La paz, en términos cristianos, sólo puede ser fruto de la justicia De las convulsiones sociales a una nueva esperanza
(Alfredo Barahona Zuleta, revista claretiana TELAR).- No son tranquilos los días que hoy vive el mundo. Quizás nunca lo fueron ni alguna vez lo sean. Porque si alguna tranquilidad pueda merecer ese nombre sería la que logre fundarse en un orden real, donde los derechos y deberes de las personas y sociedades se conjuguen en participación colectiva para construir el bienestar común. Y esa tranquilidad basada en un orden efectivo no en la fuerza, la coerción o el engaño constituiría de verdad lo que llamamos paz. Una paz que en términos cristianos sólo puede ser fruto de la justicia.
"Queremos vivir en paz", suele escucharse como uno de los mayores anhelos personales y colectivos. El ser humano lo ha sentido así desde siempre. Tanto que ni saciar necesidades básicas como el comer y beber es prioritario si no se vive en paz. "Más vale un mendrugo de pan comido en paz, que banquetearse y vivir peleando", sostiene uno de los Proverbios bíblicos (17,1). Y así como el nacimiento del Mesías fue cantado desde los cielos con un anhelo de "paz a los hombres que ama el Señor", el propio Cristo no perdió oportunidad para desear a sus amigos "la paz esté con ustedes" y enseñarles a augurar en todas partes ese regalo de la paz.
Pero, ¿acaso logrará el mundo alguna vez vivir en paz? ¿Podrá algún país alcanzarla? ¿Es la paz una característica de muchas familias, o siquiera de las comunidades religiosas? Según el salmo 133, ¡qué bueno y grato es que los hermanos convivan unidos! Valga responder: "¡escúchanos, Señor, te rogamos!"
Un antiguo profesor del ramo recalcaba a sus alumnos que "el periodismo es la historia del hoy". Según ello, los medios de comunicación son el archivo de aquello que la historia registrará como característico de un momento o período en la vida de los pueblos. Lo que diarios, televisión, radios, revistas y nuestras avasalladoras redes sociales sacan a luz podría caracterizarnos como una de las épocas más convulsas, trágicas y dolorosas de la historia.
Esto es discutible, por cierto, y habrá argumentos al respecto en uno u otro sentido. Salvo el de quienes no dudan en sostener que "todo tiempo pasado fue mejor". Pero instalarse a vivir en el pasado es, a lo menos, un escapismo sin sentido ni destino. Peor aun para los cristianos, a quienes el Maestro llamó a buscar "primero el reino de Dios y su justicia..."
¿Cómo cumplir esta consigna sin involucrarse en las realidades de injusticias, abusos y falencias que originan los conflictos, la violencia y los enfrentamientos que hoy sacuden a países y continentes?
Pero no participar, sustraerse, viene siendo la tónica sobre todo de las nuevas generaciones ; en diferentes latitudes y, por cierto, en nuestra Latinoamérica. Contribuyen a ello una fundada desilusión por el manejo de las crisis, la corrupción, el clientelismo, las maquinaciones y abusos, comunes a gran parte de nuestros países. A un rechazo profundo de la "clase política" se suma el que provocan grupos de poder que suelen manejar diversas manifestaciones públicas con resultados de violencia, destrucción y pillaje.
Pero la solución no es imitar al avestruz escondiendo la cabeza. "Es deber del cristiano involucrarse en la política, aunque sea demasiado sucia", ha respondido hace poco el papa Francisco a la pregunta de un joven. "Involucrarse en la política es una obligación para un cristiano. Nosotros no podemos jugar a Pilato, lavarnos las manos", enfatizó.
Los jóvenes, esperanza de un mundo nuevo, son quienes deben sentirse más obligados a enarbolar las banderas de los cambios profundos que se requieren frente a las injusticias, la corrupción y los abusos que han encendido la indignación pública a lo ancho de la sociedad globalizada.
El aliento de esperanzas que la irrupción del propio papa latinoamericano ha provocado en la Iglesia, ojalá refuerce decisivamente la inflexión del letargo profundo de la acción pública que vivió nuestra América latina hasta años recientes.