08 sep 2019

Santiago Panizo: "La verdad es la que es, y sigue siendo verdad aunque se cuente al revés"

Santiago Panizo

"Si el de la vida no es un 'camino de rosas', el de la religión tampoco lo puede ser"

"Las medidas de la verdad no las da la utilidad. Por el camino de hacer de lo útil lo verdadero se llega a todos los pagos de la mentira"

"Cultura de medios pero no de fines… Es lo que se lleva hoy… Dar más empaque a la fregona que al mosaico que la fregona limpia, y, en religión, al cura –por ejemplo- que a Dios"

"Criticar a la Iglesia, sí y no… De quién suelen ser las culpas o las barbaridades, ¿de las instuituciones o de quienes las ocupan y regentan? Hasta la duda ofende"

"Dios no es –ni debe ser tenido o visto así por el creyente- a modo de un profesor de matemáticas o de filosofía, sino como el gran patrono y maestro del amor"

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26 ago 2019

Día del convento 20-VIII-2019

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Día del convento

De mi Pregón de la Feria del Ajo y las fiestas del pueblo en estos días de agosto, entresaco unas ideas que, a la letra y como embocadura de la reflexión, brindo a mis amigos y lectores:

“Porque somos “pueblo” y pueblo serio y responsable, no podemos ni olvidar lo que tenemos más propio ni menosprecialo si nuestras raíces de pueblo queremos realzar. El convento de nuestras monjas.

El convento define al pueblo y define a los que, al abrir los ojos a la primera luz de la vida, topamos con las agujas de sus torres y nos habituamos al toque de sus campanas. Y todavía más. La sombra -el clima, mejor- del convento, define también a los que, llegados de fuera, de algún modo se sienten adictos a sus paredes, y –más que a la pared- al espíritu que lo impregna: que es el darse a contemplar antes de hacer, para mejor vérselas uno con las manos en la tarea. De eso precisamente nos queda indeleble la especie de “tic”, de mirar y ver antes de hacer, y no ser de los que censura el poeta cuando, en una rima de las suyas, los proclama “hartos de mirar sin ver” (cfr. A. MACHADO, Proverbios y Cantares, XI)”.

Pienso que es una ley suprema de la vida de cualquier hombre o mujer cuidarse de sus raíces y cultivarlas aunque –como pasa con las raíces del árbol- no se vean. Porque no tenerlas u olvidarlas equivale a darse uno mismo su propia sentencia de muerte.

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A colación lo saco de nuevo en el Día del Convento, para jalearlo más todavía. De los cuatro días de la fiesta, los pivotes son la Feria del Ajo y el día de San Bernardo de Claraval, no sólo patrono asistente de sus caminos de vida y cuitas, sino gran referente de sus miradas y animador espiritual de las ilusiones más propias de un Monasterio del Císter.

El eje de la fiesta gira en torno a la Misa mayor que, a la una de la tarde -tras la procesión con la imagen del santo recorriendo los aledaños del convento- es anual llamada a rezar y a deleitarse rezando y musitando con ellas su “gregoriano” tan modulado y relajante.

Rezar y deleitarse

Rezar al paso de las oraciones y las lecturas –por cierto muy bien leídas por dos niños de no mucha edad, pero que saben ya que, para leer sin ser papagayos, hay que hacerlo con calma y con buen todo y sentido.

Y deleitarse oyendo ese “canto”, tan propio de las iglesias porque, además de alegrar como cualquier otro canto, da una paz especial y sobre todo eleva. ¿No se dice -y bien se dice- que “el gregoriano” es la Palabra de Dios hecha plegaria?.

Preside la celebración Aquilino, hermano menor de Celestin nuestro párroco, que es sacerdote-religioso del Corazón de Jesús-Reparadores, de buena presencia y garbo, de fáciles y donosas hechuras de actualidad en lo que piensa y habla. De su homilía dos ideas sobre las demás me mueven a reflexionar, resaltary glosar incluso. Con una de ellas, aconsejaba no renunciar sin más a lo de uno para copiar lo de otros. Con la segunda -y con la seguridad que da la verdad sentida- apostaba, muy en serio, que “no hay pueblo sin iglesia, ni puede haber Iglesia sin pueblo”.

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Bien creo yo que “copiar lo de otros” sea una forma más de “alienación”, de las varias que, por “comer el coco”, fantasean más que ayudan porque rompen o escamotean “la verdad del hombre” que habita en su “interior”. Así pues, figurarse para uno modelos de cartón; acoplarse a lo circundante, de personas o cosas, como quien se sube a un “bus” en marcha sin preguntarse ni de dónde viene ni a dónde va; engatusarse con lo malo de otros sin ocuparse antes de promover lo bueno de uno mismo… podrá ser moda pero no es humano. Copiarlo todo, plagiar hasta volverse ladrón, poner en otros lo que uno debe ser cambiando los papeles que a cada cual toca representar en la vida, haciéndose, gestionando bien lo que uno tiene en raíz sin “pretender grandezas que superan mi capacidad” como se pide en el bíblico salmo 130, parece más afición o vocación de “robots” que de unos seres ufanos de llamarse racionales y autónomos…

La otra idea es dual y también provoca pensarla un poco.

No hay pueblo sin iglesia”, si quiere ser o llamarse pueblo. Si “la iglesia” en un pueblo -con su torre y sus campanas, con sus altares y sus imágenes- muestra en vivo y en concreto la puesta en acto de una de las dimensiones características de lo humano cabal –otras serían las del “homo sapiens” o “faber” o “ludens”- tirar piedras a la iglesia del pueblo ha de ser como tirar piedras al propio tejado. Y no digamos ya quemarla como se ha hecho en ocasiones; y hasta quedarse a la puerta sin entrar por recelos o alergias espirituales. Estas cosas, si bien de las miraa por sus fondos, gustan sólo a los idiotas…

Pero no hay tampoco “Iglesia sin pueblo”. Abundan quienes piensan o se imaginan a la Iglesia de un modo gaseoso, sin chicha ni cuerpo, especie de sociedad hecha de espíritus puros y no de hombres y mujeres de carne y hueso, que –como se sabe por experiencia diaria- viven expuestos a todo, abiertos a todo, lo bueno y lo malo, desde un estornudo hasta un eructo agrio y repelente. Y vienen al caso, sin que lo pretendan a veces sus dueños, ideas, ideales incluso, creencias así mismo y no digamos errores de unos laicismos trasnochados, que, piensan, o se imaginan, que la religión es cosa de la conciencia tan solo y debe por eso encerrarse en donde nadie la vea, o que –manojos de resabios y de prejuicios gastados- tratan de ver en la religión, no el componente humano que es, de primera calidad, sino el enemigo a batir, porque estorba y su verdad hace daño.

La Iglesia de Cristo está formada por hombres de carne y hueso como digo, abierta –por esa misma condición- a lo bueno y a lo menos bueno, y proclive –en potencia cuando menos- a todo lo propio de los hombres como atestiguaba ya el maestro latino. El “pueblo” que es y ha de ser la Iglesia es la mejor patente de elevación de un ser humano a papeles reales de “super-hombre”. El “super-hombre” que nos han pretendido colar Nietszche y compañía para endiosarnos con imposibles no ha pasado de ser una vereda más, hacia la “nada” del hombre.

Las palabras e ideas del celebrante –claras, medidas y al aire de nuestro tiempo- se amoldan, como guante de cabritilla fina, al tono elevado de la fiesta.

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Y después la comida en uno de los recibidores del monasterio, como es uso y costumbre… Los seis curas asistentes, el alcalde del ayuntamiento, el imprescindible Cesar y el menudo Raulín. Como las manos de las monjas para dar de comer suelen ser casi angelicales, la comida es como por tales manos hecha: muy buena.

Y entre las conversaciones que se dan cita al comer, no podía faltar la que hoy es una de las cumbres de la peripecia nacional: el papel, los derechos, los poderes y los deberes de “la mujer” en la sociedad.

Como “lo que es” y “lo que debe ser” no siempre van de la mano; dando por supuesto –como ha de ser- que hombres y mujeres son iguales en cuanto seres humanos pero a la vez distintos y, quizás mejor, diversos –a la vista están anatomía, psicología, funciones radicales, y no digamos esos otros juegos menores de coqueterías y decoros varios a los que no deben renunciar por más que la “estúpida” -de “estupefaciente” viene el adjetivo “estúpido” en su más pura semántica-, imaginada o soñada, “ideología del gender” -tan graciosamente aliñada desde la frase famosa de la Simone de Bouvoir a mediados del siglo pasado y tan provista de mercaderes partisanos como la J. Butler y más, bailando al son de los “deconstructores” Derrida o Foucault- la pretendan hacer cabalgar a hombros de la ciencia más de moda hoy.

En la ocasión de la comida de fiesta, la cuestión se queda en el manido pero nada desdeñable tópico -a efectos pragmáticos- de “quién manda en casa”.

Es claro que una comida no es el lugar ideal para discutir a fondo cuestiones muy “afiladas”, en que “los intereses” pueden correr más que la verdad”, que son de gran calado y de no menores interesadas miras, de un “feminismo” tan arbitrario y salvaje que no resiste el contraste científico con una antropología racional. Para el caso de hoy, me limito a rememorar una rima -la LII de los Proverbios y Cantares- de nuestro gran Antonio Machado que sabe decir verdades de a puño cuando no se le politiza o adultera. Cuando enhebra y pone hilo a esa gran verdad rústica o popular, al decir aue “En esta España de los pantalones / lleva la voz el macho;/ mas si un negocio importa/ lo resuelven las faldas a escobazos”.

Dejemos, pues, que la Judith Butler y compañía sigan marcando tan peculiares aires de baile a este feminismo instalado ahora en lo “políticamente correcto” como uno más de sus falsos dogmas.

Que yo me quedo –amigos- con lo defendido siempre en unas sociología y antropología bien fundadas. Lo he dicho siempre y lo reitero ahora; los hogares en que lleva el timón la mujer, de ordinario, marchan y funcionan bien. Valen las excepciones, pero otra es la regla general.

Creí mi hogar apagado y removí la ceniza. Me quemé la mano.

Para los que se fían más de la Sagan, la Butler, Derrida o Foucault que de la realidad de las cosas por encima de las ensoñaciones, remato mi reflexión del día del convento en mi pueblo con esta otra rima del gran Antonio Machado, que –por cierto- no era “meapilas” ni mucho menos, pero hablaba el lenguaje de la verdad. En leerle va la prueba.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

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26 ago 2019

Pregón de fiestas 18-VIII-2019

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PREGÓN DE LA FIESTA Y FERIA DEL AJO

SAN MIGUEL DE LAS DUEÑAS (18 de agosto de 2019)

GENTES DE MI PUEBLO Y OTRAS MÁS -ALLEGADAS O VENIDAS PARA LA FIESTA/FERIA DEL AJO-, que hoy –desde hace años- retomamos, regustamos y pulimos. Cada vez con más ilusión y ganas.

A vosotros dedico este Pregón: para animar la fiesta, e incitaros a participar en ella.

Para comenzarlo, me arranco con el mismo tono y modos con que, el 27 de junio pasado, abría otra charla –“Popurrí de vivencias bercianas” le llamaba- en la Semana cultural de un berciano pueblín, de nombre San Facundo: una muestra de que nada es pequeño si se hace bien.

“Amigos –les decía yo aquella tarde:

Que -en un país y tiempos como estos, atormrentado y convulso, desorientado y desvaídos, azorado y sin pulso- un pueblo insignificante celebre, ya por segundo año, una Semana Cutural me sabe a rareza y a milagro.

Rareza lo es porque no es lo corriente.

“Rareza”, sin embargo, es poco y prefiero decir “milagro”, porque -a mis ojos- milagroso es lo “fuera de lo común”.

Y por este milagro que se da en los dos –el pueblo y el alcalde que lo está luchando- me congratulo en serio: por todo lo moderno y de vanguardia que delata tan esbelta pequeñez con tan airoso/elevado toque de distinción”.

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Como repetir aquí lo de allí sería plagio, doy un giro a las palabras y me veo aludiendo –antes de nada- a mis raíces y a vuestras raíces, a lo que nos atañe más a fondo y nos distingue de otros.

Por eso, con el primer acento de mi Pregón, quisiera poner ante vuestros ojos un duo de contraste que titulo CON RAICES O SIN RAICES. Que quiere decir, que, con raíces nos podremos llamar pueblo; y que, sin raíces, no pasaremos de ser masa, rebaño e incluso –Dios no lo quiera porque sería lo peor- chusma o jauría. Plebeyismo y vulgaridad serían nuestros apellidos. Y bien se sabe que ser plebeyos y vulgares envilece.

Pero somos pueblo porque tenemos raíces, y buenas raíces. Todos sin distingos ni excepción lo somos, desde la Chana a los Eiros, del Gatinal a la Venta o el Campo la Braña, Y como pueblo que somos, habremos de ser un haz, gavilla y manojo de personas llamadas a una misma suerte y abiertas a unos mismos afanes. Todos diferentes, pero todos unidos y solidarios; todos sensibles al peso de nuestra identidad y solera, sin dejar de lado nunca la tarea que, como pueblo, tenemos.

Y porque somos “pueblo” y pueblo consciente y responsable, tenemos algo que no se puede olvidar ni menospreciar, si nuestras raíces de pueblo queremos realzar: el convento de nuestras monjas.

El convento define al pueblo y nos define a los que, al abrir los ojos a la vida, topamos con las agujas de sus torres y nos habituamos al toque de sus campanas. Y todavía más. La sombra -el clima, mejor- del convento, define también a los que, al venir de fuera, de algún modo se sienten allegados a sus paredes, y –más que a su pared- al espíritu que lo impregna: que es darse a contemplar antes de hacer, para mejor vérselas uno con las manos en la tarea. De eso precisamente nos queda indeleble la especie de “tic”, de mirar y ver antes de hacer, y no ser de los que censura el poeta cuando, en una rima de las suyas, los titula “hartos dfe mirar sin ver” (cfr. A. MACHADO, Proverbios y Cantares, XI)

Por el convento nacimos “pueblo” hace, nada menos, un millar de años y por el convento lo seguimos siendo: una seña y distinción que nos da empaque ante otros pueblos. No digamos envidia, pero de “señorío” sí que podemos alardear un poco sin ofender a nadie.

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VAYAMOS AL AQUÍ Y AHORA. En este pueblo y en esta circunstancia. Con nuestras raíces vivas e indiscutibles,a la vista de todos. Con lo que somos, pero no más, para no caer en pedanterías. EL AQUÍ Y EL AHORA de la FIESTA Y la FERIA DEL AJO EN SAN MIGUEL DE LAS DUEÑAS.

LA FERIA DEL AJO EN PRIMER LUGAR.

Inspirada por don Celestino, en añoranza seguramente de las tierras de ajos en su pueblo de Villares; y gestionada y a punto por sus verdaderos artífices, Estevito y otros más, la feria del ajo en San Miguel, apenas nacida, ha ido subiendo y cuajando hasta lograr reunir en pleno agosto -cuando las fiestas casi lo son todo- el San Miguel y el San Bernardo de antaño con el veraneo de ahora; tratando de hacer los honores a todo y a todos sin menosprecio de nadie. Todo un logro, la verdad, placentero y jovial.

LA FERIA DEL AJO ES aquí un alarde que nos ha puesto alas; una figuración muy plástica y viva de algo que ya es nuestro y nos da orgullo; un reto y desafío que nos propyulsa y distingue sin por eso hacernos más, pero que, al ser nuestro, como que nos gusta más.

LA FERIA DEL AJO ES aquí un aliciente que nos achucha estos días y estas horas, con la virtud principal –en los 15 años o más que ya tiene de vida- de acoplar calendarios para no perderse la cita que nos reclama presencia sin excusas

LA FERIA DEL AJO ES aquí una ola o crecida veraaniega de aire fresco, que nos entona y alivia al cambiar el trajín de los días por el redoble de un tambor o el retintín de unas castañuelas

LA FERIA DEL AJO ES aquí lo que en todas partes es una feria: fecha de solaz y jolgorio; con los que compran y los que venden trapicheando amigablemente; y hecha, de paso, para divertirse riendo un chiste o trasegando el vaso de buen vino con un pincho de pulpo “a feira”, tortilla o queso

LA FERIA DEL AJO ES aquí lo mismo que somos nosotros y a nosotros nos gusta ser: hombres y mujeres/mujeres y hombres para quienes el ajo brinda -a parte de las eminentes saludables virtudes- ese sabor y olor, que –tal vez por su áspera fragancia- lo hace amigable compañero de casi todos los guisos.

Es posiblemente por todo eso que la FERIA DEL AJO “tiene gancho” popular y para por ser ya, en tan poco tiempo, otra de nuestras señas de identidad y un toque de distinción.

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Y AHORA LA FIESTA.

Entre los gratos momentos que nos depara la vida –aunque los haya también de pena y dolor-, el de la fiesta del pueblo es de los más esperados y soñados. Esos días, lo malo parece diluirse; lo desvaído parece teñirse de rosa; y hasta el gris o el negro –que no son en realidad color-, como por arte de magia, parecen vestirse de buenos colores…

ANTES, la fiesta era el roscón amasado en casa; el gallo de corral engordado para este día; el tamborilero y su flauta moviendo las calles; el estreno de unos pantalones, una falda o blusa de flores y los zapatos nuevos a veces…

Las fiestas eran también el adios a la guerra entre lo viejo y olo nuevo; entre el futuro y el pasado; entre la paz y las peleas o entre el amor y el odio, la verdad o la mentira, la alegría y la tristeza…Las fiestas eran un paréntesis anual: se aparcaban los males y -esos días- era distinto el sabor de los pueblos.

Hoy son otra cosa las fiestas, pero, en el fondo, lo mismo: alas para volar; alicientes para vivir; aire fresco con el que respirar mejor; solaz y jolgorio; y –por qué no también!- áspera fragancia que, aunque a veces pìque, casi siempre hace bien.

Encanta ver a la gente vestida de fiesta,

Porque la fiesta es poesía, y no de ficción o quimera, sino de luz y entusiasmo; porque sabe trovar rimas de ilusión y belleza donde la prosa o el poivo de los caminos pone de ordinario huellas de pisadas duras o gestos de pocos amigos

Porque la fiesta es alegría y, al serlo, se hace portavoz de las amables maneras hasta para los que tienen por hábito y norma de vida no reír ni cantar.

Pero, sobre todo, porque la fiesta es camaradería y encuentro. Y, al decir “encuentro”, por ello no entiendo mirarse de reojo, saludarse por cumplir o decir “buenos días” o “adiós” como quien sopla el aire. El “encuentro” es compartir unos con otros una sonrisa, un saludo, o eso que vale todavía más: hacer de la convivencia una reluciente forma de vivir.

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Y ya una frase para cerrar. Si de poesía y de poetas hemos de ir para completar el pregón, vayamos a uno de postín y que no es de ficción, porque sus rimas llevan siempre llamadas a los hombres y mujeres que quieren ser más.

Antonio Machado se llama el poeta que voy a citar, el poeta que, por dolerle la España de entonces, buscaba con su verso y rimas hacer mejor a la gente que los recitaba. La rima que escojo es la que dice: “Despacito y buena letra: el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas”.

Enemigo de la “chapuza” -nacional o popular- que nos ha distinguido a peor tantas veces, no tan sólo a pasar invita la rima, sino a pasar con holgura los listones, o, como se reza el castizo, sin dejar pelos en la gatera de la mediocridad que degrada sin dar de nobleza un ápice.

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Y POR FIN.

Si este Pregón lo hubiera entonado en una iglesia, lo terminaría diciendo Amén o que así sea. Como no es en la iglesia sino al aire libre, lo terminaré diciendo sencillamente: A POR ELLO UN AÑO MÁS Y MAÑANA ES OTRO DÍA.

A PASARLO BIEN TODOS SIN OFENDER A NADIE. HASTA QUE EL CUERPO AGUANTE.

¡VIVAN –POR TODO ESTO- LA FIESTA Y LA FERIA DEL AJO, DE SAN MIGUEL DE LAS DUEÑAS!!!

A dieciocho días del mes de agosto de dos mil diecinueve.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

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26 ago 2019

¿Tiene futuro la verdad? Perfil dominical 18-VIII-2019

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* “La verdad nos hace libres”, se afirma en el mensaje de Jesús (Evangelio de san Juan, cap. ). Y si la libertad es, en lo humano, prerrogativa, librea y distintivo sin recambio, quiere decirse con ello que ambas cosas –libertad y verdad- han de darse la mano y hermanarse para que los hombres y mujeres sean realidad y no proyecto; porque si una de las dos fallara o enfermase sin remedio, dejarían de ser lo que son para quedarse en algo menos que seres humanos. Y cualquiera puede fácilmente conjeturar en qué otra cosa se quedarían, si tal cosa sucediera, por hipótesis o en realidad.

** Dónde está la utilidad de nuestras utilidades? Volvamos a la verdad”

“La verdad es lo que es; y sigue siendo verdad, aunque se piense al revés (A. Machado, en Proverbios y Cantares, XXVI y XXIX)…

¿Tiene futuro la verdad? ¿Lo tiene también el hombre?

Que la verdad tenga futuo no parece dudoso, como señala George Steiner al final de su Nostalgia de Absoluto; que lo tenga también el hombre a pesar de estar diseñado para hacerse con ella luchando por ella” pudiera serlo más. Sobre todo, si nos hiciéramos esas preguntas mirando, viendo y reflexionando los textos litúrgicos de hoy, para conjeturar al menos lo que la mente y el corazón quieran decirnos sin traicionar ni su letra ni su espíritu. Pudieran dar alas a una discusión viva y profunda, porque llevan dinamita dentro. No lo voy a intentar siquiera. Sólo alguna reflexión en alta voz sobre alguno de sus perfiles. Nada más.

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- “He venido para prender fuego en el mundo y deseo que arda… ¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz?. No, división he venido a traer. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres”. (cap. 12, 40)

- “Los principales del reino dijeron al rey Sedecías: “Muera ese Jeremías porque está desmoralizando a los soldados de la ciudad y a todo el pueblo con semejantes discursos” (Del profeta Jeremías, cap. 38)

- “Recordad al que soportó la oposición de los malos y no os canséis ni perdáis el ánimo Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el mal” (San Pablo, Carta a los Hebreos, cap. 12).

Los tres apuntes van en parecida dirección, que bien pudiera resumirse en otra frase del mismo mensaje de Jesús. Esa que dice que “al reino de Dios se le hace violencia y sólo con audacia y valor se le puede alcanzar”. Con ellos me propongo tejer este Perfil

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La verdad escuece y cuanto con ella se relaciona cuesta, desde alcanzarla hasta mantenerla y luchar por ella; en ocasiones, hasta la vida cuesta y sigue costando a muchos y en todos los frentes en que la verdad se debate, cruentos o incruentos, pequeños o grandes.

Pero la verdad no es –necesariamente- lo que yo pienso y digo, lo que me dicen que diga o lo que me gustaría decir. Porque , como Antonio Machado poetiza en una de sus rimas y pensamientos mejor trabados, “la verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés. Todos los cambalaches y juegos con la verdad hacen daño a la verdad.

La verdad, como el verdadero amor son caminos de libertad, como el odio y la mentira o la farsa lo son de esclavitudes, voluntarias o a la fuerza de las cadenas

Y no está tanto la libertad en “elegir” un camino o en seguir una ruta o la otra sin trabas de nadie; y menos lo está en hacer lo que uno quiera sin encomendarse, como se dice, “ni a Dios ni al diablo. La libertad de fondo, la más auténtica y legítima libertad, está en conseguir ser uno mismo, lo que debe ser, de acuerdo con sus posibilidades de desarrollo, con ayuda de otros, pero sin que nadie le fuerce u oprima de ninguna manera; en que sus actos y sus obras sean, se hagan, la patente de su propia verdad.

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Amigo. “Agárrate que hay curva”. Cógete bien al manillar de tu vida o peripecia vital cuando hayas leído esos apuntes de las tres lecturas de hoy domingo. Frotarse los ojos de sorpresa quizás no baste y sea menester avivar el caletre para comprender un poco de lo mucho que puede sacarse de aquí.

¿Es posible un lenguaje tan duro, casi provocador, en los labios del mismo Jesús que vino a salvar con el amor y el perdón?

¿Puede pensarse algo más benéfico que la paz?

¿Puede haber algo más pernicioso que una guerra?

Las divisiones –no la diversidad- ¿pueden verse en positivo?

Si sólo se miran las superficies o las apariencias es posible que “los árboles nos impidan ver el bosque” como suele decir un socorrido refrán. Porque “fuego” no es solamente la llamarada del pirómano que abrasa el monte o arrasa el verde de un matorral; porque también se llama “fuego” a la pasión de un alma en vilo de amor o al calor humano de un espíritu en llamas, en una lucha sin pausa por el amor, la justicia, la libertad o el ideal de la conciencia que un hombre o mujer rectos se han impuesto como metas de vida; o el empeño de toda una vida volcada entera en favor “las razones del corazón”, que –como se ha de saber- no son siempre las de una mente desnuda de sensibilidades y apetencias más allá de las propias narices o el propio parecer tejido a golpes de particulares y egoístas suficiencias.

Por eso, con lo que dice Jesús en este y otros pasajes no se sale del guión trazado. Habiendo venido a salvar por el amor que es camino de verdad y de libertad, es normal que se levante todo él , y todo lo que as él se refiera, como bandera de “contradicción”. Los que lo toman y los que lo dejan; los que aplauden y los que vociferan; los que hacen de la utilidad la verdad y los que, al revés, piensan la verdad con independencia de lo que uno mismo piensa o cree, por fuerza se han de colocar en opuestos bandos…

¿Acaso el Evangelio deja de ser todo él una “guerra” de casi todos en Israel contra aquel mensaje? ¿Acaso prever y apuntar el mal es hacer el mal? ¿Acaso el profeta miente por anticiparse a los hechos y anunciarlos tan como van a ser? ¿Es que las conciencias han de amoldarse al capricho del “jefe” y no se han de legitimar por sí mismas sin imposiciones de modas ni plegamiento a resabios de ideologías y pensares menos fiables que la fuerza de un ridículo ratón?

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Ando releyendo estos días un libro editado en 2005. repasado ya otras veces y que ahora vuelvo a tomar en la mano por no haber cesado, sino más bien incrementado en peso y en fuerza las circunstancias que provocaron la primera edición francesa. Se titula “Le christianisme en accusation” y lo compone un frondoso diálogo ente un historiador cristiano –René Remond- y el que hace las preguntas y lo pone en el brete de aclararse sobre la “suerte actual” del cristianismo, o tal vez mejor del catolicismo, en Europa sobre todo y en España lo mismo –Marc Lebucher.

Parte de una verdad de la historia moderna en Occidente sobre todo. El Cristianismo lleva tiempo sentado en el banquillo de los acusados, y no son uno ni dos, sino muchos, los que -con alguna razón en ocasiones pero sin buenas razones la mayor parte de las veces- parecen haberse dado el oficio de realzar lo malo y callarse todo lo bueno que –en los veinte siglos de existencia, y ahota también- haya podido dar el Cristianismo a la cultura de Occidente cyuabdi nfue Occidente abnderado de valores sòlidos y perennes que hoy, por mala suerte o ventura incluso terrena para el mismo, parecen haberse vuelto en contra de quien los promoviera, aunque la verdad sea que una buena parte de la cultura de la más auténtica modernidad sea debida sin duda a lo mucho que el cristianismo tiene de “religión civilizada”, como Chesterton acredita, sin dudarlo siquiera, en Ortodoxia.

Pero el catolicismo, como termina diciendo René Remond, sin apearse de la historia de la humanidad, no está muerto ni a punto de ser enterrado. Sus gozosos enterradores habrán de esperar un poco todavía. “Sans pretendre jouer au devin, je suis prêt à parler qu’il –l’homme- sera capable demain encore d’ouvrir des chemins de liberté et d’espérance. ¿Pourquoi ne le ferait-il sous l’impulsion et l’inspiration du christia¡nisme?” (cfr. pag. 190).

¿No estarán la libertad, la verdad y la esperabnza de los hombres en esa “contradicción” que ha sido, es y seguirña siendo el mensaje de Jesús.

Los hombres tienen la palabra siempre que no se olviden de que esa “divina contradicción” va de la mano del “Dios que se hace hombre” desde el Pesebre a la Cruz. Pensando un poco, se ve bastante claro.

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La verdad escuece y escuece más a quienes no interesa la verdad porque “su verdad” –no siempre de buena fe ni bien ceñida de autocrítica- estorba unos planes más útiles.

Bien daba en el clavo quien llamó a la verdad “áspera verdad (nada menos que Danton, como atestigua Stendhal; o el que patentó esa frase según la cual “les plus détestables mensonges sont ceux qui se rapprochent le plus de la verité”, como apostillara André Gide por la boca de Oscar Wilde.

Amar el error más que la verdad o quedarse en el error sin mover un dedo por la verdad es un signo de posmodernidad y una muestra del declive en que han caído los valores más perennes en esta cultura de medios y no de fines, como ya en su tiempo denunciara solemne Ortega y Gasset.

¿Tiene futuro la verdad? ¿Tiene futuro el hombre? Pensemos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

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07 jul 2019

Una polvareda más... 2-VII-2019

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La Iglesia es un yunque en el que se han mellado todos los martillos” (Teodoro de Beza -1519-1605-, calvinista francés, que -no obstante- sus particulares inclinaciones religiosas, veía en el Cristianismo, a pesar de los normales fallos de los cristianos, perspectivas inéditas en otras religiones). Con la verdad de su frase, asume los martillazos y precave de su limitada eficacia.

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Que los restos de Franco deban estar o no en El Valle de los Caídos es una cuestión y otra distinta es la circunstancia y el modo de sacarlos de allí y ubicarlos en otra parte; con el polémico añadido de discernir si, tras más de 40 años allí, es obligado y urgente, en este preciso momento, exhumarlos y trasladarlos a otra parte.

Si la primera bien puede ser una cuestión nada discutible al fallar en su caso la misma “ratio iuris” (Franco –según parece-murió en la cama para desdoro de sus enemigos), la otra pudiera serlo mucho más al entrar en el “juego” y haberse de conjugar otras variables de oportunidad y de motivos. Para remover las cenizas del pasado, cuando ha sido pasional y divide a las personas, además de razones se necesita mucho tacto y cordura para no quemarse las manos. Porque la siempre noble tarea de “agravios que deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, abusos que mejorar y deudas que satisfacer”, y más los que la historia de los pueblos urde, bien puede o asociarse a la la quijotesca manera de los bellos sueños o ser el fruto maduro de una “política” seria, serena, racionalmente concebida y racionalmente llevada, limpia de toda huella de sectarismo ideológico o revanchista, explicada y sancionada por todo el pueblo (en democracia todos los ciudadanos son “pueblo” y consumada después con el respeto que merecen las cosas importantes –esta lo es por las circunstancias- cuando se llevan a cabo con razones y no meramente a golpe de impulsos, emociones, conveniencias electorales y demás artilugios de “los políticos” para “rebañar votos” como sea. Y de sobra se sabe que el “como sea” puede oler más a Maquiavelo que a la “justicia del caso concreto”.

Por eso mismo, si nadie, o casi nadie, discute lo primero, no son pocos quienes piden calma, buen tiento, tino y razón práctica para lo segundo. Que, como proclamara hace tiempo ya –es intemporal su mensaje- Gracíán en su Oráculo manual y arte de prudencia (en el nro. 14), “no basta la sustancia, requiérese también la circunstancia. Y todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón”.

¿A cuento de qué vuelco mis atisbos y puntos de vista de hoy en este campo nacional de minas que son cuestiones de los restos de Franco y su exhumación a más de cuarenta años de su muerte?

Pues muy sencillo. A cuento de la “polvareda” levantada hoy mismo, de la mano de la vice-presidenta del gobierno en funciones, ante unas declaraciones, del ya dimitido por razones de edad, Nuncio de la Santa Sede en España, Renzo Fratini, en las que –al parecer- manifiesta que el proyecto de exhumación de los restos del “dictador” lo ha resucitado; es decir, que ha dado vida y actualidad a un recuerdo que, a tantos años vista, estaba ya poco menos que fosilizado y amomiado.

La verdad. Pienso que no es nada original el Nuncio en tal aprecio, porque muchos otros lo habíamos anotado ya, y la realidad más verídica es que, cuando nadie hablaba o se acordaba de Franco -por el peso del tiempo-, el tal proyecto del programa de don Pedro Sánchez y sus gregarios remueve las aguas y planta en la superficie lo que desde hace mucho tiempo estaba posado en el fondo.

No me planteo, naturalmente, si está bien, mal o regular que el Nuncio del Vaticano en España, dimisionario ya y en camino hacia Roma para ser sustituido, haya mordido este anzuelo que le han tendido sin duda y haya dicho algo tan evidente como elemental, porque está a la vista, aunque aprovechado, como es lógico en gente así, para poner el grito en el cielo y, de paso, rasgarse las vestiduras. El “laicismo” –no la laicidad, que es otra cosa bien distinta- de este socialismo –ignorante, rancio y sobre todo sectario para cuanto a la Religión y especialmente la Iglesia Católica se refiere- no ha perdido comba y, en el acto, la flamante “vice” levanta la voz y acusa a la Iglesia, a través del Nuncio, de injerencia en la política del Estado español, de “meterse” en política; y algo más tarde presenta en la Secretaría de Estado del Vaticano una Nota oficial de protesta por lo que considera un grave atentado contra la potestad y autonomía legislativas de la nación española. Estos son el sustancia los hechos.

Los hechos hablan por sí mismos y lo hacen con independencia de la tralla que les puedan dar los pensares, decires y quereres de cada cual; sea yo quien los interpreta o sea la vice-presidenta del gobierno como en el caso presente ocurre.

Ella… Vemos cómo interpreta lo dicho por el Nuncio: injerencia, meterse donde no le llaman ni tiene derecho; hacer política. Es su derecho –quizás mejor su papel- interpretar las cosas como quiera o le guste –viva la libertad!-, siempre, claro está, que –al hacerlo- no falte ni a la verdad, ni a la justicia, ni al sentido común. Sus razones dará seguramente,. aunque sabemos lo dada que puede ser la señora a soltar la lengua sin pedir permiso a la cabeza, como se vió –no hace tanto- al ser ella misma desmentida por desfigurar la realidad en ocasión de parecido tenor. Es posible que aquello le siga “escociendo” y lo de ahora sea un eco de lo anterior.

Mi personal criterio sobre lo mismo es, por el contrario, muy diferente. La reacción de este socialismo ante –concedamos esto- la “ligereza” de poner en sus labios el Nuncio algo que todo el mundo dice porque es la verdad, aunque sea incómoda verdad, me parece una reacción desmesurada en sus propios términos; falsa porque no se produce injerencia de ninguna clase: sectaria también; pero, sobre todo, alicorta y oportunista por electoralista y sesgada; fruto más de un “laicismo” resabiado que de una decorosa “laicidad”, exigible hoy as todo el m,undo sin excepción, y no tanto por el peso de unos convenios pactados como por muy concretos y primarios derechos del ciudadano como tal.

En mis Notas al suceso de las declaraciones del Nuncio, tomadas sobre la marcha ese día, resalto singularmente que la reacción gubernamental, a un elemental infantilismo añade una radical y preconcebida bgeligerancia.

Me explico.

El anticlericalismo hoy en España –como asegura Caro Baroja en el Prólogo a su libro Introducción a la historia contemporánea del anticlericalismo español (Madrid, 1980)- tiene ribetes de folklore nacional, del estilo de la castañuela o la pandereta, y a la altura de los “lugares comunes” o los tópicos; es decir, de algo vulgar, manido, de poco fuste pero que hace las delicias del plebeyismo. Como los “lugares comunes”, el folklore anticlerical español aburría solemnemente al de Vera de Bidasoa, como él mismo reconoce, aunque “el hecho de que los lugares comunes” puedan producir “guerras civiles y coacciones feroces” no le pareciera “aburrido” sino “trágico”.

Folklore quizá sea poco decir a estas alturas del guión…

Muchos aún no se han enterado, o no quieren enterarse, de que la Iglesia, con el Vaticano II, se propuso muy en serio alzarse a una “modernidad” que le era negada desde que una parte de la Ilustración la emprendiera contra ella y sus reales o figurados atrasos. La Iglesia se ha revisado por dentro y por fuera para ponerse al día.

¿Lo han hecho también –ponerse al día- los de enfrente? ¿No se les puede ver ensimismados en unos “tic” trasnochados y patógenos?

El laicismo -en sus dos versiones (la de meter a la religión en la sacristía para que se calle y no moleste y la del “palo” a la religión venga o no venga a cuento (siempre hay alguien dispuesto a alancear a la Iglesia porque siempre hay alguien dispuesto a escupir), hoy sin base alguna antropológica seria- sigue siendo para ciertos señores insustituible vademecum y bandera de sus correrías políticas. No se paran a mirar si tienen o no razón sus resabios, pero creen que la tienen y eso basta y sobra a supuestas ilusiones de ser la honradez andando y sIn necesidad de prueba o demostración.

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Para no perderme con unas reflexiones así, tan puntiagudas y, para muchos, tal vez, atrevidas y aventuradas, he vuelto a leer y pensar cosas muchas veces leídas y pensadas ya. Sólo citaré algunas.

- He vuelto a leer un Editorial de La Civiltà cattolica, del año 2007 (1531-536), atinado al titularse Le ingerence della Chiesa y oportuno por razones muy parecidas a las que mueven estas reflexiones.

Lo que los laicistas llaman “injerencias de la Iglesia” no es otra cosa que “derecho a pronunciarse”, de la Iglesia y de cualquier ser racional y libre, sobre cuestiones morales o problemas que afectan a la conciencia universal y ante los que “callar” es “connivencia” y “aplauso”, como el pisoteo de los derechos humanos, los abusos de poder y otras arbitrariedades políticas de similar factora. Ne se discute ni se quebranta con eso la potestad del Estado, ni se invaden sus terrenos; se defienden simplemente los supremos valores que dan sentido a la vida humana y, al ser violados por quien sea, se pisotea la inviolable dignidad del hombre. “Questi valori –se proclama en el Editorial-, prima di essere cristiani, sono umani, tali perciò da non lasciare indifferente e si­lenziosa la Chiesa, la quale ha il dovere di proclamare con fer­mezza la verità sull'uomo e sul suo destino».

Con autoridad y razones, se sale al paso –como se ve- de quienes, haciendo gala de un despotismo ignorante o soberbio, prefieren una Iglesia callada y sumisa, que no moleste y se ponga al servicio del que manda, a una Iglesia en su sitio y sin meterse donde mno le va. Se olvidan del elemental principio critsiano aunque de garantía de las libertades: que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Los quisieron callar entonces y la historia se repite.

Desde su sitio, que lo tiene las religión en la sociedad, con respeto y con razones, hay cosas en las que la Iglesia no se puede callar sin caer en prevaricación.

Con excesiva cara dura o ligereza, demasiado interesadamente, hablan algunos políticos de “injerencias” de la Iglesia en el Estado.

- He repasado aquella conferencia Impartida por mí en un pueblo minero, del Bierzo, aquel 23 de febrero de 2007, que titulaba Iglesia libre en Estado libre.Cpntra pronóstico en auditorios así, aquella gente respetaba lo que merece respeto, y en concreto los controles del Poder para impedir totalitarismos. Por eso, al lema de “cada uno en su sitio y respetándose todos” no le hacian ascos las gentes de pueblo y mina aquella tarde.

Hora es de que a las cosas se les llame por su nombre y ni la Iglesia se tome poderes del Estado ni el Estado quiera encontrar en la Iglesia un comodín para canjear con él sus abusos. Quién es más demócrata, ¿el que alardea de ello o el que la ejerce en la medida en que sus principios de base lo permiten?

Estado libre, pero también Iglesia también libre y cada cual en su sitio, sin pelearse más de la cuenta porque –para su ventura o desventura- están “condenados” ambos a entenderse.

- Y he vuelto especialmente a meditar aquella colaboración al libro de Homenaje al profesor de la U. Complutense de Madrid, don José Maldonado y Fernández del Torco, con título de La Iglesia y la Política (cfr. Estudios de derecho canónico y derecho eclesiástico,Universidad Complutense de Madrid. Madrid, 1.983, pags. 555-583). No puede ni debe ser indiferente la Iglesia de Cristo ante la polìtica de los Estados. Aunque los campos sean diferentes y al Cesar se le deba lo del Cesar y a Dios lo de Dios Dios por un primario imperativo evangélico, lo humano y los valores humanos son de patrimonio universal.

La Iglesia puede y debe convivir con todos porque, en caso contrario, dejaría de ser católica, sin óbice –naturalmente- de que le plazcan más quienes respetan sus valores y principios. Lo que no puede ni debe ser la Iglesia es partidista o “religión de partido político”: ninguno lo es ni debe llamarse a serlo.

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A todo esto, ¿sorprenderse, a estas alturas, de que la vice-presidenta del gobierno socialista en funciones lleve su “folklore” anticlerical hasta llamar “injerencia” de la Iglesia a lo que no es sino una llana y patente verdad que todo el mundo constata con total naturalidad y sin remilgos o trascendencia, fuera del gracejo o la hilaridad? No sorprende y, más que sorprenderse, habría que sonreír ante lo que “destapa” el recalentón. Y como, además, se puede vislumbrar, sin pecar –creo yo- de visionario, por dónde van a ir los tiros contra la Iglesia en cuanto se remansen las aguas del remolino pactista en curso, la frase del humanista, reformador y calvinista Teodoro de Beza puede ser un aviso a navegantes, de un lado y de otro: “La Iglesia es un yunque en el que se han abollado todos los martillos”. Se les ve venir…

Y volviendo a lo del Nuncio.

Deseo vivamente que la Nota de protesta del gobierno ante la Santa Sede, por la –en el peor de los casos- “ligereza” en la declaración del Nuncio, tenga la misma respuesta que la reciente demanda del presidente de Méjico al Rey de España y al Papa para que pidan perdón por la conquista de América. Ninguna respuesta, como no sea la de sonreírse, no fiarse mucho y a esperar.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

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07 jul 2019

Un alcalde prodigioso 1-VII.2019

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Un alcalde prodigioso*

* No es mío el adjetivo con que califico a un alcalde. Es de una mujer –de Mari Paz-, quien, como yo y otros muchos, testifica el “prodigio” que son el “pueblecito” berciano de San Facundo y su alcalde, Ricardo Vila. Acepto el adjetivo en lo que tiene de elogio para un pueblo insignificante y para un alcalde capaz de hacer de una insignificancia algo que admira y asombra.

No queremos héroes, pero buscamos a “los mejores” para que nos representen. ¿Quién acuñó el primero esta gran idea? ¿Cicerón tal vez?. Pero poco me importa el autor, si la frase apunta –como parece- a gente de valores que libere al pueblo de vulgaridades y plebeyismo. No queremos héroes que se tienen por “semidioses”, porque, aunque alguno se lo crea, no los hay ni se dan. Queremos hombres y mujeres de verdad; es decir, de los “hechos a medida” y no de “los fabricados en serie”. Hay diferencia entre unos y otros.

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El pasado jueves, 27 de junio, a las ocho de la tarde, en el coqueto salón de actos de un pueblo berciano de 18 habitantes nada más, y en mi charla de su Semana Cultural en torno a sus potenciales recursos vitales, me arrancaba con una idea que acababa de manuscribir en mi diario de notas.

“Amigos,,, Que -en un país desconcertado y frívolo, crédulo y sin pulso como la España de hoy- un pueblo insignificante celebre –por segundo año ya- una Semana Cultural me sabe a rareza y a milagro. Rareza lo es porque no es normal. Pero “rareza” me parece poco y prefiero decir “milagro” porque -a mis ojos- milagro es más positivo y elocuente. Y por este milagro que sois los dos –el pueblo y su alcalde- me congratulo en vivo y en serio al iniciar mi charla. Y ello por moderno y de vanguardia en su esbelta pequeñez.

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Estuve allí, como digo, a últimos de junio. De pasada, pero anotando lo que ahora es –mejor tal vez lo que significa en términos de vida y progreso- este rincón “perdido” de la España que llaman “vacía”. Soy berciano y estuve allí, mirando aquello pero sobre todo reflexionando sobre lo que mis ojos veían y mi mente y razón se resistían a claro. El color gris-plomo de lo imposible me asaltaba, aunque las evidencias de los colores más vivos se imponían a mis recelos y precauciones. A mi lado, en aquel coqueto salón, estaba sentado “el hombre” capaz y empeñado en hacer posible lo imposible. Parecía mentira y era la verdad…

Y fue en ese momento preciso -al verlo a mi lado, tan sencillo y tan poco pagado de sí como ufano de su obra- cuando me propuse airear unos pensamientos que realmente me aturdían de no ser por las evidencias que me llenaban. Me parecía tan de justicia divulgar aquel milagro que me impuse –de inmediato- encomiar “la mano de santo” capaz de hacer milagros en unos tiempos en que ya casi nadie cree en ellos, aunque todavía se puedan ver algunos. Me sentí en el deber –sagrado deber, me dije- de hacer una sencilla y ejemplarizante semblanza de este alcalde de pueblo; de una persona –la de un político, si por tal entendemos al regidor de los destinos de todos-, que –por lo de estos días- pone a prueba mis esquemas usuales sobre la “clase política”, en esta confusa circunstancia nacional especialmente. Se me hacen tan vulgares la mayor parte de los que se postulan ahora mismo para ser regidores de algo en este país que el caso -“a parte” sin duda- de este alcalde me rompe, como digo, los esquemas y moldes de los que desfilan ahora mismo ante nuestros ojos, como si de un pase de modelos se tratara.

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En mi propósito de tal bosquejo, y puesto a buscar encajes literarios a la figura –persona más bien- de un alcalde así, reparo en el cap. XXV de uno de los Episodios nacionales, de Pérez Galdós, El terror de 1824, y me asomo -en la distancia- a la celda-capilla de la cárcel de Corte, en la que el patriota, sedicioso y revolucionario –según se mire todo- don Patricio Sarmiento espera la horca entre los sollozos de su hermana Soledad y la compañía de los dos religiosos -los padres Alelí y Salmón- mandados allí para prepararle a bien morir. Merece la pena reproducir las palabras del condenado a muerte en tan especial y verídica circunstancia. Porque no se suele mentir en esos trances.

“Veo a sus Reverencias como cortados y confusos delante de mí –dijo Sarmiento sonriendo con orgullo. Es natural. Yo no soy de lo que se ve todos los días. Los siglos pasan y pasan sin traer un pájaro como este. Pero, de tiempo en tiempo, Dios favorece a los pueblos dándoles uno de estos faros que alumbran al género humano y le marcan su camino. Si una vida ejemplar alumbra muy mucho al género humano, más lo alumbra una muerte gloriosa.

“Me explico perfectamente la admiración de sus Paternidades. Yo no nací para que hubiera un hombre más en el mundo; yo soy de los de encargo, señores, Soy una vida consagrada a combatir la tiranía y a enaltecer la libertad: una muerte que viene a aumentar la ejemplaridad de aquella vida, ofrenda de una víctima que espira por su fe, y que con su sangre viene a consagrar aquellos principios santos esta entereza mía y esta serenidad ante el suplicio. Serenidad y entereza que no son más que la convicción profunda que tengo de mi papel en el mundo… Y por último la acendrada fe que tengo en mis ideas, que no pertenecen –repito- al orden de cosas que se ve todos los días” (cfr. Episodios Nacionales. El terror de 1824, Un voluntario realista. Madrid, calle del Barcp 2 duplicado, t. 9º pp. 188-189)

Ricardo Vila Paz no es –claro está- el romanceado Patricio Sarmiento del episodio galdosiano. Ni lo es, ni puede serlo por razones obvias. Pero tiene algo que ver con el diseño de hombre -de persona humana- tan bien personificado en el patriota y rebelde a la vez don Patricio Sarmiento.

Patriota es Ricardo, y de los que aman a su tierra y patria con obras y no tanto con unas promesas de campaña electoral o retóricas soflamas de mayar mentira que verdad.

Y rebelde me lo parece también, aunque al estilo Camús. Es decir, de los rebeldes que “saben decir que no, pero que –cuando niegan- no renuncian”; de los inconformistas de siempre -o casi siempre- con la realidad, cuando la realidad vocea y clama por romper moldes que ya no sirven de nada (cfr. A. Camús, El hombre rebelde, ed. Losada, Buenos Aires, 2008, cap. 1).

Me encaja bien este alcalde en esos moldes del Patricio Sarmiento que patenta Galdós, sobre todo para momentos-límite o clave de la historia de un hombre o de la vida de un pueblo; cuando hay que dar la talla o quedarse fuera de servicio.

Y hasta mejor me encaja en este otro perfil de la escena. En este diseño humano del literato madrileño, se dibujan dos perspectivas de hombre: la de los hechos a medida y la de los fabricados en serie. Una sola frase del relato, la que dice “Me explico perfectamente la admiración de sus Paternidades. Yo no nací para que hubiera un hombre más en el mundo; yo soy de los de encargo, señores”, marca unas abismales distancias entre estas dos tipologías de lo humano. Lo gregario y átono, por un lado: el hombre de partido que se sube raudo al vagón que ante él pasa sin hacer preguntas ni esperar respuestas, el hombre-masa y sus asimilados de la hora presente. Y lo responsable y de peso específico por otro; que es el de la “entereza”, de los valores y creencias que, por desgracia, no se prodigan ni se adosan bien al orden de cosas que vemos todos los días.

Repensando el Episodio en cuestión y salvando las distancias y las circunstancias, se puede observar que lo que Galdós quiere mostrar con este diseño no era el ideal de hombre, porque los ideales –como afirma Ortega- suenan a voluntarismos de deseo y quizás artificio, sino una de las cimas de lo humano, un arquetipo de hombre –de hombre público, de político en nuestro caso-, el que coincide con lo que ”debe ser” un hombre y no tanto con lo que se sueña, gusta o está de moda; o sea, baratijas o apariencias de hombre (cfr. J. Ortega y Gasset. Mirfabeau o el político, en Obras, Alianza edit., Madrid, 1994, t. III, p. 603).

Si no me equivoco mucho, Ricardo Vila –este alcalde- no es de los “fabricados en serie”, ni se viste, al ejercer su cargo, de “prêt à porter”, ni se le pasa por la cabeza disfrazarse de figurín para parecer más. Ni le va, ni se le ocurre ser farsante.¡, porque ninguna farsa es su camino elegido para medrar. Es lo que es, para ejemplo de todos.

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Y no le estoy dando coba con lo que voy soltando en honor suyo, porque no me va dar coba. C reo que nunca la he dado. Me gusta elogiar con justicia y razón, y realzar el mérito, pero sin babear admiraciones indebidas. Aspiro a ser objetivo y no perder la cabeza con elogios exagerados o falsos. Por eso, antes de coger la pluma para escribir, me he llegado a San Facundo para verlo y creerlo. Pero no basta con eso. Hay que meterse dentro de aquello y activar todos los sentidos para no sacar de quicio sino elevar simplemente a un pedestal la pequeñez esbelta y ejemplar de aquel lugar.

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Ante aquello y al final de mi ensayo, salten los interrogantes al viento de una realidad tan llamativa, por ejemplar como digo y aleccionadora.

¿No podrían acercarse muchos, pora ver, tomar nota y aprender algo?

Los que se ufanan de “progres” ¿no podrían llegarse aquí para comprobar , en poco espacio pero de gran plasticidad, lo que son el “progreso” y el “desarrollo” de verdad y –así, viendo- salirse ya de sus estereotipadas y falsas ensoñaciones?

Y el interrogante final, aunque pueda sonar a “boutade”.

¿No podría servir este alcalde prodigioso, o algún otro como él (seguro que hay alguno más), de referente o modelo a los que son ya o aspiran a ser cargos públicos, desde lo más alto a lo más bajo, desde el presidente del gobierno incluso, bien lejos por cierto (este alcalde, claro) de los cuentos, las mentiras, los cálculos y cambalaches, la propaganda, las farsas, etc.?.

Alguno que me lea le pondrá sordina o reservas. Allá cada cual con sus ideas y creencias.

Y no me valen salidas falsas. No vale eso de que “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”. No me sirven las estupideces y asombros de quienes –sin saber nadie por qué- se consideran “salvadores” y “mesías”. Ni de los que se tienen por insustituibles siendo nada en efecto. Me sirven las realidades y esta que describo lo es.

Creo –y no me parece estar equivocado- que este alcalde es una persona que, pisando el suelo real y buscando seguramente unos intereses propios y legítimos –¿quién no y por qué no?-, ha nacido para político –servidor de todos y hacedor de “lo posible”-, y que –además de tener esa vocación- cada mañana, al darles la cara, les promete lo mejor de sí mismo. Y además trata de conseguirlo.

Pero, como en estas cosas, lo mejor es verlas con los propios ojos para no dormirse en los brazos de otros, recomiendo que vayan ustedes a verlo; y, si fueren, que no dejen de abrir los ojos para ver lo más y lo mejor posible. Lo más y mejor que verán será –como digo- la grandeza de la pequeñez, cuando la pequeñez se cansa de ser pigmea y dice que no, que no se resigna.

Es posible que, en esta España de hoy, “zaragatera y triste” como ya se la figuraba el poeta A. Machado, no se vislumbre una mejor calidad de grandezas a la vista: la de una pueblín de 18 habitantes, con la perspicacia necesaria para elegir un alcalde que se sabe el oficio y no se queda en pavoneos con el bastón de mando y la cabeza vacía para todo lo que no sea el deleitoso afán de pavonearse.

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En la refriega humana, el reto no va en el empeño de volverse un héroe, sino en el de ser hombre; con las estrellas y medallas que se le quieran colgar, pero hombre. Y vale para ello rememorar aquel “Voilà un homme” –el primer saludo de Napoleón a Goethe, al verse los dos, por primera vez, en Erfurt en septiembre de 1808. Para Napoleón, la entera aureola del gran literato alemán cede ante su talla de hombre. Que se parece a lo que Antonio Machado pone en boca de su personaje Juan de Mairena cuando p regona que “Por mucho que valgs un hombre, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.

¿No estará en este dato –de tanto relieve, aunque de tan poco aprecio al computar merecimientos- la clave del ser y del hacer del “prodigioso” alcalde de San Facundo?. Yo no lo dudo y a las pruebas me remito.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

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