Elías, ¿el deprimido?

El profeta Elías es un hombre que pasó por las mil y una y, en algunos casos se sintió al borde de la depresión deseándose la muerte. Ya no podía más o esto es lo que le parecía: “En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino y, al final se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: ¡Basta, Señor!”. ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres! (IRe. 19,4 ss.).

En nuestro caminar por el mundo, también a nosotros nos puede ocurrir algo semejante y exclámanos: “¡Ya no puedo más, no puedo resistir tanta presión!” Y como Elías huimos, no queremos saber nada más, que se las arreglen como puedan, ya no se qué más hacer en esta situación, con lo que he llegado hacer por esta persona y mira como lo paga, es desconcertante, una injusticia, no vale la pena luchar más.

Pero ahí aparece en nuestro camino un ángel, que puede ser alguien que el Señor nos envía, y nos dice: “Levántate y come”. Es decir, una persona que ve nuestra situación de depresión y es capaz de darnos nuevos ánimos, de ayudarnos a reflexionar que no podemos tirar la toalla, que todavía queda algo por hacer, que hay una pequeña esperanza. Nos puede ayudar mucho, la lectura de la Palabra de Dios “que es eficaz y cortante como espada de dos filos”, ésta nos sacude de nuestros miedos, de nuestras angustias y nos anima a continuar la ruta emprendida, pero no la de la huida como en el caso de Elías que huía de la perversa reina Jezabel sino al del retorno de nuestros compromisos: “¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”.

Sí, ¿cuántas veces no nos hemos sentido fortalecidos en nuestros desánimos con la fuerza de la oración, de la Eucaristía, que es el pan de los viandantes? “Elías se levantó, comió y bebió y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte del Señor”. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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