Se cumple un siglo de la redacción final de “La Misa sobre el Mundo” Pierre Teilhard de Chardin y Émile Licent, jesuitas científicos, en Ordos (Mongolia Interior) hace cien años

Pierre Teilhard de Chardin
Pierre Teilhard de Chardin

Era el día 6 de agosto de 1923, fiesta de la Transfiguración del Señor, de la que era muy devoto Teilhard. En un arrebato místico, el jesuita Pierre Teilhard de Chardin, de 42 años, doctor en Ciencias Naturales, filósofo, místico y poeta, científico y pensador, redacta este precioso texto

Hace cien años, el jesuita paleontólogo y místico Pierre Teilhard de Chardin, recién llegado desde Francia a China, acompañó al padre Èmile Licent a una expedición geológica a Mongolia. 

Uno de esos días de duro trabajo era el 6 de agosto, el día de la Transfiguración, festividad muy “teilhardiana”. No tenían pan ni vino para la Eucaristía y entonces Teilhard declama en voz alta “La Misa sobre el Mundo” que había escrito para ese día. Este texto era una adaptación de “El Sacerdote”, escrito por Teilhard en el año 1918 y que declamaba cuando fue camillero en la primera Guerra Mundial y no podía celebrar la misa. Se trata, sin duda, de dos textos semejantes y bellísimos.

Con ocasión de la redacción del texto de “La Misa sobre el Mundo”, firmada en el mismo desierto de Ordos por Teilhard, se acaba de publicar la edición castellana de un comentario que es clásico:

Portada del libro La misa de Teilhard
Portada del libro La misa de Teilhard

Thomas M. King, SJ.   La Misa de Teilhard. Una aproximación a «La Misa sobre el Mundo».  Sal Terrae, Cantabria, 2022, Colección: El Pozo de Siquén – 451, 231 pág. Traducción: Beatriz Muñoz Estrada-Maurin. Revisión y edición de Leandro Sequeiros.  ISBN: 978-84-293-3068-7

La memoria del centenario de la composición de esta obra espiritual, mística y poética, desde la Asociación de Amigos de Pierre Teilhard de Chardin surgió la iniciativa de traducir y publicar dentro del Grupo Editorial Loyola este libro del jesuita padre Thomas M. King, La Misa de Teilhard. Aproximación a La Misa sobre el Mundo.

Este ensayo del padre King, escrito también con pasión, sitúa en un escenario adecuado el pensamiento de Teilhard sobre el sacerdocio (téngase en cuenta que el ensayo teilhardiano “El Sacerdote” se redacta en el frente de batalla en 1918). El sacerdocio y la Eucaristía atraviesan en gran parte la espiritualidad de Teilhard y se suele considerar a “La Misa sobre el Mundo” como una reelaboración de “El Sacerdote” redactada en condiciones extremas.

El jesuita Thomas M. King, fue un defensor de Teilhard

Pero en esta presentación es imprescindible decir algo sobre su autor, el padre jesuita Thomas Mulvihill King que había nacido el 9 de mayo de 1929 en Pittsburg (Pensilvania), y falleció de súbito infarto de corazón el 23 de junio de 2009 en Washington, DC., con 80 años de edad.

Thomas M. King fue durante gran parte de su vida profesor de teología en la prestigiosa Universidad jesuita de Georgetown (Washington), la universidad católica más antigua de EEUU (fundada en 1789). 

King ingresó a la Compañía de Jesús en 1951 después de completar sus estudios universitarios en inglés en la Universidad de Pittsburgh. Ya como jesuita, llevó a cabo más estudios en la Universidad de Fordham y fue ordenado un católico sacerdote en 1964. 

Después de completar un doctorado en Teología en la Universidad de Estrasburgo en 1968, King comenzó a enseñar en Georgetown. Firme Defensor de las ideas de Teilhard (en una época en que era puesto en entredicho), fue Miembro de la American Teilhard Association, y publicó varios libros sobre Pierre Teilhard de Chardin, entre ellos Mysticism of Knowing de Teilhard (1981), Teilhard and the Unity of Knowledge (1983), Teilhard de Chardin (1988), The Letters of Teilhard de Chardin and Lucile Swan (1993) y Teilhard's Mass (2005) que aquí presentamos. 

Sus otras obras incluyen entre otros títulos los siguientes: Sartre and the Sacred (1974), Enchantments: Religion and the Power of the Word (1989), Merton: Mystic at the Center of America (1992) and Jung's Four and Some Philosophers (1999). También escribió la introducción para una nueva traducción de 2004 de Sion Cowell de The Divine Milieu de Teilhard

El comentario de Thomas M. KIng a “La Misa sobre el Mundo”

Cada capítulo de este libro, La Misa de Teilhard. Una aproximación a “La Misa sobre el Mundo”,  tiene una naturaleza diferente: el primero será biográfico, el segundo tratará de la manera en que Teilhard comprendía el método científico, el tercero será científico, el cuarto será un poco más complejo, pues intentará proveernos de una visión general de la filosofía de Teilhard como contexto necesario para comprender su oración, el quinto va a centrarse en algunos fragmentos de «La Misa» de Teilhard, el sexto considerará la adoración y el séptimo su obra apostólica.

La Misa sobre el Mundo de Pierre Teilhard de Chardin es un texto clásico para conocer el pensamiento del jesuita francés. Se ha escrito mucho sobre cómo se gestó este texto. Sin embargo, el texto no es del todo improvisado. 

Teilhard había redactado una primera versión de La Misa sobre el Mundo, titulada Le Prêtre, en julio de 1918, en el bosque de Laigue (publicada en Escritos del tiempo de la Guerra, tomo XII de las Obras, p. 313 ss). 

Cómo se gestó el texto de “La Misa sobre el Mundo”

Pero existen versiones primitivas del texto, especialmente el ensayo titulado «El sacerdote» que escribió en 1918 mientras servía como camillero del ejército francés durante la Primera guerra mundial. En esa época, como le ocurrirá más tarde con «La Misa», se había visto forzado a ofrecer una Misa espiritual no teniendo nada más que ofrecer: «Ya que hoy no tengo, Señor, yo que soy vuestro Sacerdote, ni pan, ni vino, ni altar, voy a extender mis manos sobre la totalidad del Universo, y tomar su inmensidad como materia de mi sacrificio…».[«El sacerdote» (1918), En: La gran Mónada. Escritos del tiempo de la guerra, 1918-1919.Trotta, Madrid, 2018, pág. 81].

Teilhard reflexionó en La Misa sobre el Mundo sobre la irradiación de la Presencia eucarística en el Universo. Ciertamente que no confundía esa Presencia, fruto de la transustanciación propiamente dicha, con la Presencia universal del Verbo. Su fe en el misterio de la Eucaristía no era solo ardiente: era tan precisa como firme.

Teilhard concluyó el texto manuscrito de «La Misa sobre el Mundo» con las palabras «Ordos, 1923». Con ello, daba a entender que la había escrito en el desierto de Ordos durante su primera expedición en China.

Durante los años de camillero durante la primera Guerra Mundial, escribió numerosos textos espirituales y místicos. Pese a que ninguno de los textos de esta época se refiere específicamente a la Misa, Teilhard redactó cada uno de ellos con un profundo sentido de su propio sacerdocio sacramental. 

En «La Misa sobre el Mundo», habla de una «extensión del sentido» de la Eucaristía. Más tarde desarrollará lo que podríamos llamar una «extensión del sentido del sacerdocio» al afirmar que cada «cristiano [tiene] una vocación santa, sacerdotal» [«Nota para servir a la evangelización de los nuevos tiempos» En: La gran Mónada. (ya citada), páginas 151-165].

El sentido del sacerdocio en Teilhard

 En otros pasajes se ve claramente cómo Teilhard dilata el sentido del sacerdocio: «El Mundo, la Vida (nuestro Mundo, nuestra Vida) están, sí, en nuestras manos, en las de todos, como una hostia, dispuestos a llenarse de influencia divina» [El Medio divino]. 

Lo que Teilhard veía es que estamos todos inmersos en una gran Misa, una Misa que no es sino nuestra vida y nuestra muerte. Es decir, con nuestra oración ofrecemos nuestro mundo a Dios; Él recibe nuestra ofrenda haciendo de ella su propio cuerpo y su sangre, y con esas palabras la consagra. Así entiende Teilhard la oración cristiana. Tras haber experimentado esta oración, nuestra vida activa se convierte en un acto de comunión extendido, una comunión que en última instancia integra nuestra muerte.

Mas esa fe en el misterio eucarístico era justamente lo bastante fuerte y lo bastante realista como para permitirle descubrir las consecuencias o, como él decía, las prolongaciones y las extensiones de esa fe. En un tiempo en el que el individualismo enmascaraba aún de ordinario sobre este punto la enseñanza total de la tradición católica, escribía (era el mismo año en que redactó La Misa sobre el Mundo):

“Cuando Cristo desciende sacramentalmente a cada uno de sus fieles, no lo hace sólo para conversar con él (…), cuando dice, por mediación del sacerdote: Hoc est enim Corpus meum, estas palabras desbordan el trozo de pan sobre el que se pronuncian: hacen que nazca el Cuerpo místico entero. Más allá de la Hostia transustanciada, la operación sacerdotal se extiende al Cosmos mismo (…). La Materia entera experimenta lenta e irremediablemente, la gran Consagración” […]

Ya en 1918 escribe en “El Sacerdote” algo parecido.

Es la Consagración del Cosmos entero. Teilhard “se muestra aquí preocupado sobre todo por conferir a su Misa cotidiana una función cósmica y dimensiones planetarias (....). Por supuesto que todo esto, en su pensamiento, viene a incorporarse al sentido teológico más ortodoxo de la Sagrada Eucaristía” (Nicolás Corte, “La vie et l´âme de Teilhard de Chardin”, Fayard, París, 1957, p. 61)

El trabajo científico de Teilhard mientras redactaba «La misa sobre el Mundo» 

«Incluso en la cima de mi trayectoria espiritual, solo me he sentido como en casa estando inmerso en un Océano de Materia».

Tomado de Thomas M. King, SJ.  La Misa de Teilhard. Una aproximación a «La Misa sobre el Mundo».  Sal Terrae, Cantabria, 2022, Colección: El Pozo de Siquén – 451, capítulo 3 (231 pág)

En la época en que Teilhard trabajaba en el Museo de París, un jesuita de la provincia de Lille, Emile Licent, comienza a enviar al museo los fósiles que encontraba en China. Boule se los remite a Teilhard, quien entabla una correspondencia con Licent. 

Como Teilhard, Licent había albergado desde niño una pasión por la historia natural; más adelante, convertido ya en un joven jesuita, empezará a acariciar la idea de instalar un centro cristiano de estudios científicos en China. Algunos le describían como un hombre adusto y dictador, pero también se le consideraba una persona honesta, que trabajaba duro y que supo adaptarse con éxito a la vida en China: aprendió el idioma (algo que Teilhard nunca haría) y estableció relaciones eficaces con los trabajadores, los señores de la guerra y los bandidos errantes. 

Licent había llegado a China en 1914 con un doctorado en ciencias (entomología), y con la idea de convertirse en geógrafo, geólogo, naturalista y etnógrafo. Era un aguerrido coleccionista y creó un museo de tres pisos en Tianjin. En el verano de 1922, siguiendo los consejos de unos misioneros belgas, emprende el camino hacia el desierto de Ordos en cuyos sedimentos encontrará una gran cantidad de herramientas humanas primitivas. Ordos está rodeado al sur por la gran muralla China y al norte, este y oeste por el río Amarillo (está situado dentro del gran meandro del Amarillo). De oeste a este abarca unos 300 o 400 km, y está constituido por densas capas de loess principalmente amarillo (partículas transportadas por el viento y solidificadas con el paso del tiempo) sobre una base de rocas sedimentarias endurecidas de la época de los dinosaurios.

En esta zona, Licent encuentra, en 1922, unas herramientas de piedra primitivas que extrae de las paredes de un cañón excavado por el Sjara Osso Gol (que en lengua mongola quiere decir «aguas amarillas», y que es un afluente del río Amarillo). Envía varias de esas herramientas y otros materiales a París, para que los estudien en el museo; se trataba del primer hallazgo de indicios de vida humana primitiva en China. 

Según Licent, también había encontrado, en esa misma zona, un fémur humano fosilizado y un pequeño fragmento de hueso con marcas humanas, pero como no habían sido hallados in situ, no tenían tanto valor. Planeando volver a Ordos el verano siguiente, Licent invitará a Teilhard a que se una a la expedición. Este, tras solicitar la autorización de sus superiores jesuitas, aceptará. El Museo de historia natural y el Ministerio de instrucción pública patrocinarán la expedición y el museo, a cambio de obtener los mejores fósiles, la financiará.

Pierre Teilhard de Chardin
Pierre Teilhard de Chardin

Mientras Teilhard preparaba su viaje en 1923, Licent le envía un telegrama para advertirle del aumento de bandidos en la región y de que los riesgos eran cada vez mayores; le sugirió que desistiera. Haciendo caso omiso de la advertencia, 

Teilhard zarpará de Marsella el 6 de abril de 1923 y llegará a Tianjin el 23 de mayo. Lo primero que hará será inspeccionar brevemente el material que Licent coleccionaba en su museo; los especímenes más importantes eran unas herramientas y otros objetos hallados durante el verano de 1922. 

Una vez juntos, deciden dar un rodeo para evitar los bandidos, la sequía y las epidemias. «Las autoridades chinas han aceptado concedernos los pasaportes y nos han explicado claramente que se lavaban las manos respecto de lo que pudiera sucedernos». 

De este modo, el 11 o el 12 de junio de 1923, Teilhard y Licent se embarcan en un tren desde Tianjin con destino a Pao T’eou, término de la línea. Una vez allí, Licent contratará obreros, comprará animales de carga y se encargará de organizar el viaje. Se pusieron en camino con dos mulas, tres burros, cinco mulateros, dos sirvientes y una escolta militar. Por culpa de los bandidos y de la sequía, tendrán que tomar el camino que rodeaba el río Amarillo sin cruzarlo, en dirección oeste-noroeste. 

Esta ruta les permitió estudiar dos cadenas montañosas, el Oula Chan y el Scheiten Oula. Descubrieron que ambas cumbres estaban formadas por capas de rocas precámbricas plegadas en la capa cristalina con un ángulo de unos 80º. Tras atravesar dichos macizos, siguieron el curso del Río Amarillo hacia el oeste para luego girar al sur y llegar hasta una misión francesa, St Jacques de San Tao Ho; aquí, Teilhard detecta una masa de arcilla roja del Mioceno (7 a 2,6 millones de años) bajo una capa de loess gris del Cuaternario (último millón de años), 

A continuación, la expedición cruza el Río Amarillo y penetra en el Ordos. Aquí encontrarán un raspador y unos fragmentos de cuarcita roja que podían haber sido herramientas; los hallaron en el suelo, pero no in situ.

Cuando atraviesan dos nuevas cadenas montañosas, el Arbous Ulla y el Yinze Chan, descubren que los macizos estaban constituidos por unos anticlinales más abruptos hacia el este, y que las rocas carboníferas allí presentes contenían algunos estratos intermedios marinos. Los exploradores proseguirán su viaje hacia el sur. 

El 22 de julio de 1923, después de haber cruzado la Gran Muralla, mientras avanzaban hacia el este en paralelo a ella, descubrirán a 25 kilómetros al este de Houng Tch’eng el primer hogar prehistórico (campamento) encontrado en China: «un típico hogar paleolítico cuyos depósitos estaban perfectamente estratificados». 

Se encontraba a unos 12 metros de profundidad en el loess, en una pared rocosa de 25 metros de altura. Alrededor del hogar hallaron cientos de piedras talladas o en fragmentos, de las cuales pudieron recoger una gran cantidad. 

Entre las herramientas había puntas y raspadores de cuarcita, de psamita, de rocas calizas silíceas. Según Teilhard, estas herramientas eran comparables a las musterienses (una industria lítica básicamente sobre lascas, que solía relacionarse con los Neandertales de Europa) o a las del Auriñaciense arcaico (que comenzó hace unos 40 000 años y que está asociado con los Cromañones de Europa). Sin embargo, también encontraron pequeños sílex tallados de manera más refinada. 

«Encontramos por doquier en el suelo, entre las capas de loess erosionado, piedras talladas del Paleolítico». Entremedias había igualmente huesos rotos y quemados (los huesos habían sido quebrados para extraer el tuétano). En su mayoría, eran huesos de asnos salvajes, pero también de hienas, de antílopes y de bisontes; la presencia de cáscaras de huevo de avestruz les llevó a pensar que eran restos de comidas. 

Las investigaciones más recientes sobre el «Hombre de Ordos» nos enseñan que vivió hace unos 35 000 años. En una superficie de un kilómetro a la redonda, descubrieron otros cuatro hogares, más pequeños que el primero. Eran los primeros campamentos prehistóricos encontrados en Asia, y como tales, su descubrimiento fue un acontecimiento capital.

Teilhard y Licent proseguirán la expedición hacia el este, al sur de la Gran Muralla. Volverán a cruzarla para introducirse de nuevo en Ordos y llegarán a Sjara Oso Gol (su objetivo original) a principios de agosto de 2023. 

Teilhard
Teilhard

«En absoluto me arrepiento de nuestra odisea de seis semanas a lomos de mula a través de montañas y desiertos… hicimos unos descubrimientos geológicos y paleontológicos importantes —e inesperados—, que probablemente tengan mucho más valor que los huesos de rinocerontes, caballos y diversos animales que estamos extrayendo ahora de los acantilados del Sjara-Oso-Gol». 

En las paredes del cañón, al norte de Siao K’iao Pan, en la parte inferior de una formación del Cuaternario, hallarán piedras talladas del paleolítico, a unos 70 metros por debajo de la llanura de Ordos, a ambos lados de lo que Teilhard bautizará como «un curioso Riachuelo» —el Sjara Oso Gol, un río con apenas 1000 años de antigüedad, pero que ya había excavado en las capas de loess un cañón de unos 70/80 metros; a ambos lados del cañón, en las paredes, quedaban al descubierto abundantes fósiles. Algunos cañones alcanzaban una profundidad de unos 200 metros.

Los mongoles vivían en cuevas a ambas orillas del río. A esas alturas, los miembros de la expedición pasaban la mayor parte del tiempo alojados en tiendas; en una de sus cartas, Teilhard comenta que vivían en las estepas (en «La Misa sobre el mundo» habla de las estepas de Asia; es muy probable que la escribiera entonces). Permanecerán en esa zona veinticuatro días, explorando entre los cañones —en ningún lugar se quedaron más tiempo que aquí. Emplearán a unos veinte obreros, la mitad de origen chino y la otra mitad mongol. Encontraron muchas piedras talladas y una cantidad impresionante de huesos quebrados de animales, todos ellos inmersos en capas endurecidas de arcilla azul. 

Los pedazos de piedras que encontraron en esa zona impresionan por su reducido tamaño, debido probablemente a que en este área no se encontraban piedras más grandes; el tipo de utillaje que encontraron aquí correspondía a las herramientas consideradas menos elaboradas. 

A pesar de ello, uno de los raspadores medía 5 x 7 centímetros; la mayoría de las herramientas estaban hechas de cuarcita negra y dura. Los numerosos huesos de animales que encontraron —se trataba probablemente de deshechos alimenticios— estaban altamente fosilizados y pertenecían a treinta y tres especies diferentes de mamíferos y once especies de aves. 

También encontraron una gran cantidad de cuernos (trescientos pertenecientes a gacelas), que aparecían fracturados de manera intencional para servir de asideros para las herramientas. En lo que respecta a los restos humanos, hallaron dos fémures y un hueso de la parte superior del brazo que, desgraciadamente, no encontraron in situ. Gran decepción para los investigadores, puesto que el objetivo principal de su trabajo era encontrar huesos o dientes humanos. (En los años 1978-1980, la Academia china de las ciencias organizará una importante expedición al mismo asentamiento y encontrarán diecinueve huesos fosilizados o parciales del Hombre de Ordos). 

Tras veinticuatro días de trabajo en esa zona, Teilhard escribe: «Pienso que echaré de menos el campamento del Chara-O-Gol [sic], su ambiente sereno y pintoresco en donde se puede vivir con gran libertad, sin más atuendo que una túnica china».

A continuación,Teilhard y Licent volvieron a cruzar la Gran Muralla hacia el sur y llegaron a You Fang T’eou. Aquí encontrarán un tercer asentamiento a unos 90 km al sur del lugar en el que habían estado excavando hasta entonces. 

En este yacimiento encontraron pocas herramientas, solamente seis y de tamaño reducido; las hallaron a unos 160 metros por debajo de la capa superior de loess. Las herramientas parecían más primitivas que las que habían encontrado en los otros dos yacimientos. 

En una expedición anterior de1920, Licent había encontrado herramientas similares en otro yacimiento, a unos 80 kilómetros más al sur, pero esta vez no llegaron hasta allí. El 9 de septiembre, Teilhard escribe: «Vamos a intentar emprender el camino de vuelta dentro de cuatro días con más de 30 cajas con destino a Ning Hia; haremos la travesía en barca sobre el río Huang Ho [Río Amarillo]. De camino, nos gustaría hacer más excavaciones en el hogar». 

Se refería al asentamiento que habían localizado anteriormente; en su viaje de vuelta, encontraron algunas herramientas más, pero nada que tuviera especial relevancia. 

Teilhard no tarda en escribir a un amigo contándole que está planeando «introducirse en lo más profundo de las hendiduras de la montaña, allí donde nuestra roja Tierra se abre como carne herida bajo espesas capas de gris». 

La Tierra como carne: he aquí una imagen que se convertirá en uno de los temas principales de «La Misa sobre el Mundo». En la zona que rodeaba el primer hogar primitivo que encontraron, las capas de loess reposaban sobre una tierra roja; en su camino de vuelta encontrarán más tierra roja en la orilla derecha del río Amarillo.

 En Ning Hia embarcarán todo el material en una amplia barcaza y navegarán corriente abajo hacia Pao T’eou; allí trasladarán todas las cajas de material a bordo de un tren con destino a Tianjin.

De vuelta a Tianjin, Teilhard comienza a estudiar los fósiles hallados y decide que lo mejor es quedarse en China un año más para proseguir su investigación y seguir buscando huesos humanos prehistóricos. 

Escribe a Marcellin Boule para solicitar más ayuda y también al rector del Instituto católico en donde había estado enseñando, y les pide permiso para quedarse hasta el verano de 1924. Boule está de acuerdo con que es mejor esperar un año más antes de volver a Francia y logra, muy impresionado por el material que les ha enviado Teilhard, que el museo patrocine la expedición un año más. 

El rector del Instituto también le concede permiso para ausentarse un año más. Teilhard y Licent planean volver a Ordos al verano siguiente; sin embargo, probablemente debido a un aumento de la actividad de los bandidos, deciden finalmente explorar otra zona nueva, más al noreste. En este lugar harán descubrimientos menos importantes; ambos redactarán y publicarán varios informes sobre sus hallazgos. 

Los dos primeros fueron «Sobre la geología de la frontera septentrional, occidental y meridional del Ordos» y «Sobre el descubrimiento de una industria paleolítica en China septentrional», ambos publicados en el Boletín de la Sociedad geológica de China, volumen II, 1924. 

También se pueden encontrar estos artículos y otros relativos a la expedición de 1923 en los volúmenes II y III de la Obra científica de Teilhard. Véase especialmente: «Observations géologiques sur la bordure occidentale et méridionale de l’Ordos» [Observaciones geológicas sobre el límite occidental y meridional del Ordos], informe presentado por Teilhard y Licent en Pekín, en febrero de 1924; «Observations complémentaires sur la Géologie de l’Ordos» [Observaciones complementarias sobre la geología de Ordos], en el que encontrarán gran cantidad de fotografías. Para un informe más exhaustivo, véase Le Paleolitique de la Chine, volumen III, julio de 1928.

En 1934, J. Gunnar Anderson redactará un informe en el que recopilará todos los trabajos geológicos y paleontológicos llevados a cabo en China hasta esa época. En la obra, dedica un capítulo entero al trabajo de Licent y Teilhard, y lo concluye con las siguientes palabras: «El hallazgo del hombre paleolítico en el desierto de Ordos, obra de los dos científicos franceses, fue un logro científico ejemplar y especialmente brillante en todos los aspectos (…). El triunfo de ese descubrimiento que hizo historia es el fruto tanto del entusiasmo y de la iniciativa de Licent, como del rigor y de la perfección del método científico de Teilhard».

La introducción de Thomas M. King al comentario de “La Misa sobre el Mundo”

En la introducción que redactó Thomas M. King para este volumen, escribe: Comentando el significado cósmico de la Misa, Teilhard habla de las «Extensiones de la Eucaristía». Es decir, la Hostia de pan «se va envolviendo cada vez más íntimamente en otra Hostia infinitamente más grande, que no es nada menos que el Universo entero (…). 

Así, cuando pronunciamos la fórmula: “Hoc est Corpus meum”, “hoc” se está refiriendo “primario” al pan. Pero, “secundario”, en un segundo tiempo de la naturaleza, la materia del sacramento es el Mundo mismo, en el que se expande, para perfeccionarlo, la presencia sobrehumana del Cristo universal. El Mundo es la Hostia definitiva y real en la que Cristo desciende poco a poco hasta la consumación de los tiempos».

La traducción de este interesante ensayo interdisciplinar sobre La Misa sobre el Mundo ayuda a entender mejor el pensamiento teilhardiano y su espiritualidad.  En el capítulo 5 del libro se ofrecen algunos comentarios a textos de Teilhard. Un esbozo de la filosofía, de la teología y de la espiritualidad de Teilhard.

En sus dos ensayos sobre la Misa —«El sacerdote» y «La Misa sobre el Mundo»— Teilhard solo va a tomar en consideración la parte sacramental, es decir, comenzará con el ofertorio y omitirá la Liturgia de la Palabra. Hacia el final de su vida, en las notas que redactaba durante sus retiros, hará breves alusiones a su deseo de escribir un ensayo en el que incluiría la Liturgia de la Palabra. Sin embargo, nunca llegará a escribirlo. 

«Te ofreceré (…) el trabajo y la pena del mundo».

En cada Misa, se hace una ofrenda doble: el pan y el vino. Sin pan ni vino,  Teilhard va a ofrecer el trabajo (pan) y la pena (vino) del mundo. Más adelante, el pan será la cosecha del esfuerzo renovado de cada día, y el vino, la savia de los frutos molidos de la Tierra; ambos serán también las esperanzas y las miserias de la Tierra. La cosecha es el crecimiento del mundo; la savia, su disminución. El pan contiene todo lo que está a punto de «germinar, crecer, florecer y madurar en este día», mientras que el vino es «toda muerte que se prepara a roer, a ajar, a cortar». 

Teilhard lo explica en una de sus cartas: «La verdadera sustancia que cada día debe ser consagrada es el desarrollo del mundo durante ese día; el pan simboliza de manera apropiada todo lo que la creación logra producir, el vino (la sangre) todo lo que la creación pierde, en su labor, de agotamiento y sufrimiento» [Cartas de Viaje].

Ambos elementos representan el crecimiento y la disminución de los que tanto habló Teilhard, y corresponden a los dos procesos fundamentales que ocurren, cada día, en el universo: evolución y entropía. 

La evolución es la edificación de una estructura y la entropía es su desintegración. Los científicos afirman que la entropía del universo aumenta cada día, y que cuando hayan pasado billones de años, las estructuras estarán tan desmoronadas que toda vida cesará y el universo alcanzará su «muerte térmica». 

Sin embargo, en «La Misa sobre el Mundo» de Teilhard, Dios va a encarnarse tanto en el crecimiento del mundo (cuerpo) como en sus disminuciones (sangre). A través de ambos, Dios conducirá a la Tierra más allá de sus disminuciones hasta la vida eterna. Teilhard suele hablar de Dios presente en el «Devenir» o en los «Desarrollos»; ambos términos sugieren un proceso. Fundamentalmente, hay dos procesos: progreso y accidente. El pan y el vino ofrecidos corresponden a estos dos elementos. 

Cada día, en «La Misa» de Teilhard, se ofrecen y consagran a Dios dos movimientos fundamentales identificados por la ciencia contemporánea: la evolución como movimiento del orden, y la entropía como movimiento del caos.  

En algunas antiguas liturgias podemos encontrar similitudes con la ofrenda y la consagración del pan; en ellas se consideraba a Dios como Aquel que pone orden en el caos. Los exégetas encuentran ecos de este tema en los salmos que hablan de la entronización de Dios: «El Señor es rey: Él afianzó el mundo, y no vacilará» (Sal 96,10). 

El mundo se ordena cuando se establece el dominio de Dios. Probablemente, esto es lo que querían simbolizar los signos cósmicos que ornamentaban las vestiduras del sumo sacerdote judío, a imitación de los babilonios. Este pueblo creía que Marduk (el orden) había salido victorioso de su combate con Tiamat (el caos), para que «el mundo quede afianzado». 

Por ello, en el Antiguo Testamento, el libro del Génesis narra la creación como el instante en que Dios da orden y forma al caos («Al principio (…) la Tierra era un caos informe»). De manera similar, Teilhard consideraba que Dios sigue ordenando el mundo, cada vez más intensamente, a medida que avanza la evolución; y de esto precisamente trata «La Misa sobre el Mundo». 

En ella, Teilhard ve la evolución como movimiento del orden, un proceso mediante el cual Cristo va dando forma a su cuerpo. Como consecuencia, Teilhard no considerará que Dios «ha creado el mundo», sino que «aún sigue creándolo». Lo que le distingue de las antiguas liturgias es que Teilhard considera que el movimiento hacia el caos, la muerte y la entropía (¿a imagen del Tiamat de Babilonia, quizá?) también debe ser consagrado como sangre de Cristo. Así, las tragedias de la guerra y sus continuas frustraciones personales eran consagradas, cada día, y formaban parte de su comunión con la sangre de Cristo. Lo que afirmaba era que el movimiento hacia la disminución es también obra de Dios, de otro tipo. Podría ser quizá como esa «mano izquierda de Dios» con la que una tradición cristiana —más popular que erudita— ha gustado identificar los aspectos negativos de la acción divina.

«Mi cáliz y mi patena son las profundidades de un alma abierta de par en par a todas las fuerzas».

El cáliz y la patena son las profundidades de un alma —un alma individual; he aquí una frase que parece reflejar el individualismo de Teilhard. Y sin embargo, las cosas no son tan sencillas: en ese alma también están contenidos los demás como elementos a la espera de ser consagrados. 

Muchos amigos de Teilhard compartían con él sus esperanzas y las cargas de sus vidas; todas ellas se introducían en las profundidades de su alma y, allí, permanecían activas. Gran parte de las personas que hemos conocido siguen siendo importantes para nosotros y continúan viviendo en nuestro interior («En nuestro espíritu, hemos realizado el Mundo»). [«Nota sobre el Progreso» (1920), En: El Porvenir del Hombre, 21-35].

Podríamos afirmar que Teilhard se considera a sí mismo como la patena que contiene el crecimiento y las esperanzas de los demás, y el cáliz que contiene sus disminuciones y su dolor. En la ofrenda, su presencia en el interior de su ser se vuelve más palpable todavía: Teilhard se rememora, «uno a uno», a todos aquellos que han formado parte de su vida, de una manera o de otra. En primer lugar, recuerda a su familia y, después, a esas otras familias más amplias que han ido creciendo a su alrededor, sus amigos, sus compañeros, todos aquellos con quienes comparte «las afinidades del corazón, de la investigación científica y del pensamiento». Todas estas personas forman su mundo. Al recordarlos, cobran vida en su interior: sus esperanzas viven en su patena, y su dolor en su cáliz. El cáliz y la patena son su alma. Y nuestros cálices y patenas contienen, también, elementos similares.

Cuando nos disponemos a adentrarnos en la Misa, algunos escritores espirituales nos invitan a dejar de lado todas nuestras preocupaciones humanas; con ello pretenden ayudarnos a centrarnos en Dios. Otros escritores proponen prácticas ascéticas para que logremos centrarnos aún más en Dios y volvernos, de este modo, indiferentes a todas las cosas. 

Teilhard rechazaba todas estas concepciones: lo que él hace es invitarnos a recordar explícitamente las preocupaciones de las personas que queremos, a recordarlas con más intensidad si cabe. Las esperanzas y las miserias de la Tierra serán la sustancia que Teilhard va a presentar ante Dios. Su presencia agitada en el interior de su ser será el contenido de su oración. Pero más allá de su familia y de sus amigos, también está presente en su interior una masa indefinida de otros, esos otros de los que apenas tiene conciencia; algunos serán como una amenaza y el hecho de recordarlos, fuente de desasosiego:

«Evoco a aquellos cuya multitud anónima constituye la masa innumerable de los vivientes (…). Quiero que en este momento mi ser resuene acorde con (…) esa multitud agitada (…) ese Océano humano cuyas lentas y monótonas oscilaciones introducen la turbación en los corazones más creyentes».

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