Pentecostés 2025
“[…] ¿qué me impide ser bautizado?” (Hch 8,36b)
Croniques - La Maison-Dieu 230 (2002/2)
Después de la publicación del artículo del Padre P.-M. Gy en el número precedente de la revista, hemos recibido del cardenal J. Ratzinger la respuesta que sigue. La dirección de La Maison-Dieu, así como el P. Gy, agradecemos vivamente al cardenal Ratzinger por su artículo, cuya redacción en francés no podemos más que admirar. Esta respuesta abre una discusión fuerte y útil, en el respeto a la vez de las intervenciones magisteriales y de la libertad de las discusiones teológicas y litúrgicas. Fiel a su conducta, la revista contribuirá a alimentar la investigación litúrgica con artículos de fondo.
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Joseph Cardenal Ratzinger 15 de abril de 2002
Redacción de La Maison-Dieu
Señores:
El Reverendo Padre Pierre-Marie Gy, op, ha publicado en su revista (n° 229, 2002/1, p. 171-178) su crítica a mi libro El espíritu de la liturgia y él mismo ha tenido la gentileza de hacérmela llegar.
En el interés de un diálogo fructuoso sobre las cuestiones implicadas, les ruego interponer sus buenos oficios para publicar igualmente mi respuesta a la crítica del R. P. Gy en la misma revista, de la forma más pronta posible.
Con mis mejores deseos en este tiempo pascual,
Joseph Cardenal RATZINGER
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Las anotaciones críticas que el padre Gy ha dedicado a mi libro sobre el espíritu de la liturgia requieren algunas clarificaciones, en el espíritu de un diálogo abierto y únicamente guiado por el interés de la gran causa de la liturgia.
a) Dije que era justo y necesario crear un espacio propio para la liturgia de la Palabra (alrededor del ambón) para así llevar a cabo la forma de una proclamación-respuesta, como un diálogo entre aquellos que anuncian esta Palabra (el lector, el cantor, el diácono, el sacerdote) y aquellos que la escuchan.
b) Además, constaté que en las iglesias (especialmente catedrales y colegiales), donde el altar mayor está demasiado alejado del pueblo, era bueno construir altares que fueran colocados más cerca del pueblo.
c) Finalmente, añadí que la gran tradición de la “orientación”, el hecho de volverse hacia el “Oriente” como imagen de retorno a Cristo, no pide de manera alguna que todos los altares ahora sean invertidos nuevamente y que sea cambiado el lugar del sacerdote en consecuencia. Por el contrario, se puede satisfacer las petitorias internas de esta tradición apostólica sin emprender grandes transformaciones exteriores asegurándose que la Cruz (la Cruz escatológica como en las iglesias primitivas, la Cruz de gloria como en las iglesias romanas, la Cruz del sufrimiento, con el acento puesto en la resurrección) sea el punto de mira común del sacerdote y de los fieles cuando ella se encuentra en medio del altar y no a un costado. Cristo que fue crucificado y que vuelve hoy es el verdadero oriens, la dirección de la historia. Él personifica la síntesis de la orientación cósmica e histórica de la liturgia, tan central en la tradición de la oración hacia el “Oriente”. Poder fijar todos juntos la mirada sobre aquel que es el Creador y nos hace entrar en la liturgia del cosmos, pero que también nos muestra el camino de la historia, es quien permitiría recuperar en la liturgia, de modo visible, la dimensión profunda de unidad que existe entre el sacerdote y los fieles al interior del sacerdocio común. Ninguno de mis críticos me ha podido decir hasta ahora por qué esta idea simple en todo -la Cruz, el Crucificado y el Cristo que vuelve, como punto de mira de la liturgia- es falsa. En lugar de esto, se intenta enredarme en discusiones arqueológicas cuyo resultado es, finalmente, poco importante para la cuestión litúrgica como tal.
5. Quien hace la observación de que no soy un liturgista y no tengo competencia suficiente en la materia, solo puedo responder diciendo que ninguno de los grandes padres de la renovación litúrgica -Guardini, Jungmann, Bouyer, Vagaggini (por no mencionar otros)- era liturgista de origen y esto simplemente porque esta disciplina aún no existía en la época. La crítica de Falsini, que señala Gy, es, a mis ojos, superficial y sin valor. Los críticos de Kl. Richter no tocan cuestiones estrictamente litúrgicas; antes que nada, lo que él ha denunciado desde su propia orientación de fondo, es la insistencia demasiado fuerte de mi libro, según su punto de vista, sobre la “adoración”. Haciendo esto no se ha dado cuenta que la noción de adoración, tal como la presento, no está limitada a la oración propiamente dicha, sino que abraza toda la vida. El padre Gy ha dejado de mencionar, extrañamente, la recensión mucho más detallada de mi libro que ha hecho A. Gerhards, profesor de liturgia en Bonn (Herder-Korrespondenz 54 [2000] 263-268). Gerhards es, hasta ahora -según lo que he podido ver-, el único recensor que se ha tomado la pena de llevar al conocimiento del lector el contenido del libro mismo y de permitir así discutir sus intenciones internas. De modo diferenciado, los otros recensores se contentan con reaccionar a tal o cual página que les contraría. En general, es la cuestión de la orientación y de la participación activa las mencionadas, y es muy necesario decir que mi posición es presentada a menudo, a este respecto, de modo distorsionado. Había intentado clarificar en mi libro las dimensiones de la liturgia en un abanico cuádruple; la dimensión cósmica de la liturgia, el lugar de la liturgia cristiana en la historia de las religiones y toda la problemática fundamental de la existencia humana que ella transparenta; la relación entre Israel y la Iglesia en el camino histórico de la liturgia; las diferentes rutas de la liturgia cristiana en sí misma y la relación entre culto y cultura. Pero esto no le interesa a la mayoría de los liturgistas que, hasta aquí, han reseñado mi libro y en cuyo informe rendido han pasado de largo su contenido. ¿Por qué? De mi parte, esa es la pregunta que le dirijo a mis recensores.
Para terminar, un pequeño comentario todavía. La declaración del padre Gy, de que la reunión en Fontgombault se trataba de un encuentro de tradicionalistas, me molestó. En realidad, los invitados eran únicamente personalidades que aceptan claramente el concilio Vaticano II -en continuidad con toda a historia de la Iglesia- y representan al mismo tiempo orientaciones absolutamente diversificadas. La pregunta planteada, que tiene también una importancia de orden pastoral, era la de saber cómo se podía llegar a una reconciliación litúrgica y de esta forma a una recepción más plena de la constitución sobre la sagrada liturgia. Me abstengo de tachar de tradicionalistas a todos los que no están de acuerdo con la corriente principal actual de los liturgistas y de erigir obligadamente una uniformidad de pensamiento que no es conciliable con la amplitud de la reforma conciliar. Semejantes etiquetas partisanas son contrarias al diálogo que todos nosotros debemos esforzarnos a hacer hoy y al cual, el presente ensayo de diálogo con el padre Gy, quisiera constituir una modesta contribución.
Referencias al pie
[1] Para esto refiero el artículo de A. GERHARDS, profesor de liturgia en Bonn, publicado recientemente en Theologische Revue 98 (2002) 15-22: «Versus orientem - versus populum : l'état actuel d'une vieille question disputée ». Gerhards recopila allí todo el material tanto sobre la cuestión histórica como sobre el debate actual y muestra claramente el valor universal de la dirección de la oración versus orientem, retomando también las correcciones ulteriores que Nussbaum aportó a su tesis primitiva. Él propone, igualmente, otros aspectos a observar para la construcción de iglesias y para la celebración litúrgica para llegar, en lo referente a cuestiones prácticas, a una solución equilibrada que puedo aceptar absolutamente.
Texto original: "Réponse du Cardinal Ratzinger au Père Gy": La Maison-Dieu, 230, 2002/2, 113-120.
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