Al hablar de inmigración es casi imposible no plantearse el tema de la cultura y de la identidad personal. La cultura es como el sustrato en donde se apoya toda identidad personal. Los inmigrantes son portadores y vienen apoyados en ese sustrato cultural. El nacer, moverse y crecer dentro de un contexto cultural determinado es lo que va configurando la identidad de cada persona. Los tintes que se han conseguido en la inmersión en un contexto cultural, es lo que una persona va reflejando de sí misma, iluminando a todos desde su faro personal inculturado. Desde esos rayos culturales de luz que inconscientemente desprenden, y desde esa urdimbre cultural, es desde donde uno se percibe como persona.
La cultura en la que uno nace y crece no es, pues, algo irrelevante o algo accidental de lo que se puede fácilmente prescindir, sino que configura la identidad personal, la singularidad de cada uno.
Por tanto, el conocimiento de uno mismo, así como la forma de aprehender la realidad que nos rodea, no puede prescindir de esos matices o tintes culturales que hemos ido asumiendo en un contexto cultural determinado. Esos hilos culturales asumidos en la propia identidad, esos destellos identitarios, conforman, de alguna manera, las trayectorias vitales.