Mira quién baila. Cantar 7,1-6

Pero vayamos al tema de hoy. En el Cantar, capítulo 7, posiblemente en la fiesta de boda, han llegado los músicos. Se ha despejado el patio, y brinca ya la risa del pandero. ¡Que baile la novia! Entre dos filas de mujeres que palmean y cantan, sin perder la mirada del esposo, con gracia y alegría se contonea, y gira, gira —en vuelo místico y sensual— su carne tostada y prieta (7,1):
¡Gira, gira, sulamita,
baila, baila, que te veamos!
Mirad a la sulamita
en la danza de los dos coros.
El poeta del Cantar pasa de ropa. Radiografía el cuerpo y lo describe en sus rotundas formas. Sugiere Pikaza que “quizá ningún pasaje de la Biblia judía o cristiana canta de esta forma la inocencia y atractivo de un cuerpo de mujer”. De momento, al enamorado se le van los ojos hacia los pies que retozan y vuelan (7,2a) :
¡Qué lindos son tus pies
con sandalias de princesa!
La cerámica que ilustra estos

versos ha sido realizada por Mari Cruz Báscones en su comentario artístico, y sobre todo místico, al Cantar. La erotizada mirada del novio asciende hacia la cintura. El pícaro de Fray Luis de León observa que el texto del Cantar se refiere claramente a la “redondez de los muslos y el cuerpo dellos, lleno de una hermosura maciza y rolliza, y de una gentil perfección”. (Los criterios de belleza han variado; generalmente las traducciones modernas no hablan tan rústicamente de muslos sino de caderas. El canon de perfección en la mujer de entonces se aleja mucho de nuestras modelos de pasarela, estilizadas, semianoréxicas.)
La curva de tus muslos es una joya
hecha por manos de artista.
Justifica el sabio frailecillo por qué destacan las piernas de la novia: “Bien se descubre sobre los vestidos el grueso y buen talle de los muslos, mayormente cuando se va con priesa y contra el aire.” Y nos advierte que nos preparemos para lo que encontraremos más arriba, pues “lo que se sigue no sé cómo las compañeras lo pudieron adivinar”.
Dejemos aquí de momento el relato bíblico. Es mejor que os asoméis a mi comentario completo, donde prosigue la emocionada ascensión del amante (pulsar aquí, sin olvidar encender los altavoces).