El Papa, el fin del régimen y las últimas penas de muerte Tierra sobre Pablo VI

(Vicente Cárcel Ortí, en L'Osservatore Romano).- Después del discurso pronunciado por Pablo VI el 27 de septiembre de 1975, en la prensa se desencadenó una campaña de ataques y alusiones contra Pablo VI. La revista de la extrema derecha, Fuerza Nueva, publicó el 11 de octubre un trafilete en el que denunciaba que el Papa había mentido públicamente porque había dicho que «no fue escuchado», mientras seis de los once condenados a muerte fueron salvados.

Pocos días antes de estos hechos, el 19 de septiembre, la Comisión Permanente del Episcopado había hecho pública una declaración sobre violencia y terrorismo, en la que pedía clemencia para los condenados (la petición de cle­mencia había sido una constante histórica de todos los obispos españoles tras la guerra. Fueron ges­tiones a la que jamás se negaron, por ejemplo, el cardenal primado Pla y Deniel, bien visto por el Régimen, y el arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea, y Ernst Günter Hansing, «Estudio para el retrato de Pablo VI» (1969-1970)otros muchos obispos, aunque no sirmpre fueron escuchados). La prensa de siempre atizaba el fuego porque el obispo de Bilbao, Añoveros, había negado el permiso para procesar a dos sacerdotes que, al parecer, habían colaborado acti­vamente con los autores de un secuestro, prestando coche y vivienda para su refugio.

Algunos sacerdotes madrileños dirigieron en agosto de 1975 una carta (policopiada am­pliamente) al cardenal Tarancón protestando del decreto‑ley para la prevención del terrorismo y proponiendo que el Episcopado abogara por la supresión de la pena de muerte y por una generosa amnistía. Más extremosos fueron varios curas de Vizcaya, que pidieron la ruptura de la Iglesia con el Régimen y su integración en la lucha de la clase obrera. Es decir, todo estaba revuelto y apasionado: unos interpretaban la clemencia como debilidad, otros exigían la intervención de los obispos como signo de alineamiento en la resistencia. En esas condiciones se apeló a Pablo VI para que pidiera la vida de cinco condenados a muerte no indultados. El Papa hizo cuanto pudo. Y es cierto que seis habían sido aministiados, pero esos cinco fueron fusilados el 27 de septiembre de 1975.

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