VIOLACIONES INSTITUCIONALIZADAS

NOTA: Las pautas de comportamiento ético –morales dictadas por parte de la Iglesia, con la intitulación amenazante de pecado mortal y su correspondiente condenación eterna, en el comportamiento de la intimidad matrimonial, son manifiestamente machistas. Es el hombre-hombre quien las dicta y aplica prevalentemente a tono con las demandas de su condición de varón. La mujer, y cuanto conforma el complejo de su feminidad, cuenta poco, o apenas si cuenta, al conmensurar la moralidad o inmoralidad de los hechos. Una de estas mujeres ha tomado plena conciencia de la situación, que expresa y redacta de esta mendicante manera:

“A pesar de los conocimiento adquiridos, y hasta “infusos”, que dicen tener hombres representativos de la Iglesia, el hecho cierto es que en relación con nosotras, las mujeres, saben más bien poco. No nos preguntan. Y no lo hacen, o porque ello supondría tener que valorarnos, porque se consideran muy listos y más estudiados, o porque están convencidos de que, al conocerse a sí mismos, como hombres, nos conocen también a las mujeres, que dicen estar hechas todas a su imagen. Por estas y otras razones/ sinrazones, la mayoría de las cualificaciones morales con las que conceptúan nuestros comportamientos, carecen de base.

“No me explico cómo a estas alturas nadie en la Iglesia haya levantado la voz en contra de la desconsideración poco científica y, por lo tanto, tan poco querida por Dios, con que estos hombres nos afrentan. Sí, así de claro y de evangélico. Y, por tanto, también de eclesiástico.

“Por poner un ejemplo, ocurre que, si nos atenemos a las pautas de comportamiento cristiano instituidas por los moralistas oficiales de la Iglesia, cuando el acto de la expresión del amor en la intimidad de la pareja en el matrimonio se ajusta a lo que parece ser natural y exigido por la biología, apareciendo mecánicamente correcto, se lo considera como éticamente impecable. Cuando tal acto no se ajusta a tal mecanismo, se lo techa como inadecuado, existiendo, por tanto, pecado.

“Las motivaciones psicológicas no cuentan en la valoración ético- moral de ese acto por parte de los hombres de la Iglesia, olvidándose de que las mujeres nos identificamos mucho más con aquellas. Estos hombres pueden considerar, y consideran, actos sexuales moralmente correctos los que son conformes a la biología, y no a la psicología, con lo que se justifican incontables violaciones institucionalizadas dentro del matrimonio, porque se prescindió de lo que es la mujer, al identificarla solo o fundamentalmente con su cuerpo. Lo biológico es un valor, pero es más valor lo psicológico, y mucho más aún en la mujer. Actos como estos pueden ser rigurosamente correctos teniendo en cuenta procedimientos biológicos, y a la vez ser descalificadoramente defectuosos, incompletos y hasta ofensivos, por no ajustarse a las exigencias más elementales de la psicología femenina. Identificado en mayor proporción el hombre con lo biológico, y la mujer con lo psicológico, el desbarajuste que esta valoración moralista oficial de la Iglesia puede ocasionar en los comportamientos humanos en la intimidad del matrimonio, es muy considerable y de consecuencias graves.

“Yo misma confieso que en la intimidad con mi esposo me sentí obligada en ocasiones a tener que acceder a determinados deseos y exigencias suyas, que constituían para mí otros tantos atentados contra mi sensibilidad, no disponiendo de fuerzas para superarlos, pero que podían ser –y lo eran- reclamadas por él, con la convicción de ser expresiones moralmente correctas. El sufrimiento al que nos hemos visto sometidas las mujeres en este capítulo de la llamada moral cristiana, no podrá jamás llegar a ser convenientemente ponderado, ni siquiera sospechado por el hombre. En nombre de la moral oficial se nos ha anonadado y envilecido a las mujeres hasta límites que no podrá disculpar, ni explicar, cualquier concepción humanística, por muy falta de espiritualidad que esté, lográndose la más detestable de las colonizaciones.

“En esta pauta de comportamiento de la moral llamada cristiana se refleja inequívocamente la ausencia de participación de la misma mujer, y de cuanto ella significa y entraña. Cualquier juicio que sobre actitudes y conductas sea formulado prescindiendo de la visión del hombre o de la mujer, resultará necesariamente equivocado y condenará a uno y a otra. En el caso concreto de las conductas morales y de su valoración, la gravedad es aún mayor, porque tal condena es respaldada con invocaciones de sanciones y escarmientos eternos”
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