"Es el silencio de los lacayos del silencio el que alimenta al lobo" El cordero traicionado: cuando la Iglesia se convierte en lobo

"Sobre el cordero herido, a pesar de que todos puedan olvidarlo, se mantiene la promesa eterna: 'Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos' (Mt 5,10)"
"Los que protegen también son María: los que no mercadean con el miedo, los que se arrodillan junto al herido, aunque eso implique su señalamiento. Porque “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11)"
"No hay privilegio, ni nómina, ni gesto complaciente que valga más que la dignidad de mirar al herido y elegir ponerse a su lado"
"Hoy ese lobo se ha colado en nuestra comunidad, y sabe que la cobardía de los cuervos le seguirá valiendo de abrigo para seguir devorando en silencio, y sin mirar atrás"
"No hay privilegio, ni nómina, ni gesto complaciente que valga más que la dignidad de mirar al herido y elegir ponerse a su lado"
"Hoy ese lobo se ha colado en nuestra comunidad, y sabe que la cobardía de los cuervos le seguirá valiendo de abrigo para seguir devorando en silencio, y sin mirar atrás"
| Luis Miguel Romo Castañeda
Nada hay encubierto que no haya de ser revelado” (Lc 12,2). En 1878, August Friedrich Schenck pintó Angustia: un cordero herido ante una madre incapaz de salvarlo mientras decenas de cuervos los contemplan silenciosamente. Es una escena aterradora que no demanda palabras: el amor que soporta, el dolor que asfixia, el miedo que paraliza, la cobardía que acorrala. Más de un siglo después, esta obra sigue siendo un espejo: cada vez que alguien rompe el silencio, cada vez que tiene la valentía de señalar al culpable, la escena vuelve a repetirse.
Entre la nieve teñida de rojo, descansa el cordero dolido. No llora. Solo aguanta. Es Cristo en el Calvario, entregado por la injusticia de Pilato, que lavó sus manos, pero no su conciencia al liberar a su Barrabás mientras entregaba al inocente al castigo.
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Es Cristo también en el alma que sostuvo a Moisés cuando retó al faraón para rescatar a los oprimidos (Éx 5,1); que agarró a Elías cuando, en la soledad absoluta, se erigió contra los profetas de Baal (1 Re 18, 22-40); que concedió voz a Jeremías para denunciar la corrupción del templo (Jer 7,1-11); que prendió en Juan el Bautista la valentía de anunciar la verdad a sabiendas que su cabeza rodaría (Mt 14,3-10); y que llenó de paz el rostro de Esteban cuando, siendo lapidado, contempló los cielos abiertos (Hch 7,54-60). Y es Cristo también en el espíritu que reside hoy en cada superviviente al abuso, a la traición, al abandono. Y sobre el cordero herido, a pesar de que todos puedan olvidarlo, se mantiene la promesa eterna: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,10).

Junto a él yace la oveja, que no huye. La única que sigue ahí cuando los demás, uno a uno, se han dado la vuelta. Esa oveja es María al pie de la cruz, con el alma desgarrada, sin poder sanar el horrible dolor, pero sin consentir que el inocente muera solo.
Es también María en el rostro de Santos Padres, como Francisco, que hasta su último soplo recordaron a la Iglesia que su única fortuna debía ser el amor a los dolidos (Evangelii Gaudium 49). Aguantaron ataques cobardes, calumnias viles, incluso deseos de muerte de quienes debían haberse comportado como sus hermanos. Y, a pesar de ello, siguió abrazando… con sus zapatos manchados de Evangelio. Es también María en clérigos como el cardenal Cobo, que dignifican a las víctimas, aunque eso les cueste desprecio de determinados sectores. Es también María en religiosas como Sor Lucía Caram, que abren sus manos cuando pocos lo hacen, cargando sobre sus espaldas incomprensión. Es también María en los medios valientes como Religión Digital, faro de miles de cristianos en medio de la tormenta, con José Manuel Vidal y su equipo sosteniendo que “la verdad os hará libres” (Jn 8,32). Y es María también en la voz serena de laicos como Javier Gil-Quintana, que han escrito sobre lo que tantos callan, evidenciando que la verdad no demanda gritar para ser implacable.
Todos ellos, los que protegen también son María: los que no mercadean con el miedo, los que se arrodillan junto al herido, aunque eso implique su señalamiento. Porque “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11). Porque el Reino empieza construyéndose en el suelo teñido de lágrimas. Allí, entre el dolor y la verdad, se espera que corra el juicio como las aguas y la justicia como arroyo (Am 5,24).

Pero alrededor de esa escena de amor, también están ellos: los cuervos. Los mismos que en el Calvario no portaron alas, pero sí corazón de rapiña: los sumos sacerdotes que se burlaban del inocente (Mt 27,41-43), el pueblo que gritó “¡Crucifícale!” (Jn 19,15), y todos aquellos que contemplaban de lejos sin intervenir (Lc 23,35). Hoy siguen ahí, de otra forma, pero con la misma cobardía. No se acercan para ayudar, no se atreven a mirar al herido a los ojos; prefieren revolotear en corro. Son aves convencidas de que el silencio les garantiza su silla, su sueldo y el saludo del poderoso. Se creen astutas, pero solo son sombras temblorosas aferradas a un privilegio que se pudre más rápido que la carroña que vigilan. Su silencio no es prudencia, es rendición. Y el tiempo lo dirá: que no hay nómina, ni sonrisa impostada, ni gesto servil que valga más que la dignidad de posicionarse con el dolido. El Señor ya los ha descrito con precisión quirúrgica: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).
Y es precisamente el silencio de estos lacayos del silencio el que alimenta al lobo. No lo vemos en la obra de Schenck, pero sigue ahí, invisible, como amenaza latente, el mismo lobo que ya rondó el Calvario: Herodes y Pilato, que jugaron con la vida del inocente para proteger su poder (Lc 23,11; Jn 19,12-16); Judas, el amigo que lo vendió por unas cuantas monedas (Mt 26,14-16); y el Sanedrín, que levantó testigos falsos para garantizar la mentira (Mt 26,59-61). Hoy ese lobo se ha colado en nuestra comunidad, y sabe que la cobardía de los cuervos le seguirá valiendo de abrigo para seguir devorando en silencio, y sin mirar atrás. Es ese rostro que el Papa Francisco calificó como “infiltrado en la Iglesia”: un falso pastor que se sirve de ella en lugar de servirla, un depredador que corrompe el Evangelio desde dentro, y que se esconde tras muros de piedra, aferrado a un cargo que ya solo sostiene su mentira, convencido de que el tiempo borrará su rastro y que el olvido le servirá de absolución -como tantos religiosos acusados de abusos-.
Pero hasta esos muros, que durante años sirvieron de refugio a la mentira, son señalados: el Evangelio, y con él el Vos estis lux mundi (2019), ha recordado que la verdad siempre permanecerá en cada herida que dejó abierta, en cada lágrima que nunca se dignó a ver, en cada perdón que jamás pidió. Se cree vencedor, pero debería recordar que nadie escapa al juicio, que la verdad no caduca, que la justicia no se cansa y que el pecado siempre termina alcanzando a quien se creyó intocable.(Nm 32,23).
Ningún lobo, por grandioso que se muestre, podrá extinguir la luz; ningún cuervo, por cobarde que sea, podrá neutralizarla. Podrá enterrarla el primero, custodiarla los segundos, y sellarla ambos con la piedra más pesada del huerto (Jn 19,41; Mt 27,60); pero que sepan que el Evangelio siempre termina rompiendo el sello para devolver la luz. Y cuando eso sucede, lo hace como un trueno que rompe el cielo y como un amanecer que aclara la noche: desarma al poder, desviste la mentira y erige a quien fue crucificado por la injusticia. Porque la verdad no muere: espera. No se rinde: resiste. No olvida: vuelve. Así, Dios enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá muerte, ni llanto, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron (Ap 21,4). Y con ellas, el reino de los lobos y los cuervos.

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