Una pietá en el bosque

(JCR)
La aldea se llama Lelaobaro. Hace cuatro años el ejército obligó a sus

pocos miles de habitantes a abandonar el lugar debido a los continuos hostigamientos de la guerrilla del LRA y la hierba y los arbustos al crecer se comieron las humildes cabañas. Las vacías aulas de su escuela fueron ocupadas por militares, que dibujaron con carbón en sus paredes escenas del horror de la guerra y dejaron grabadas maldiciones contra la guerrilla. Lelaobaro se convirtió en uno de los muchos poblados fantasmas del norte de Uganda, envuelto en un silencio sólo roto de vez en cuando por ráfagas de ametralladoras y explosiones en las escaramuzas entre los soldados gubernamentales y los fanáticos rebeldes de Joseph Kony. Recuerdo haber celebrado misa en su derruida iglesia varias veces, con personas vestidas de harapos que reflejaban en sus rostros la tensión e vivir en la incertidumbre constante.

Desde agosto del pasado año, al entrar en vigor el acuerdo de alto el fuego como fruto de las conversaciones de paz el gobierno empezó a poner en práctica su política de retorno del más de millón y medio de desplazados. Lentamente, primero varias decenas, después varios centenares de campesinos empezaron el retorno a sus antiguas casas desde el vecino campo de desplazados de Palenga, a diez kilómetros. Tras la larga caminata, se encontraban con la triste realidad de ver sus casas destruidas, derruidas con el paso del tiempo y las inclemencias que no perdonan en el África profunda. Nadie les ayudó, excepto la parroquia que repartió entre lo poco que pudo, o pudimos: lonas, azadas, hoces para cortar hierba y algunas mantas.

Han pasado varios meses y cuando voy a la parroquia los sábados siempre intento visitar a mis feligreses en Lelaobaro. Algunos han terminado de construir sus cabañas nuevas y preparan parcelas de terreno para cultivar el mes que viene cuando empiecen las lluvias. Ninguno de los dos pozos de agua funciona debidamente, y apenas llenan a duras penas dos o tres bidones de agua el agua deja de venir a la superficie. En el lugar no hay dispensario, ni saneamiento, ni ningún tipo de servicios. Sólo la tierra fértil que se dispone a dar generosamente lo que le pidan a partir del mes que viene.

Me acerqué a ver las aulas de la escuelita que otrora albergara a unos doscientos niños y que ahora está vacía y con los dibujos de hazañas bélicas de soldados traumatizados y entonces la ví. Allí estaba ella, una joven madre con un niño desnutrido en brazos. En las aulas duermen varias mujeres con sus niños. Los mosquitos se ceban en ellas por las noches y se exponen a coger malaria. Han venido desde 50 kilómetros al sur, del pueblo de Karuma junto al Nilo. Hasta allí huyeron cuando la guerra se hizo insoportable y allí siguen sus maridos intentando ganar algo de dinero para sostener sus maltrechas economías. Ahora los hombres se han quedado en Karuma mientras las mujeres y los niños han vuelto a la aldea. Pero no hay nada sobre el terreno y hay que construir la cabaña, y buscar algo que comer, e ir a buscar agua a muchos kilómetros en el bosque. Y joven madre está agotada, con el niño en brazos y no sabe qué hacer. Me acerqué a ella y entonces me contó el infinito cansancio de esas idas y venidas y de cómo ya no puede más. Le dije que llevara el niño a nuestro dispensario en la parroquia, donde no les cobramos nada y tras mirarme no me dijo nada.

Los gritos de los niños me sacan de mi ensimismamiento. Están espantando a un mono que ha aprovechado un descuido para ir a robar la poca comida que las mujeres tienen en un rincón.

Políticos, militares, guerrilleros... todos han flagelado a este niño que yace en los brazos de su madre como una nueva Pietá de las guerras olvidadas del siglo XXI. Todos le han expoliado. El mono es el último en acudir al saqueo, pero estoy seguro de que de todos ellos es el más inocente.
Volver arriba