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Levantemos la cabeza
La primera página de la Biblia nos narra los orígenes del mundo. El libro del Génesis en su capítulo primero es un canto bellísimo a la creación: “En el comienzo de todo Dios creó el cielo y la tierra. La tierra no tenía entonces forma alguna; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas” (v 1-2).
“Dios dijo: Haya luz y hubo luz que separó de las tinieblas y la llamó día y a la oscuridad noche. Primer día. Y Dios vio que era bueno” (v 3).
Todo lo creado era “bueno”. Dios no puede hacer cosas que no lo sean. Dios entregó la creación al hombre hecho a imagen y semejanza suya para que la cuidara (1, 26-28). Cuidar en hebreo significa proteger y velar.
Así que el hombre tiene una gran responsabilidad de respetar la creación, de este gran don hecho por Dios a la humanidad. Sin embargo parece que el hombre olvida fácilmente esta responsabilidad de respetar la creación y en vez de respetarla la destruye, se sirve de ella indiscriminadamente, se deja dominar por la ambición. El hombre es señor de la creación no dueño.
Como dijo el Papa Francisco en la misa en la capilla de Sta. Marta hace pocos días: “Un cristiano que no custodia la creación, que no la hace crecer, es un cristiano al que no le importa la obra de Dios, ese trabajo nacido del amor de Dios por nosotros. Y esta es la primera respuesta a la primera creación: custodiar la creación, hacerla crecer”. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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