Enterrados en corrales

JUAN ANTONIO MONROY

“En el corral no, señor Monroy. No quiero que se entierre a mi mujer en el corral”. Ocurrió en Villarrobledo, provincia de Albacete.


Corría el mes de marzo 1970. Fui llamado a Villarrobledo para oficiar el entierro de una anciana de la congregación que había fallecido. Ella y su esposo, también de muchos años, eran los únicos convertidos en una larga familia. Llegada la hora de dar sepultura al cadáver me encontré entre la espada y la pared. La iglesia me pedía que al ser la muerta miembro de la misma, la ceremonia debía ser según nuestra costumbre y ella enterrada en el cementerio civil.

Allí no había cementerio civil. Lo que llamaban tal era un rincón del cementerio municipal donde se vertían los escombros. El cura decía que de ser enterrada junto a los muertos católicos la ceremonia fúnebre tenía que ejercerla él. Aceptábamos esto o el cadáver iría al corral.

Los familiares de la muerta, todos católicos, decían que al cementerio municipal. Los evangélicos sostenían que al civil. El esposo, que conocía bien los cementerios, casi se arrodilla ante mí, los ojos bañados en lágrimas: “Al corral no, señor Monroy. No quiero que se entierre a mi mujer en el corral”.

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