Emigrantes y refugiados

Emigrante y refugiado. Ambas condiciones tenía Jesús niño cuando sus padres lo llevaron a Egipto para escapar de un peligro inminente. José –relata el Evangelio- escuchó en sueños la voz del ángel que le decía: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2, 13).
Cualquiera de nosotros que tenga cierta edad recordará que antes eran muy pocos los extranjeros -así los llamábamos- que vivían en nuestros pueblos. En las ciudades había más, pero nos sorprendía cuando viajábamos a alguna capital europea, a Londres o a Roma, encontrarnos a muchas personas que por su raza o sus vestidos se veía que procedían de países lejanos.
Hoy es habitual cruzarse por la calle con gente llegada de todas partes, que no son turistas, sino personas que han emigrado de sus países, generalmente en busca de condiciones de vida mejores. La mayoría se han integrado perfectamente en nuestras comunidades y ayudan a las familias haciendo tareas de acompañamiento de niños o de personas mayores, cuando no trabajan en la agricultura o en otras labores.
La Iglesia se goza de esta pluralidad y convivencia, que es muestra de que la fraternidad universal, fruto de la consideración de que todos somos hijos queridos de Dios, se impone ante cualquier diferencia de color, costumbres, ideologías y creencias.
Al mismo tiempo nuestra responsabilidad nos lleva a acogerlos lo mejor posible en sus necesidades materiales y espirituales. Benedicto XVI, en la carta escrita a propósito de esta jornada, nos invita a la nueva evangelización con estos colectivos.
Algunos proceden de países católicos y se encuentran con un ambiente en que la fe ha dejado de ser una convicción personal y también una confesión comunitaria, para quedar reducida a un hecho cultural. Otros vienen de países no cristianos y, como los anteriores, esperan de nosotros una confesión respetuosa y sincera de nuestra fe, es decir, ver muestras de la caridad auténtica y de una vida cristiana que responda a las creencias que proclamamos.
Tenemos mucho que aprender de los inmigrantes y refugiados, y también mucho que ofrecerles. Son huéspedes que han llegado a nuestra casa y hemos de tratarles como si fueran el mismo Cristo, que no sólo marchó al exilio egipcio, sino que está presente en cada uno de los hermanos necesitados.
Jaume Pujol, arzobispo de Tarragona