Consagración de monseñor Martínez Sacristán como obispo de Zamora.

Por fin Zamora tiene ya su obipo. Treinta y cinco obispos acudieron al solemne acto de su ordenación. Cifra considerable, aunque no extraordinaria, sobre todo si tenemos en cuenta el gran número de obispos de Castilla y León.

Fue consagrado, u ordenado como ahora prefieren decir, por el cardenal Rouco, sin duda el artífice de su promoción al episcopado. El Nuncio no asistió, acababa de fallecer su madre, y desde aquí le envío mis condolencias, pero creo que bueno sería ir prescindiendo del Nuncio en estas ceremonias. No cerrándole las puertas, por supuesto, pero no dándole el protagonismo. En España hay cardenales, en activo o eméritos, arzobispos y obispos que sobradamente pueden ser el primer consagrante de un nuevo obispo. Y el Nuncio un arzobispo más entre los presentes. O, si se quiere, el más relevante entre los arzobispos, después del consagrante. Sea cardenal, arzobispo u obispo.

Recuerdo la consagración de monseñor Zornoza en el Cerro de los Ángeles, como obispo auxiliar de Getafe. Él, porque así lo quiso, o el obispo residencial, porque en su diócesis mandaba él, seguro que ambos en total acuerdo, porque al titular de la diócesis no se lo salta nadie, dispusieron que el consagrante fuera el obispo Getafense, Don Joaquín María López de Andújar, asistido del cardenal Rouco, su metropolitano, y del Nuncio Apostólico.

Creo que esa segunda posición para el nuncio es la acertada. Todos sabemos que la mayoría de los nombramientos episcopales se hacen al margen del nuncio. A quien le vienen ya indicados simplemente para los trámites burocráticos. Pues, un puesto distinguido, como representante del Papa que es, pero tampoco el protagonismo de la ceremonia.

Vayamos ahora a la consagración de Martínez Sacristán. Dos cardenales, Rouco y Cañizares, daban lustre a la ceremonia. E indicaban adscripciones.

Apenas tres eméritos, que parecen pocos. Sobre todo porque no tienen nada que hacer y se aburren. Los tres comprensibles. Delicado, emérito de Valladolid, porque estaba a un tiro de piedra. Felipe Fernández, retirado por su parkinson a su pueblo natal, o a sus proximidades, porque se siente sólo y triste, y monseñor Estepa desde sus afinidades catequéticas en las que ambos son autoridades.

De los obispos de Castilla y León no diré más que sus presencias eran obligadas. Tanto de la metropolitana de Valladolid como de la de Burgos. Tan integrados todos en una pastoral conjunta. Allí estaban todos, salvo alguno que se me pudiera haber pasado.

Lo más interesante son los que no tienen que ir. Los que van porque quieren. Y fueron no muchos. De arzobispos, el de Valencia y el de Oviedo.

De obispos dos estaban obligados pues fueron antecesores suyos en el obispado de Zamora. El obispo de San Sebastián, Uriarte y el de Segorbe-Castellón, López Llorente.

Ya por pura voluntad, y excluida su obligación castellano-leonesa, encontramos al de Ciudad Real, Algora,al de Orihuela-Alicante,todavía con querencias castellanas, Palmero, hasta hace muy poco obispo de Palencia, al presidente de la Conferencia Episcopal, Blázquez, al catalán Salinas, de Tortosa, al orensano Quinteiro, al alcarreño Sánchez, al placentino Rodríguez Magro, y al de Huesca y Jaca, monseñor Sanz Montes



Quienes llegaron de Madrid, su diócesis natal, o de sus sufragáneas, eran también obligados. Ya hemos citado al cardenal. Estuvieron con él, el getafense, López de Andújar, el complutense Catalá y los auxiliares de Madrid, Herráez y Franco, más el del auxiliar de Getafe, Zornoza.

Pienso que en la consagración de un obispo de España deberían estar los fieles diocesanos y la mayor parte de sus hermanos en el episcopado. Con Don Gregorio no fue así. Apenas un gallego y un catalán. Un vasco por obligación, ya que había sido su antecesor. Ningún balear, canario, salvo un emérito que vive vecino, ni andaluz, aragonés apenas uno. Para un navarro que existe, tampoco acudió, ni el riojano.

Yo creo que un obispo es algo muy importante. Por algo me descompongo tanto cuando me encuentro a un mediocre. Y no digamos a un miserable. Y no me parecen presentables las ausencias de tantos hermanos en su consagración. De hermanos obispos. Porque, hijos fieles, que esperan al padre, apenas existen.

Pues habrá que enseñarles donde están los fundamentos de nuestra fe. Que ciertamente en el obispo. Aunque algunos sean tan mediocres, tan impresentables, tan repugnantes.

Don Gregorio, anteayer asumió usted un ministerio apostólico. Instituído por el mismo Cristo. A nada que usted ponga, nada le va a faltar. Pues, a poner ese poquito. Seguro que intentará hacerlo. Seguro que lo conseguirá.
Volver arriba