Arrepentimiento social y espiritual

WENCESLAO CALVO

Una de las experiencias comunes en las últimas décadas para todos aquellos que han querido proclamar el evangelio en cualquier ciudad española en plena calle ha sido la de que, en el momento en que el predicador pronuncia determinadas palabras, el corro de curiosos que se había formado para escuchar desaparece como por ensalmo. Pero este extraño poder que tienen ciertas palabras para producir la desaparición instantánea de la gente nada tiene que ver con fuerzas misteriosas o esotéricas, sino que obedece a otras razones que luego explicaré.


El problema se agudiza aún más cuando se trata de solicitar por escrito permisos oficiales para realizar actos en lugares públicos cuyo eje gire alrededor de la predicación del evangelio. Entonces hay que andar buscando una terminología lo más aséptica posible que no levante sospecha alguna de que el acto en cuestión tenga que ver con proselitismo. En la búsqueda de esa terminología hay que poseer la misma sagacidad conceptual y lingüística que cualquier avezado abogado experto en sutilezas legales.

Y es que hemos llegado en España, que presume de ser una sociedad tolerante y abierta, a una situación de tener que andar buscando posibles rendijas y grietas en esta hermética armazón ideológica, celosamente cerrada hacia todo lo que tenga ver con la expresión pública de la fe cristiana.

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