los campesinos y el pueblo, contra sus opresores.

Sin duda aquel primer Domingo de Ramos fue el decisivo para el desenlace final de un conflicto que venía agravándose a medida que Jesús se enfrentaba a los poderosos de su entorno; conflicto que culmina con su condena y su muerte en la cruz. Hagamos un ejercicio de imaginación/histórica y un poco de teología.

Aquel día se producían, simultáneamente, dos manifestaciones: una liderada por el gobernador imperial y otra por un desconocido campesino llegado de Galilea.

Procesión imperial, protagonizada por Pilatos

Para la Pascua, una de las fiestas principales de los judíos, era normal que el gobernador romano (en este caso Pilatos) abandonase su lugar de reposo, (posiblemente la costa) y se presentase en Jerusalén. La finalidad era clara: mostrar su poder y afianzar la sumisión al emperador. Recordemos que la “teología” imperial presentaba al César como único y absoluto dueño y señor en todo el imperio refiriéndose a él como hijo de Dios, Señor y Salvador… (así aparece en las inscripciones de la época). Sencillamente, el emperador era Dios.

La llegada a la ciudad tenía lugar con una espectacular procesión imperial. Pilatos llega erguido sobre un carro de combate arrastrado por los mejores caballos, custodiado por su desafiante ejército armado. Tambores, seda y oro… palmeros y slogans de gloria y honor… El pueblo presencia el cortejo, batiéndose entre el miedo y el resentimiento: o guarda silencio, o acoge la comitiva con aplausos y gritos de gozo.

Manifestación de campesinos, liderada por Jesús y sus discípulos

Jesús ha planificado minuciosamente su entrada en Jerusalén. No improvisa, sabe perfectamente lo que quiere manifestar y lo que va a suceder. Su finalidad también es clara: proclamar el Reinado de Dios, frente al poder del imperio opresor. No podemos perder de vista que los relatos (especialmente el de Marcos) se desarrollan mirando siempre hacia Jerusalén (meta final de la vida y la obra de Jesús). Los evangelios han ido, paso a paso, identificando a Jesús con el Mesías y desarrollando una teología entorno a su persona y su misión para presentarlo como Señor, Salvador y Rey. El Hijo de Dios es Jesús, no el César.

Tras unos años recorriendo las aldeas y ciudades de Galilea, Jesús, entra en la capital del Imperio. Ha llegado la hora de reivindicar su mensaje y el reinado de Dios. Se dispone a hacerlo enfrentándose a aquellos que se han apropiado de la divinidad y del pueblo de Dios. La llegada a la ciudad va a ser una contra-manifestación: montado sobre un “pollino” (símbolo del trabajo y la condición humilde del pueblo); aclamado por sus discípulos y un puñado de seguidores; sin rasgo alguno de grandeza ni honores, solo unas ramas de olivo o palmas, algún manto viejo extendido por el camino y las voces emocionadas y temerosas de un pueblo deseoso de liberación.

La manifestación se inicia descendiendo del Monte de los Olivos. Al acercarse y divisar la ciudad, se detiene un instante y llora por ella… “porque no reconociste la ocasión de la visita divina” (Lucas 19, 41-44). Atraviesa el torrente Cedrón y se dirige hacia el Este. Sin ejército, ni armas (Jesús se había ocupado de advertir a los suyos “quién empuña la espada a espada muere”. Mateo 26, 52).

Entra en la ciudad y realizará otro gesto extraordinario: tomar posesión del Templo. Otra reivindicación. Nueva provocación al poder religioso y civil. Hemos explicado que fue al Templo para purificarlo, pero no fue exactamente así, su intención era otra: sustituir el templo de piedra (destinado a desaparecer con su culto y sus leyes opresoras) por su propio cuerpo… (destinado a permanecer ¡vivo! y vivificando al mundo): “Derribad este templo y en tres días lo reconstruiré… se refería al templo de su cuerpo” (Juan 2, 18-22).

Un mesianismo sorprendente

Es verdad que los textos, para subrayar la fe en Jesús, contienen un cierto carácter triunfalista; pero a pesar de eso podemos descubrir en las diversas narraciones, la intención de Jesús: entrar en Jerusalén como Mesías, pero dejando claro que bajo ningún concepto quiere ser identificado como ninguno de los Reyes ni poderosos de este mundo. Su mesianismo es otro. Ha insistido en esto a lo largo de su vida pública y ahora, finalmente, lo hará frente al mismísimo gobernador romano: “Tú lo dices. Yo soy rey. Peromi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a ti los judíos” (Juan 18, 36-37).

Siempre me ha impresionado esta escena: Jesús y Pilatos cara a cara. El todopoderoso gobernador de Judea, asustado, cobarde y dictando sentencia a sabiendas de que Jesús es inocente. Se lava las manos mintiéndose a sí mismo y al pueblo. Frente a él un joven campesino de Nazaret, destrozado su cuerpo por decenas de azotes, humillado con insultos y salivazos…, pero en pie, con la dignidad intacta, firme y seguro afirmando su verdad. Me impresiona conocer que, esta fuerza ya anidaba profundamente en su interior y la deseaba para todos sus discípulos: “No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma… Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la conservará” (Mateo 10, 26-40). No teme, es libre.

La fuerza del condenado impresiona, su capacidad para despertar al pueblo preocupa enormemente a sus opresores. La osadía con la que se presentó en Jerusalén, en nombre de Dios, con pretensiones mesiánicas resulta intolerable y muy peligrosa. Hay que matarlo. Lo que no sabían quienes así le trataban era que, precisamente su muerte, abriría la puerta a su glorificación. O lo que es lo mismo: ésta será su gran victoria. Desde entonces la liberación llegará, de su mano, a todas las víctimas, los excluidos y crucificados de todos los imperios.

Ramos, XXI siglos después

¿Cómo podemos retomar y actualizar la entrada del joven campesino de Nazaret, en Jerusalén, cuyos relatos meditaremos estos días de Semana Santa? ¿Cómo convertir las narraciones de los evangelios en luz y fuerza para la fe y el seguimiento de Jesús en la Iglesia y en el mundo del siglo XXI?

Ramos

Sé que no es fácil hacer frente a este desafío espiritual y pastoral, sin herir sensibilidades. Pero habrá que intentarlo. Hemos de encontrar como equilibrar las cosas: el folklore, las vacaciones, el turismo y sus negocios en su sitio; la fe en Jesucristo y la fuerza transformadora de su Espíritu en el suyo.

Más pronto que tarde, deberíamos activar nuestra creatividad y hacer de las celebraciones litúrgicas signos vivos y coherentes con la vida y el mensaje del Señor. Más pronto que tarde debemos discernir como despojarlas de los signos que contradicen la “escenificación” de la vida de Jesús narrada en los evangelios. Ornamentos, imágenes, coronas, cantos y expresiones cuyo contenido bíblico y teológico casi nadie conoce y que ayudan poco a reconocer al Nazareno de la historia y de la fe.

Para la celebración del Domingo de Ramos, que celebramos no pocas veces con imágenes y aclamaciones, podríamos intentar recuperar su profundo mensaje de liberación y de entrega por el reinado de la justicia y la verdad.

Son numerosas las comunidades cristianas que conciencian y denuncian a diario las gravísimas situaciones de descarte y opresión que se cometen contra los pobres. Son muchos los movimientos laicales que organizan campañas para defender los derechos de los inmigrantes, los obreros, las personas con discapacidad, las familias sin ingresos, los desahucios…

Bien podrían todos estos testimonios convertir las “procesiones de los ramos” en manifestaciones públicas del compromiso transformador de la comunidad cristiana. Los ramos de olivo y las palmas podrían ir acompañados de pancartas y mensajes de esperanza para los hombres y mujeres de hoy que, como los campesinos de Galilea llegados a Jerusalén aquel primer Domingo de Ramos, necesitan una liberación real.

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