Carriquiry: «Anunciar a Jesús es la contribución de la Iglesia para superar la crisis»

—¿Para doctrina la social de la Iglesia, el Estado del bienestar es la respuesta del humanismo cristiano dentro del capitalismo?
—Es mucho más que eso. El Papa dice que el anuncio de Jesucristo es el principal y más importante factor de desarrollo humano. El Papa encuadra la Encíclica en el principio hermenéutico de que Dios es el fundamento y la clave de juicio de toda la realidad: el amor y la verdad, «caritas in veritate».
El Estado del bienestar ha significado progresos sociales muy importantes para satisfacer muchas necesidades humanas. Pero hoy en día, con la crisis, el Estado del bienestar hace aguas por todas partes y necesita ser repensado. Además, es un Estado del bienestar para las zonas más ricas del planeta, a lo que el Papa dice que hay que globalizar la solidaridad, porque hay más de mil millones de seres que sufren hambre.
—¿Habría que globalizar el Estado del bienestar con estandares asequibles a todos los países?
—El problema es que hay que repensar y revisar críticamente el Estado del bienestar. Hoy se ve confrontado a una desocupación creciente, fenómeno que es impresionante en España. Hoy se encuentra con la necesidad de revisar profundamente el sistema de las pensiones, porque con las políticas de baja natalidad es imposible sostener el sistema establecido por el mismo Estado del bienestar. El consumo cae y bloquea la capacidad de crecimiento que lo sostenía con el riesgo de perder garantías sociales fundamentales para el mundo del trabajo...
—¿Quizá con modelos de desarrollo en los que vuelva lo comunitario como célula cristiana básica frente al individualismo?
—El Papa dice que la raíz de la crisis actual está en la codicia convertida en sistema idolátrico. Y los ídolos esclavizan a la humanidad y no dan respuesta a los anhelos de sentido, de felicidad, de justicia y de significado. Y terminan en callejones sin salida, generando este afán de ganancias a breve plazo sin pasar siquiera por la laboriosidad.
Es un signo de idolatría del dinero, que además desequilibra todo el sistema económico, porque la economía no es azar, es trabajo, inversión, previsión, comercio, modernización tecnológica. El Papa dice que todas las crisis profundas en la historia ayudan a pasar de las apariencias a las raíces, de los fenómenos a los fundamentos. Y suponen una oportunidad para emprender reformas estructurales importantes que en tiempos normales serían muy difíciles hacer.
—¿Por eso la Encíclica propone una verdadera autoridad global?
—Pero el Papa dice que atendiendo a la subsidiaridad y a la solidaridad. Una autoridad mundial que primero es de mayor coparticipación en los poderes de decisión y gestión. Esperemos que el G8 se transforme en G20 y mucho más, porque sin China, India, Brazil y Sudáfrica no se puede pensar a escala mundial. El Papa da una indicación muy fuerte y muy audaz.
—¿Qué reflexión le produce que una creciente mayoría anteponga el deseo de mantener el puesto de trabajo a perder la salud?
—Todos tenemos la conciencia de que la crisis afecta al mundo entero, pero afecta a la vida de todas las personas y a las familias. Pero la crisis todavía no se ha cobrado todo su costo a nivel de consecuencias sociales. No sólo está generando desocupación, sino mayores niveles de precarización de trabajo, menores garantías de protección social.
Y el trabajo es fundamental, porque es la actividad de la realización de la dignidad de la persona y la posibilidad del cuidado y sustento de la propia familia. Quizá nos aferramos a dos cosas fundamentales: a la familia y al trabajo.
—¿La familia como barricada frente la crisis?
—La familia en tiempos de crisis se demuestra como el mejor amortizador social. Porque no sólo es el lugar de los afectos, de crecimiento en humanidad, sino que es como un gran banco de solidaridad en situaciones de crisis.
—¿Cómo estimular la participación cívica ante abstenciones como la de las últimas europeas?
—Toda Encíclica social no hace más que un llamamiento a la libertad y a la responsabilidad para que todos los hombres de buena voluntad se sientan copartícipes de la vida pública. El problema es cuando la política aparece como lugar reservado a corporaciones profesionales autoreferenciales, que giran en torno a las propias pujas de poder.
Cuando la política no es vivida como tarea apasionante de construcción del bien común, que llama a la coparticipación de todos los ciudadanos, sino la actividad profesional de los políticos, entonces hay quienes terminan descreyendo. Ya desde Pio XII se hablaba del ejercicio de la política como la forma más excelsa de la caridad, del amor al destino de sí mismo y de los otros, del bien común.