Publica "la lógica del don" con Ediciones Khaf Frances Torralba: "Cuando falta lo básico se ve quién está dispuesto a ceder una parte de su casa"

(Jesús Bastante).- El filósofo y consultor del Pontificio Consejo para la Cultura, Francesc Torralba, acaba de publicar "La lógica del don" (Khaf), un interesante ensayo sobre el darse, los talentos y la lucha por encontrar nuestra misión en este mundo marcado por la prisa y las posesiones. "La crisis nos pone a prueba", sostiene Torralba, quien sostiene que, pese a lo que pudiera parecer, "cuando falta lo básico se ve quién está dispuesto a ceder una parte de su casa". Personas que, aunque no lo creamos, existen.

-¿Cómo surgió este libro?
-Fue, en cierto modo, por una invitación de la editorial Khaf a escribir libremente sobre un tema. Yo les propuse que todo lo que estaba trabajando y leyendo tenía que ver con la lógica del don, y que éste podría ser el objeto formal del ensayo. Empecé a trabajar con él, me aceptaron el original, y ahora estoy muy contento con el formato y el estilo de la edición.

-En la portada vemos una mano ofreciéndose. ¿En eso consiste el don?
-Este libro está en un plano de frontera. Puede ser interpretado y leído, y ser muy interesante para personas religiosas, pero también para cualquier persona que quiera ahondar en lo que es el don. El don es eso que recibimos sin mérito. Por ejemplo, el hecho de existir. Es algo que hemos recibido sin haber conquistado. Un don es el talento. Lo que recibimos de entrada.
Pero, ¿qué hacemos con ese don? Lo podemos dilapidar, o podemos tratar de reconocerlo, identificarlo y desarrollarlo al máximo nivel. El libro es una presentación del modo de gestionar ese don.

-¿El don son todos los talentos?
-Tiene que ver. El primer don es la existencia. Uno se encuentra existiendo, y cuando se autoanaliza, se da cuenta de que tiene unos talentos. Hay quien tiene un talento musical extraordinario, hay quien tiene un talento lógico-matemático, un talento filosófico, talento de emprendedor... entonces, de lo que se trata es de reconocer ese don, y desarrollarlo. Mi tesis de fondo es que la felicidad radica más en ese darse al otro, en la capacidad de dar a los otros lo que uno es; que en recibir de los otros sus respectivos dones.
Normalmente tenemos una idea de felicidad que reside mucho en lo material y en la recepción: "Cuanto más recibo, más feliz soy". En cambio, yo lo que veo es que la gente más feliz es la que ha sido capaz de explorar cuál es su don, y darlo a la sociedad. Durante 50, 60 u 80 años, eso nadie lo sabe, porque el don de la vida es muy efímero. Pero, en todo caso, me parece que el tipo de búsqueda de la felicidad que se plantea en el libro es muy contracultural, quizá políticamente incorrecto.

-¿Vivimos en una sociedad muy materialista, muy pendiente del tener?
-Sí, eso es verdad. Estamos hundidos en una cultura del tener y del poseer, del aparentar y del acumular, que lo que genera es destrucción, desigualdades y formas de marginación social terribles. Pero, por otro lado, también hay mucha manifestación del don en la vida social. Yo me he interesado en mostrarlo. Hay personas que de un modo anónimo, invisible, sin titulares de televisión ni prensa ni radio, se dan. Y no me refiero sólo a las personas de vida consagrada, que son un ejemplo muy visible. También pienso en voluntarios, o en el mismo ejercicio de la paternidad y la maternidad. Quienes somos padres damos tiempo, consejo, y recursos materiales e inmateriales a nuestros hijos. Ese don entra también en lo que denominamos "la donación gratuita y generosa". ¿Qué sentido tendría la paternidad si, al final del proceso educativo, yo le dijera a mi hijo: "Antes de emanciparte, pasa por caja desde el primer pañal al último máster"? ¿Qué tipo de paternidad sería ésa, que pasa factura?
El don lo observamos en la familia, en la vida social, en organizaciones, en la amistad. Es verdad que la cultura del cálculo es lo que está impuesto, pero hay polos donde uno observa la práctica del don. Por lo tanto, también hay motivos para la esperanza, porque el don también está en la sociedad.

-¿Incluso en estos momentos de crisis de observa el don?
-La crisis nos pone a prueba. Es un tipo de experiencia que deja ver la madera del ser humano. Ya lo mostraron los supervivientes de los campos de concentración y exterminio: cuando un ser está en condiciones normales, no sabes exactamente qué cree o cuáles son sus convicciones; pero cuando le pones en una situación crítica, puedes ver claramente qué valores tiene. Por eso en situaciones de crisis hay, por un lado, un neo-individualismo atroz (la moral del superviviente: "los otros ya se apañarán"); pero también hay quien, en el campo, podría haberse quedado un trozo de pan para él, y en cambio lo partió e invitó a otros. Por tanto, la crisis al menos permite depurar qué tipo de ser humano tenemos delante, y eso es interesante, porque cuando todo está bien todo es muy cortés, pero también muy ambiguo. En cambio, cuando falta lo básico (el techo, la comida...) se ve quién está dispuesto a ceder una parte de su casa. La lógica del don también irrumpe en estos contextos. Aunque a veces subrayemos más el egoísmo o el egocentrismo.

-¿Pero si el don parece algo visceral, de sentimientos... qué significa su "lógica"?
-Yo lo que quiero demostrar es que no sólo el cálculo tiene lógica. Muchas veces pensamos que quien da generosamente es un estúpido, es un hombre irracional como San Francisco de Asís, que se fue desnudo. Por eso Chesterton decía "el loco de Asís". Pensamos que quien da una gran propiedad a una ONG para que pueda desarrollar un programa, es un insensato. Y, en cambio, pensamos que el que calcula qué puede sacar de los demás es el que tiene racionalidad. Por eso quiero mostrar que también hay una lógica del don, que es la lógica del corazón, la que no busca el interés personal, sino el desarrollo social, colectivo, de la comunidad. Me parece que hay que legitimar esta racionalidad de los que son movidos por el don. Porque lo que impera es la racionalidad instrumental, lógica, estratégica, o de cálculo.
Esta expresión, "la lógica del don", está en Cáritas in Veritate, de Benedicto XVI. Muchos filósofos franceses habían hablado de esto también, de que darse es una racionalidad distinta, pero una racionalidad. Por eso quiero mostrar que, viviendo así, se genera un clima de felicidad personal en el entorno, que de la otra forma.

-Bendita locura, entonces, la de Asís y la de los que dejan su vida y sus talentos al servicio de los demás.
-Por supuesto.

-¿Cómo entiende la Iglesia (tanto a nivel de jerarquía como de comunidad de creyentes) este don?
-También en ella operan las dos racionalidades. La Iglesia no es una comunidad de seres inmaculados y puros, sino que, como pueblo que peregrina, también calcula cómo tener más cotas de poder político, económico o social. La lógica del don no es patrimonio de ninguna tradición. Se observa en el budismo, en el cristianismo, en el humanismo agnóstico y ateo... No es una propiedad que se desarrolle solamente en un cenáculo. Ni hablar. Lo que pasa es que la Iglesia, como comunidad que expresa el Evangelio, tiene la responsabilidad de dar a conocer esa lógica, y por tanto, se le exige una credibilidad. Que lo que diga sea coherente con lo que hace. Si no, pierde autoridad moral. Entonces, yo creo que múltiples organizaciones eclesiales (del ámbito social, educativo... y sobre todo en el ámbito penitencial u otros ámbitos de la marginación), son verdaderas expresiones de ese don.

-¿Qué le recomendaría a alguien que estuviera comenzando el proceso de búsqueda de su don? Aunque el suyo no sea un libro de autoayuda, ¿hay pasos a seguir?
-Por supuesto que no es un libro de autoayuda, pero sí hay pasos. Afortunadamente, esto se puede verificar: cuando una persona se da a sí misma, es decir, da sus conocimientos, sus saberes o sus habilidades a otro; experimenta inmediatamente un gozo. Porque observa que eso que da, beneficia al otro. La enfermera que ha ayudado a una persona a tener menos dolor, ha dado un don que también a ella le genera un bien. El profesor que ayuda a un alumno a entender un problema con el que estaba atascado, siente un gozo, un buen estado de ánimo. Es lo que los griegos denominaban "eudaimonía", una especie de felicidad interna.
Si le dices a un estudiante que vaya una tarde por semana a una asociación a ayudar a un niño inmigrante que tiene problemas de alfabetización, puede pensar que es una pérdida de tiempo, que mejor sería aprender alemán, o inglés o francés. Pero, si practica el don, tendrá un bienestar interior como consecuencia de ello. Yo lo he verificado como voluntario. Todos los voluntarios te dicen que reciben más de lo que dan. Lo que reciben es intangible. Por lo tanto, yo creo que una persona, si en la medida que se va formando aprende a "ararse", experimentará un tipo de gozo interno. También será estigmatizado, le dirán que no tiene que hacer eso, que es lo mismo que le pasó a San Francisco de Asís.

-¿El don es como la comunicación, que requiere un emisor y un receptor? ¿Hay que saber recibir tanto como saber dar? ¿Hay que saber dejarse ayudar además de saber ayudar?
-Totalmente. El diálogo es una práctica de la hospitalidad. La palabra del otro es un don que yo recibo. Puedo escupirla, o impermeabilizarme porque me inquieta. O puedo hospedarla dentro de mí para reflexionar, pensar y responder. De hecho, la vida espiritual cristiana la vemos como la recepción de un don. La fe la concebimos como un don, porque uno no hace méritos para tenerla. La recibes y la vas madurando, como cuando escuchas de niño la parábola del hijo pródigo en la iglesia. Con el tiempo lo vas procesando en distintos niveles de profundidad. Y eso genera una respuesta distinta. La vida espiritual, sobre todo, se caracteriza por esa apertura, esa capacidad de acoger una palabra que a veces es muy incómoda, porque me recuerda qué tipo de vida tengo.
Cuando uno lee las "Confesiones" de San Agustín, ve cómo él tenía la sensación de estar muy lejos del hombre que debía ser. Y que la palabra inquietante era una herida, pero a la vez un cambio, una metanoia, una conversión. Eso es lo que llamamos al diálogo personal con Dios: una palabra y una respuesta.
La fe es un don, como la existencia. Un don desigualmente repartido. ¿Por qué unos lo tiene y otros no? ¿Por qué unos existen y otros no llegarán a existir? Yo, aunque lo intentara, no seré nunca Antonio Gaudí. Mi don no es esa creatividad arquitectónica. En ese sentido, el don de la "arquitectura genial" está muy desigualmente repartido en el mundo. Lo grande de un genio es que es capaz de identificar su don, y entregarse a él. Por eso dejan gran belleza para todos. Su gran don.

-Si no todos tenemos los mismos talentos, ¿tampoco tenemos las mismas funciones, las mismas responsabilidades? ¿Hasta qué punto se nos puede exigir esa responsabilidad como creyentes, de devolver las mismas oportunidades que nos han dado?
-La parábola de los talentos es muy clara, y además es dura. No hay una especie de solución sentimentaloide: se exige que los dones sean trabajados y desarrollados al máximo nivel. Eso requiere lo que yo denomino en el libro "autoconciencia del don". Saber si tengo un talento futbolístico o talento para el humor. Necesitamos personas que hagan reír. Esto lo dice Santo Tomás en la Summa Teologica: la legitimidad de la vida cómica. Cada cual tiene que descubrir para qué está hecho, hacia dónde va le teleología de su existencia, la misión. Nadie sabe el tiempo que tenemos para desarrollar nuestro don. San Agustín lo dice: "Todos vamos a morir, pero no sabemos cuándo". Pero sí que podemos descubrir durante ese periplo cómo dar nuestro don trabajado a la sociedad y a la historia.
En la literatura encontramos genios que nos dieron su creatividad. Nosotros podemos gozar se Shakespeare, de Dostoievski, de Tolstoi... Otros nos dieron ejemplos de santidad, como San Juan de Dios. Cada cual tiene que descubrir cuál es su don, y no tratar de emular. Querer ser como otro es terrible, porque trae envidia, celos, resentimiento. Yo no puedo jugar como Messi y no puedo pintar como Picasso.

-¿Quiere decir eso que lo que tú puedes hacer no lo puede hacer nadie como tú?
-Ésa es una idea muy nuclear en la antropología cristiana: que cada ser es único e irrepetible en la historia. No ha habido antes nadie como él. Por eso, si uno no desarrolla sus capacidades, hay un talento que se pierde para siempre. Eso significa que no habrá una repetición. No habrá un clon de Miguel Ángel en el 2025. Será otro artista, pero no Miguel Ángel. Por tanto, si no dio todo lo que podía, se perdió. El don que no se da, se pudre. Es como la semilla de roble que cae en una superficie de asfalto. Si no cae en la tierra adecuada, no desarrolla tallo ni árbol. Por eso tenemos que crear estructuras de acogida para niños, mujeres, personas en situación de vulnerabilidad social... Ésa es la responsabilidad de la Iglesia, que la ha hecho históricamente. Muchas instituciones eclesiales, en su vertiente educativa, llegaron donde el estado no llegaba. Recogieron a niños para poder desarrollar sus talentos. Habrá críticas sobre cómo se hizo, cuándo, si hubo sexismo. Pero al menos se dieron oportunidades que el estado no tenía posibilidad de dar.

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La gente más feliz es la que ha sido capaz de explorar cuál es su don, y darlo a la sociedad
Estamos hundidos en una cultura del tener y del poseer, del aparentar y del acumular
Hay personas que de un modo anónimo, sin titulares, se dan
La crisis nos pone a prueba
Cuando falta lo básico se ve quién está dispuesto a ceder una parte de su casa
Quiero demostrar que no sólo el cálculo tiene lógica
Es fundamental poder mostrar públicamente los dos rostros que forman la Iglesia
Cáritas convive en la Iglesia junto a lógicas egocéntricas y tiránicas que no se corresponden con el Evangelio
Cuando se presenta sólo una parte, se muestra de modo muy sesgado la realidad compleja de la Iglesia
Lo que reciben los voluntarios es intangible
Lo grande de un genio es que es capaz de identificar su don, y entregarse a él
El don que no se da, se pudre

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