Mis otras Áfricas (VI), República Democrática del Congo
(JCR)
“Los congoleños sabemos disimular nuestras penas con colores vivos y música alegre”. Me lo dijo hace año y medio, en un barrio de chabolas de Goma, un trabajador social que se ocupaba de niños de la calle y desde entonces admiro a los habitantes de la República Democrática del Congo por ser capaces de transmitir alegría en medio de una existencia plagada de desgracias. Aquel viaje de apenas ocho días a las dos ciudades principales del Kivu (Goma y Bukavu) me impresionó porque nunca he visto un pueblo tan sufriente y lacerado, y a la vez tan cordial.
El antiguo Zaire, descrito magistralmente por Konrard en “El Corazón de las Tinieblas”, es un país del que todo el mundo se ha aprovechado sin piedad: durante la época colonial el rey belga Leopoldo lo convirtió en su finca particular y sometió a sus habitantes a un régimen de verdadera esclavitud para esquilmar sus recursos, sobre todo el caucho. A los belgas les trajo sin cuidado preparar el país para la independencia: cuando se marcharon apresuradamente en 1961 el país contaba sólo con cuatro graduados universitarios. Y durante el régimen corrupto y despótico de Mobutu, apoyado incondicionalmente por Estados Unidos, que duró hasta 1997, el país se convirtió en un lugar ingobernable donde se decía humorísticamente que la gente se regía por el famoso “artículo 15 de la constitución”: "debrouillez-vouz” (arrégleselas como pueda). De extensión tan grande como toda Europa Occidental, sin apenas comunicaciones ni estructura administrativa, es un ejemplo de Estado fallido o de país ingobernable, donde nada –excepto el coraje de sus gentes- funciona. Para entender el desastroso reinado de Mobutu, nada mejor que el excelente libro de Michela Wrong “Tras los Pasos del Señor Kurtz”.
Pero tras la muerte de Mobutu la rebautizada República Democrática del Congo pasó por la peor de sus tragedias al convertirse el escenario de dos cruentas guerras en las que fue invadido por diez ejércitos de países africanos vecinos. Ruanda fue la primera en entrar en Congo bajo pretexto de perseguir a los antiguos soldados y bandas interahamwe que organizaron el genocidio ruandés de 1994, pero pronto que se vio que esto no fue sino un pretexto para saquear descaradamente las riquezas minerales del gigante africano, particularmente el oro, los diamantes y el codiciado coltán. A pesar de los acuerdos de paz firmados en Sudáfrica en 2003 y de las elecciones democráticas presidenciales que llevaron al poder al joven Joseph Kabila en noviembre de 2006, toda la región del Kivi sigue siendo hoy un sangriento escenario de conflictos interminables, particularmente por las milicias tutsi del antiguo miembro del ejército ruandés Laurent Nkunda.
Las guerras de la última década se han cebado sobre todo en la población local. La República Democrática del Congo sigue siendo el lugar del mundo donde la violencia sexual se aplica más sistemáticamente contra las mujeres, como medio para humillar y sojuzgar a una población harta de tantos abusos. Las ciudades de Goma y Bukavu, situadas en medio de algunos de los paisajes más espectaculares del mundo –como el volcán Nyaragongo y el lago Kivu- están llenas de cientos de miles de desplazados internos que han tenido que abandonar sus aldeas por miedo a los constantes abusos de bandas armadas y también del ejército regular del país. Carentes de ayudas internacionales, estas personas malviven del trapicheo del pequeño comercio y habitan chabolas en barrios congestionados situados en colinas donde la deforestación causa periódicamente corrimientos de tierra que terminan con decenas de muertos.
En Goma y Bukavu conocí a personas de una talla humana merecedora no de uno, sino de varios premios Nóbel de la paz: los jesuitas del colegio Alfajiri en Bukavu que dan una educación de calidad a miles de alumnos; el salesiano venezolano Mario Pérez que cuida de miles de niños de la calle y antiguos niños soldados en Goma, el valiente arzobispo de Bukavu Xavier Rusengo, sucesor de monseñor Munzihirwa asesinado por los soldados ruandeses en 1996, y unas religiosas que trabajan en Goma por la rehabilitación de niñas acusadas de brujería, las víctimas más inocentes y dolientes de esta inmensa cruz congoleña.
“Los congoleños sabemos disimular nuestras penas con colores vivos y música alegre”. Me lo dijo hace año y medio, en un barrio de chabolas de Goma, un trabajador social que se ocupaba de niños de la calle y desde entonces admiro a los habitantes de la República Democrática del Congo por ser capaces de transmitir alegría en medio de una existencia plagada de desgracias. Aquel viaje de apenas ocho días a las dos ciudades principales del Kivu (Goma y Bukavu) me impresionó porque nunca he visto un pueblo tan sufriente y lacerado, y a la vez tan cordial.
El antiguo Zaire, descrito magistralmente por Konrard en “El Corazón de las Tinieblas”, es un país del que todo el mundo se ha aprovechado sin piedad: durante la época colonial el rey belga Leopoldo lo convirtió en su finca particular y sometió a sus habitantes a un régimen de verdadera esclavitud para esquilmar sus recursos, sobre todo el caucho. A los belgas les trajo sin cuidado preparar el país para la independencia: cuando se marcharon apresuradamente en 1961 el país contaba sólo con cuatro graduados universitarios. Y durante el régimen corrupto y despótico de Mobutu, apoyado incondicionalmente por Estados Unidos, que duró hasta 1997, el país se convirtió en un lugar ingobernable donde se decía humorísticamente que la gente se regía por el famoso “artículo 15 de la constitución”: "debrouillez-vouz” (arrégleselas como pueda). De extensión tan grande como toda Europa Occidental, sin apenas comunicaciones ni estructura administrativa, es un ejemplo de Estado fallido o de país ingobernable, donde nada –excepto el coraje de sus gentes- funciona. Para entender el desastroso reinado de Mobutu, nada mejor que el excelente libro de Michela Wrong “Tras los Pasos del Señor Kurtz”.
Pero tras la muerte de Mobutu la rebautizada República Democrática del Congo pasó por la peor de sus tragedias al convertirse el escenario de dos cruentas guerras en las que fue invadido por diez ejércitos de países africanos vecinos. Ruanda fue la primera en entrar en Congo bajo pretexto de perseguir a los antiguos soldados y bandas interahamwe que organizaron el genocidio ruandés de 1994, pero pronto que se vio que esto no fue sino un pretexto para saquear descaradamente las riquezas minerales del gigante africano, particularmente el oro, los diamantes y el codiciado coltán. A pesar de los acuerdos de paz firmados en Sudáfrica en 2003 y de las elecciones democráticas presidenciales que llevaron al poder al joven Joseph Kabila en noviembre de 2006, toda la región del Kivi sigue siendo hoy un sangriento escenario de conflictos interminables, particularmente por las milicias tutsi del antiguo miembro del ejército ruandés Laurent Nkunda.
Las guerras de la última década se han cebado sobre todo en la población local. La República Democrática del Congo sigue siendo el lugar del mundo donde la violencia sexual se aplica más sistemáticamente contra las mujeres, como medio para humillar y sojuzgar a una población harta de tantos abusos. Las ciudades de Goma y Bukavu, situadas en medio de algunos de los paisajes más espectaculares del mundo –como el volcán Nyaragongo y el lago Kivu- están llenas de cientos de miles de desplazados internos que han tenido que abandonar sus aldeas por miedo a los constantes abusos de bandas armadas y también del ejército regular del país. Carentes de ayudas internacionales, estas personas malviven del trapicheo del pequeño comercio y habitan chabolas en barrios congestionados situados en colinas donde la deforestación causa periódicamente corrimientos de tierra que terminan con decenas de muertos.
En Goma y Bukavu conocí a personas de una talla humana merecedora no de uno, sino de varios premios Nóbel de la paz: los jesuitas del colegio Alfajiri en Bukavu que dan una educación de calidad a miles de alumnos; el salesiano venezolano Mario Pérez que cuida de miles de niños de la calle y antiguos niños soldados en Goma, el valiente arzobispo de Bukavu Xavier Rusengo, sucesor de monseñor Munzihirwa asesinado por los soldados ruandeses en 1996, y unas religiosas que trabajan en Goma por la rehabilitación de niñas acusadas de brujería, las víctimas más inocentes y dolientes de esta inmensa cruz congoleña.