(AE)
Cuántas veces os he encontrado en estos caminos africanos, metidos
en los más diversos oficios: de madre, de carpintero, de chofer, de soldado… un día quisisteis comenzar esa gran odisea que en África se llama educación primaria y las circunstancias, la guerra, los deficientes servicios, la falta de dinero o la presión de la casa… os hicieron un día abandonar la batalla de la enseñanza escolar y tuvisteis que dedicaros a otros menesteres más productivos o beneficiosos.
Te recuerdo, Nyandeng, eras la única chica en 5º de primaria, rodeada por una marabunta de chicos y como dice aquel dicho, tenías que ser dos veces la mejor: para poder salir adelante en la escuela y para no dejarte avasallar por tanto competidor machito… un día desapareciste de la clase y cuando pregunté por ti, era demasiado tarde: tu familia había decidido “casarte” con alguien y por tanto te llevaban a aquellos recintos donde los de vuestra tribu guardáis las vacas y donde a las muchachas casaderas se someten a intensivas curas de engorde, a base de leche, mantequilla y grasas animales… a más “hermosa” la niña, más vacas pagará la familia del novio… todo un negocio para los padres de numerosas hijas… toda una condena para vosotras a las que no os dejan ni siquiera terminar los estudios primarios antes de casaros.
Y a ti, Nafisa, la vida tampoco te trató mejor. Quisiste también probar suerte con los libros pero un embarazo (prematuro, como casi siempre, con padre desconocido y cobarde) destrozó tus proyectos y tuviste que dedicarte a tu bebé. Siempre me ha dolido el hecho que la naturaleza os discrimine y os haga saliros de la carrera mientras el “artista” que ha tenido también su parte de culpa sale indemne y continúa con sus estudios, su trabajo o sus actividades. A veces duele la indiferencia de los hombres a la hora de dejar a las chicas embarazadas o con uno o varios bebés, en muchos casos los hombres desaparecerán sin contribuir ni al sustento ni al vestuario de esos niños. El egoísmo también genera pobreza… y os hace a vosotras héroes porque lucharéis por vuestros hijos en una sociedad que no os suele tener en cuenta y os obvia.
También John tuvo que interrumpir su sueño. Lo conocí hecho un chavea lleno de desparpajo y de ambición. Pocos días atrás, lo encontré reconociendo que debido a la falta de medios económicos ha tenido que dejar la escuela. Consiguió llegar a la primaria, pero la secundaria se le hizo ya muy cuesta arriba en un país donde poder pagar los estudios es un lujo y él no tenía a nadie que le pagara la matrícula o los libros.
La educación, la sempiterna, dura y loca batalla de la educación en los países africanos… uno no se termina de acostumbrar, duele cada vez cuando uno ve clases donde se hacinan hasta 80 niños (y ya desde el principio, el número de niñas ya es minoría, en esa batalla ya son perdedoras), cuando hay escuelas en las que se dan clases solo durante dos o tres horas porque los maestros no tienen otro ingreso y tienen que ir a sus campos a cultivar, donde las niñas tienen que ausentarse durante varios días cada mes debido a sus periodos y a la falta de material sanitario para hacer compresas caseras… uno se pregunta a veces de dónde sale tanta gana y tanto entusiasmo por la educación cuando los obstáculos parecen ser mucho más inmensos e insalvables que las satisfacciones y los logros.
Y recuerdo mis conversaciones en España con familia y amigos. Para bien o para mal tengo entre mis personas cercanas y queridas muchas que trabajan o han trabajado en el ámbito educativo, de la educación básica a la universidad. Es curioso que, hablando con ellos, haya sentido algo de congoja, lo mismo que cuando he oído las historias de Nyandeng, Nafisa y John… Es curioso cómo se repite aquella máxima que dice “¡Qué mal repartido está el mundo!”: Por un lado, montones de jóvenes en Europa ignoran, insultan, desprecian y pisotean la oportunidad de una educación (tanto primaria como profesional) gratuita y de calidad. No hay más que ver los informes de sobre la situación de la enseñanza. La Universidad, a través de numerosas ayudas y becas, está afortunadamente al alcance de bolsillos modestos. Todo un lujo del cual deberíamos estar orgullosos. Pero mis amigos y parientes educadores en España me hablan que están “quemados” profesional y casi personalmente, que los colegios y los institutos son lugares donde se practica diariamente la extorsión, el acoso verbal e incluso físico a los profesores, donde entre el profesorado se cuentan niveles altísimos de depresión, bajas por enfermedad, frustración profesional y otras dolencias psicológicas.
Por el otro lado de esta historia tenemos a todo un ejército de chicos y chicas que intentan salvar todos los obstáculos posibles para alcanzar una meta a veces imposible. Lo que en España no cuesta trabajo, es gratis e incluso se desprecia, en muchos países africanos puede ser una labor titánica, cara, y casi imposible. En Sudán, el número de niñas que finaliza la escuela primaria cada año no llega a las 500. Afortunadas criaturas en un mar de fracaso y frustración.
Por eso, hoy, quisiera recordar en este humilde post a esos miles de chicos y chicas cuyos sueños de tener una educación, una formación profesional o una carrera universitaria se han visto hechos añicos por las circunstancias, la falta de dinero, el hacinamiento escolar o el hecho de ser discriminada por ser mujer. A su tesón, a sus ganas y a sus esfuerzos por ser mejores personas y más formadas habría que levantarle un monumento.