(José Manuel Vidal).- La plaza de la Puerta del Sol de Madrid (y las calles aledañas) estaba a rebosar. Y, de pronto, antes de las doce se hizo el silencio. Un silencio profundo, casi de oración. De oración, sin duda, para muchos cristianos que allí estábamos. Con el símbolo de la cinta en la boca. Y al rato, estalló el silencio en un grito: "El pueblo unido jamás será vencido". Y así, repetidamente. Gritos y silencios. Silencios y gritos. El grito mudo. En un clima de fiesta y de ilusión.
Porque, al contrario de otras muchas manifestaciones, se respiraba compañerismo, confraternidad. Buen rollito, que dicen los modernos. Y lo más sorprendente, a pesar de que a los allí presentes nos llaman los "Indignados", a pesar de que el movimiento surgió del 'Indignaos' de Hessel, más que indignación lo que se palpaba y se olía era ilusión. Y, por supuesto, nada de colera.
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