Cada vez me tiene más harto lo del cardenal Rouco.

Yo no comparto todas las decisiones de gobierno del cardenal. Aunque reconozco que es muy fácil criticar a los toreros desde la barrera y muy difícil lidiar al toro que tienen delante. Suelo, en cambio, estar de acuerdo en todo lo que dice. O prácticamente en todo. Y más de una vez he manifestado que me encuentro satisfechísimo con el arzobispo que tengo. Y es una declaración absolutamente gratuita por mi parte. No le debo nada. Nada me ha dado. Salvo su ministerio apostólico que me parece más que notable. Aunque, por otra parte, esa es su obligación.
Yo he tratado personalmente a muy pocos obispos. Aunque haya hablado de tantos. De verdad, sólo a dos. Que me demostraron un afecto que no me merecía. Por pura generosidad de ellos. Uno de ellos es mi obispo imborrable e inigualable: Don Marcelo. El otro, también queridísimo, pero con quien no llegué a tener tanta confianza, aunque él me dio muestra de afecto, incluso pública, que nunca le agradeceré demasiado, fue Don José Guerra Campos.
De los obispos del Ancien Régime tuve relación con tres. Personal, en una ocasión, con Don Francisco Peralta y con Don Ángel Temiño, y, espistolar, con Don Pablo Barrachina. Agradecidísima por mi parte.Pero sería absurdo magnificar su benevolencia.
De los actuales puedo hablar también de muy pocos. En varias ocasiones he hecho mención de mi afecto a Don Carlos Amigo que, después de ataques verdaderamente inmisericordes por mi parte a su persona, me dio muestras más que sobradas de su grande, generoso y humilde corazón.
Un querido e importante sacerdote toledano, malo donde los haya, quiero decir que le divierte hacer pequeñas maldades, me presentó un día, ante el palacio primado, a Don Juan José Asenjo. A ver que pasaba. Salimos el obispo y yo como pudimos de la maldad. Simpática y por supuesto malévola. Aunque siempre dentro del terreno de la amistad. Fue testigo de aquello el hoy secretario del la Conferencia Episcopal. Después tuve más problemas con el obispo de Córdoba con motivo del desdichado asunto de la cruz e imagino que me tendrá notable antipatía. Yo no se la tengo.
De tres obispos y cuarto, de los actualmete reinantes, creo que puedo decir que me han demostrado notables muestras de benevolencia. Que no saben bien como se las agradezco. Y no daré sus nombres ni en tortura. Digo tres y cuarto porque tres me las han manifestado personalmente y el cuarto por persona de su confianza.
Al cardenal Rouco le vi en más ocasiones. Una vez hasta comí con él, invitado por un amigo cura. Comida de doce o quince personas. Estuvo el cardenal brillantísimo y encantador. Ambos somos gallegos pero él ejerce y yo no. Conmigo, como con todos los demás, fue próximo y cordial. ¿Me conocía, de referencias? No me cabe la menor duda. ¿Lo manifestó? No. Es que gallegos como el cardenal quedan pocos.
Algún tiempo después me lo encontró en Sobrado de los Monjes. Él llegaba allí con una gran peregrinación de jóvenes que hacía el camino compostelano. Estuvo encantador con mi mujer y conmigo. Dedicándonos un tiempo que otros a su alrededor le reclamaban. Yo pensé que sabía con quien hablaba pero, tan gallego él, jamás lo declaró. Salvo por malgastar con nosotros tanto tiempo.
Después le saludé un par de veces en mi parroquia de Caná. Siempre cordial y siempre poniendo cara de que era la primera vez que te veía. Que, con ya varias anteriores, cabría pensar que no es un buen fisonomista.
Pero, a lo importante. El cardenal Rouco es hoy la prueba del nueve. Se puede asegurar, al 99,99%, siempre hay algún despistado que no se entera de nada, que quienes combaten al arzobispo de Madrid, y con tanta saña, son los enemigos de la Iglesia. Conscientes muchos y bobos unos cuantos.
Creo que ese es el mayor de los servicios que nos está prestando el cardenal madrileño. Desenmascarar, por el odio a su persona, a quienes aborrecen a la Iglesia.