"¡Evangelizar! También en la religiosidad popular"

En este imaginario futuro, habrá tendencias que perviven y otras definitivamente olvidadas. ¿Qué papel es el que le corresponde a la Iglesia en ese tiempo del mañana? ¡Evangelizar!. Ésta es su tarea y la razón de su existencia: anunciar a Cristo y vivir según el Evangelio.
Ante esa incuestionable tarea evangelizadora de futuro, ¿qué puesto le va a de corresponder a la peregrinación y a la religiosidad popular?
¿Cómo será el futuro? Esta pregunta resulta tan curiosa como inútil, y que podríamos cambiarla por otra más importante y comprometida: ¿Cómo queremos que sea el futuro? Si ha de ser evangelizador, trabajemos ya por la evangelización. Aceptemos los medios pastorales de los que disponemos y hagamos de ellos un "espacio de esperanza". Entre esos medios, contamos con la peregrinación, en la que, entre otros muchos valores, hay una genuina expresión de religiosidad popular.
Hablemos pues de la religiosidad popular, de la peregrinación y del futuro. Pero siempre teniendo en cuenta que vivimos entre la fidelidad a una vocación y el discurrir de los tiempos. Así que será oportuno tener en cuenta el sabio consejo agustiniano: Praeterita credamus; praesentia agnoscamus; futura speremus. Exigencia de fidelidad a Cristo y al Evangelio, a la Iglesia y su misión en el mundo, al hombre y a nuestro tiempo. Pero que el pasado no ahogue el presente y el presente no quite esperanza al futuro.
1. RELIGIOSIDAD POPULAR
Una primera y sorprendente paradoja. Por una parte, crece el número de los que se confiesan indiferentes en materia religiosa. Por otra, aumenta la participación de esas mismas personas en acontecimientos religiosos. Las asociaciones relacionadas con la religiosidad popular viven un pujante momento, no solo por el aumento del número de hermanos, cofrades, sino de interés por el conocimiento, la formación, el acercamiento a lo que significa esta peculiar manera de vivir la fe. Un fenómeno para estudiar: los templos vacíos y la celebraciones religiosas populares multitudinarias. Las peregrinaciones no sólo se mantienen sino que se han incrementado de una forma casi espectacular. Ya no hace falta que sea año jubilar para que Compostela se llene de peregrinos.
Algunos piensan que la explicación de este sorprendente fenómeno hay que buscarla en el interés por lo religioso, el retorno de lo sagrado, la "venganza de los dioses", la revolución mística, "el éxito de Dios", el fenómeno masivo de la participación en manifestaciones religiosas populares... Y hasta en la crisis económico financiera.
Expresión religiosa e interés social
De una u otra manera, lo religioso suscita un interés social. Unas veces para la estima y muchas para el denuesto. Aunque también será necesario matizar sobre el objeto de ese amor o de ese rechazo. Habrá que separar el trigo de Dios y la cizaña que ponen los hombres, los grupos proselitistas, los creyentes, los ateos, los arribistas y aprovechados de siempre.
En lo religioso-popular, el hombre sencillo encuentra la respuesta a los grandes interrogantes de la existencia: vida, muerte, amor, sufrimiento, alegría... Igual que los enfermos y los pobres se acercaban a Cristo pidiendo la curación y el remedio, así lo hace la gente sencilla ente la imagen del Señor, de María y de los Santos.
Lo religioso llega a los ámbitos más distintos, crea interés y es fuerza de convocatoria y de participación social del pueblo, que expresa su fe en un lenguaje total de palabras, gestos, música, imágenes, costumbres, vestidos... Se comparte la alegría de la fiesta religiosa y se toma nuevo aliento para vivir con mayor fidelidad la vida cristiana. Es obligado decir que, para que produzcan tan buenos frutos, es necesaria una adecuada acción pastoral y catequética.
La religiosidad es la forma con la que se expresa, de una forma sensible, la creencia, la fe, la relación con Dios. Una actitud de adoración y acatamiento, en la que el símbolo y la intuición están por encima del discurso y el raciocinio. Refleja una sed de Dios que solamente los pobre y sencillos pueden conocer. "Comporta un hondo sentido de los atributos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción (...). Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser cada vez más, para nues¬tras masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo" (Evangelii nuntiandi 48).
2. LA PEREGRINACIÓN EN LA RELIGIOSIDAD POPULAR
En Santiago de Compostela, en 1983, fueron expedidas 2.000 credenciales de peregrino. En 1993, 70.000. Los últimos datos nos hablan de... En el primer semestre de 2009: 45.526...
Las peregrinaciones siguen creciendo en el número y en la frecuencia. Jóvenes y mayores, enfermos, familias enteras, hombres y mujeres de las más distintas naciones y culturas, creyentes e indiferentes... se han roto las barreras de todo tipo. Algo, mucho más hondo, que un simple fenómeno de globalización. Es el pueblo de Dios que camina al encuentro del Señor.
La peregrinación obliga, no solo a salir del propio espacio exterior, sino también del recinto de la propia interioridad, quizás dominado por la indiferencia o el olvido. Se emprende el camino del encuentro, aunque los convencimientos religiosos estén un tanto adormecidos. El retorno a una vida evangélica será el mejor criterio para evaluar la autenticidad de la peregrinación.
¿Esta comunidad peregrinante podrá contribuir, no solo a una sociedad cada vez más globalizada que nos hace más cercanos, sino que nos haga más hermanos? (Cf. Cartas in veritate 19).
En el alma del pueblo
Vamos a ponernos en camino para observar cuanto suceda a nuestro alrededor. Es decir, nos acercaremos a los múltiples aspectos y valores de esta forma de religiosidad popular que es la peregrinación.
Peregrinación y romería están en el alma del pueblo, que lo vive como un momento único de su vida, como ilusión de todos los días del año. ¡Cuándo volveré a ti, Jerusalén! La palabra Jerusalén puede cambiarse por el nombre del santuario y de la advocación que se recuerda y quiere. La casa está llena de recuerdos de aquella peregrinación. Y se desea volver para renovar la devoción y la esperanza.
¿Qué es lo que se busca y que motiva en emprender una peregrinación? ¿Llenar un tiempo de ocio? ¿Superar el vacío de una vida sin Dios? ¿Cumplir una promesa? ¿Reencontrarse con una fe casi perdida? ¿Un sincero deseo de conversión a Dios? ¿Un auténtico acto religioso, tanto por las motivaciones como por la finalidad última?
Cada país, cada pueblo, tiene sus lugares santos en los que late el corazón de todos. Santuarios para un encuentro especial con Dios; lugares en los que Cristo vive de una manera especial junto a su pueblo. Lugares con frecuencia dedicados la Virgen María y que expresan la misma naturaleza de la iglesia. ¡Somos un pueblo peregrino! (Jan Pablo II. Knock, 30 9 79). Santuarios, imágenes sagradas y peregrinaciones son para nosotros caminos de la iglesia y de la devoción popular que ayudan a profundizar en la vida espiritual, en nuestra alianza con Dios y con los santos y para hacer fecundo el testimonio cristiano diario (Juan Pablo II, 3 5 86).
Tierra Santa, Roma, Compostela, los santuarios de la Santísima Virgen y de los Santos, no son simplemente unos lugares que nos atraen, sino lo que representan de veneración al Señor y a su Santísima Madre. En realidad, una peregrinación siempre se realiza a esos misterios de la fe, que son la encarnación del hijo de Dios en las entrañas purísimas de María, y el de la redención de los hombres por Cristo. La peregrinación es vivir esos mismos misterios, recorriendo los caminos y las huellas que Jesús y María dejaron a su paso por este mundo. Haciéndolo de esta manera, el peregrino se siente acompañado por el mismo Cristo, que seguirá recordando que el ejemplo de su vida es el mejor camino para recorrer la propia.
Como dijo Benedicto XVI al llegar a Tierra santa: "Me inserto en una larga fila de peregrinos cristianos a estos lugares, una fila que se remonta hasta los primeros siglos de la historia cristiana y que, estoy seguro, proseguirá en el futuro. Como muchos otros antes que yo, vengo para orar en los santos lugares, a orar en especial por la paz, paz aquí en Tierra Santa y paz en todo el mundo".(Benedicto XVI Tierra Santa Bienvenida. Aeropuerto Tel Aviv 11-5-09).
Carta de identidad
Hay unas disposiciones ineludibles que son como la cédula de identidad interior del peregrino. No puede iniciarse la peregrinación sin un sincero arrepentimiento de los pecados. Si se busca a Dios, hay que hacerlo con sinceridad de corazón. Es decir, convertidos a Dios, retornar a la gracia perdida, acogerse a la misericordia de Cristo redentor. Inseparable de la conversión de corazón está la práctica de la caridad fraternal.
En la peregrinación se agranda la capacidad de apertura y acogida al que llega, invitándole a la participación, gozando con la presencia del forastero. Hay una conciencia de lo caritativo y solidario fomentando acciones en beneficio de los que carecen.
Aquello en lo que se cree es lo que se desea compartir con los demás. El amor fraterno se hace testimonio visible del espíritu evangélico que anima al peregrino. Compartir con los demás la ayuda material no es sólo un gesto solidario, sino también expresión del amor fraterno que, como gracia y favor de Dios, se ha recibido. Es una forma de manifestar la gratitud a Dios, que ha dado los bienes de este mundo y la gracia de tener el corazón abierto al amor de los demás.
Unida a la peregrinación está la "indulgencia". Algo muy apreciado por los peregrinos. Es la señal de la misericordia de Dios, que sale al encuentro y perdona los pecados. El hijo se ha reconciliado con su Padre Dios y ahora lo sienta a la mesa y le hace participar en el banquete de la Eucaristía. Este encuentro marca la apoteosis de la peregrinación y el comienzo del retorno a una nueva forma de vivir.
La peregrinación ayuda a descubrir la verdadera vocación cristiana como tránsito por este mudo haciendo el bien. La experiencia de la fraternidad del camino y la alegría del encuentro, el servicio recíproco y la aproximación a Dios dejan una huella imborrable.
Toda la existencia humana sobre la tierra se considera como una peregrinación por este mundo. Siempre con el deseo de encontrar esa felicidad que solamente puede ser definitiva con la llegada al santuario del cielo. Pero la única manera de hacer esa peregrinación de la vida es uniéndose a Cristo, quien es, al mismo tiempo, camino y peregrino. En él, Dios con nosotros, vivimos, nos movemos y existimos. El nos acompaña y alimenta con su palabra y con los sacramentos, particularmente con la Eucaristía.
La peregrinación es también una imagen de la Iglesia que, como pueblo en camino va hacia el encuentro con su Señor. Mientras va acercándose al santuario, los romeros comparten la oración y la esperanza, viven la comunión eclesial y confían en que sus súplicas serán escuchadas.
Desnatularizar la peregrinación sería el reducirlo todo a un mero interés turístico o cultural, descuidando una verdadera catequesis de fe religiosa. Por eso, es necesario cuidar muy bien la preparación de las peregrinaciones, sabiendo, desde el primer momento, que se trata de una expresión religiosa, con una finalidad que no puede ser otra sino es la del acercamiento al Señor por una sincera conversión personal. La peregrinación tiene siempre ese carácter penitencial: salir de uno mismo y dejarse llevar por el Señor a su propio santuario de misericordia y de perdón.
4. LOS SALTEADORES DEL CAMINO. AMBIGÜEDADES Y CRÍTICA
Agazapados al borde del camino o asentados a la vuelta de cualquier esquina, hay unos salteadores dispuestos a robar el contenido espiritual que puede llevar el peregrino y dejarlo completamente desnudo de valores religiosos.
Tendremos que alejarnos de dos extremos por demás perniciosos: el relativismo, que pasea la indiferencia como bandera, alardeando de que su gusto es criterio de conducta y que no tiene otro horizonte ni deseo que el pasarlo lo mejor posible y cuanto antes. En el otro lado se coloca un pesimismo recalcitrante y obtuso, incapaz de registrar, en los activos de la vida, cualquier valor que merezca la pena.
Caminar en público y vivir en privado
Nos vamos a encontrar con la coartada del materialismo, que valora únicamente lo inmediato y sensible, lo pragmático, lo utilitario, lo productivo. Fijación deformante de la dimensión de la persona. Valorar los actos, no por el último fin del hombre, sino por una eficacia material inmediata. Incomprensión del culto, de los sacramentos, de lo espiritual. A su lado, el agnosticismo, con su esfuerzo inútil de esquivar continuamente a Dios.
Hay una tendencia a privatizar las creencias, a desconectar la religión de la institución, a separar lo sagrado y lo profano; desaparición de lo religioso en la vida social, la desconfianza de la Iglesia, al subjetivismo religioso...
¿Se busca la peregrinación por motivaciones de fe o es el sustitutivo de una creencia que ha desaparecido? ¿Es refugio y último asidero ante lo que se cree el desmoronamiento de la práctica religiosa? ¿Puede ser una velada crítica a una manera de actuar de la Iglesia? ¿Se puede sospechar de evasión ante el compromiso social de la fe que esa misma Iglesia recuerda?
Lo religioso está en el alma de nuestro pueblo. A veces, en el contexto de unos contrastes, muy significativos: la mayor parte de la población se confiesa católica y, al mismo tiempo, con los índices más bajos de práctica religiosa dominical. Con multitudinarias manifestaciones religiosas externas, y escandalosos índices de pobreza y marginación. Con maravillosos templos, y sorprendentes carencias de estructuras adecuadas para el diálogo entre la fe y la cultura. Con numerosas Cofradías y escasa participación en asociaciones y movimientos apostólicos. Con abundancia de signos religiosos, y más que señales de un creciente anticlericalismo.
Mientras unos reciben con gozo y esperanza el retorno de lo religioso, para otros esta nueva religiosidad es una llamada de atención para estar alerta y reemprender la campaña contra cualquier creencia. Por otra parte, se sospecha que esa religiosidad que se desea llega como travestida y enfundada en la ambigüedad entre la fe y el agnosticismo, entre el reconocimiento del misterio y la burla de la trascendencia. Visionarios y adivinos, espiritistas y teósofos van apareciendo en un fantasmagórico y variopinto escenario de cábalas, ensalmos, supersticiones, maleficios y adivinación. Todo ello revestido, frecuentemente, de un ropaje de religiosismo tan falso como ridículo.
Una vez más, nos encontramos ante unas sorprendentes paradojas. Se habla del olvido de la fe y del retorno de lo sagrado, de la superación de la creencia y de la praxis ritualista, de la secularización de las costumbres y de la abundancia de signos religiosos, de la crisis de la fe y de la moral y del auge espectacular de la religiosidad popular. Participación masiva y pública, uso de hábitos e insignias, pertenencia a asociaciones, abundancia de actos y celebraciones, presencia multitudinaria de los jóvenes, incorporación de la mujer, sentido colectivo de fiesta...
Los Obispos del Sur de España, en un documento sobre el Catolicismo Popular (1985) se referían a de estas situaciones de la religiosidad popular: el fomento por parte de las instancias del poder político desde intereses no precisamente religiosos y eclesiales; interés científico por parte de los historiadores, filósofos, antropólogos, sociólogos, psicólogos, literatos y políticos. Estudios realizados desde motivaciones puramente arqueológicas en un afán por descubrir o revitalizar tradiciones perdidas y en el mero deseo de conservar las existentes. La interpretación de los datos constatados suele quedarse en interpretaciones culturalistas. Posiciones ideológicas y materialismo económico que lleva a presentar la piedad popular únicamente como objeto de atención social, de turismo y de negocio. Hipercrítica que distingue excesivamente entre religiosidad y fe cristiana, que lleva a negar cualquier contenido de fe cristiana en las expresiones populares o a descubrir en la religiosidad popular ciertos residuos de paganismo no superados, meras expresiones del subconsciente colectivo o simples manifestaciones folclóricas desprovistas de contenido cristiano. Confusión entre religiosidad popular y fe cristiana sin discernir los componentes negativos o las limitaciones de la misma que si no se detectan y denuncian la debilitan como servicio al Evangelio.
Cultura y culturalismo
Los aspectos negativos de la religiosidad popular quedan al descubierto cuando se pretende reducirlo todo, canto, rezo, peregrinación, procesiones o imagen, a una simple expresión de la cultura popular. Nada hay de religioso o, al menos, si existe, es simple añadido a lo cultural.
La peregrinación no sería más que una señal del actual deseo de movilidad en unas poblaciones atosigadas por las estructuras urbanas. La fiesta es del plenilunio, del nacimiento del sol, de la primavera, de la madre tierra. No la de Cristo, ni de la Virgen María, ni de la Pascua, ni la memoria de los apóstoles y de los santos.
Unos aspectos a considerar con atención son los político-nacionalistas. En los últimos años se observa un extraño conservadurismo, amparado por sectores llamados progresistas que buscan las raíces locales, las tradiciones y costumbres. Entre ellas, naturalmente están las religiosas. Nada de actualización, de renovar, de purificar los viejos defectos. Los intereses no son religiosos sino políticos, turísticos, localistas. La religiosidad popular se utiliza como producto de consumo. Para ganar en adeptos o en clientes, para defender la independencia de lo popular frente a lo clerical y jerárquico, de lo profano frente a lo religioso.
En algunos ambientes, la religiosidad popular se considera poco menos que como lo genuino y opuesto a la religión oficial, instituida y supuestamente distante del pueblo. Por otra parte, y en contraposición con lo que sucede en otros ámbitos, el concepto de pueblo, de gente sencilla, no se refiere a categorías intelectuales o sociales, sino a lo que se considera como un patrimonio propio y en el que todos pueden participar. Lo popular, el pueblo, no es un concepto asumido unívocamente. Para unos es lo sencillo como oposición a lo oficial, a lo intelectualizado, a la clase dominante, a lo jerárquico y clerical, incluso, desde algunas extremas posturas culturalistas, a la fe religiosa.
El turismo, religioso y no religioso, ha tomado un notable auge. Favorece, sin duda, las peregrinaciones, que aumentan considerablemente en el número de personas que pueden participar. Pero como el turismo es una realidad compleja, en la que intervienen muchas causas, sobre todo económicas, hay que estar muy atentos para que no se pierda el verdadero sentido religioso, aunque tampoco se puede olvidad la motivación turística como realidad humana y con notables y apreciables valores. Una adecuada pastoral del turismo será la ayuda inestimable para valorar el sentido de la visita a los santuarios y lugares religiosos de peregrinación.
Otro aspecto importante es el ecológico. El respeto a la naturaleza, el cuidado del ambiente, la calidad de vida en todos sus aspectos. Con frecuencia, los santuarios y lugares de peregrinación están situados en parajes de gran interés y belleza, desde el punto de vista de la naturaleza. No es infrecuente el interés de grupos ecologistas por estos parajes. Se deberá estar atentos para que una ecología ajena a todo concepto de un Dios Creador, no origine un verdadero atentado a esa "ecología" espiritual que debe centrar la atención de la romería y del santuario. habrá que "fortalecer esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos. (...) Cuando se respeta la «ecología humana» en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia" (Caritas in veritate 50, 51).
Será necesario progresar en ese permanente diálogo entre la fe y la cultura, con la superación de la incoherencia y el fundamentalismo y conseguir esa necesaria unidad entre fe y vida. Tender puentes entre el ayer y el mañana, respetando raíces y haciendo crecer esperanzas. Defendiéndose del inmovilismo, por una parte, y del vacío postmoderno de una historia sin pretérito ni futuro. Asumir ese valor dinámico del tiempo, que hace posible el encuentro entre la sabiduría de ayer y lo nuevo que nos depara el futuro.
Como la Encarnación del Verbo de Dios se realiza con la misma naturaleza humana, la cultura de los hombres puede ser distinta, pero el misterio de la Encarnación único para todos. Allí donde haya una persona estará viva la presencia de Cristo y su misterio de Encarnación y de Redención. Y como el ideal del cristiano es llegar a la medida y madurez de Cristo, nunca puede decirse que habrá terminado el proceso de la inculturación, es decir, de buscar en todas las cosas la presencia salvadora de Jesucristo. "Todo ha sido creado para vosotros. Vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios" (1 Cor 3, 23).
Juan Pablo II decía en el Rocío, junio de 1993, que "había que buscar las raíces de la fe, sin intentar desligar la manifestación de religiosidad popular de los contenidos evangélicos, y reduciendo la creencia a mera expresión folclórica o costumbrista. Eso sería traicionar la verdadera esencia de la fe cristiana. Una fe, por otra parte que "necesita ser esclarecida y alimentada continuamente con la escucha y la meditación de la Palabra de Dios, haciendo de ella la pauta inspiradora de nuestra conducta en todos los ámbitos de nuestra existencia cotidiana".
4. EN EL FUTURO DE LA EVANGELIZACIÓN, ¿QUÉ LUGAR PUEDE OCUPAR LA PEREGRINACIÓN COMO "FENÓMENO" DE RELIGIOSIDAD POPULAR?
¿Tendremos que revisar el concepto de peregrinación para adecuarlo a un nuevo tipo de masas que acuden a los santuarios religiosos? ¿Será más bien, un trabajo de mentalización y catequesis para que la peregrinación ocupe en la religiosidad popular el lugar que le corresponde y del que no puede hacer dejación? ¿Serán los santuarios los que deben revisar profundamente su sentido pastoral y evangelizador?
También aquí tendríamos hablar de un "diálogo multidisciplinar". Sea como fuere, lo que es criterio a tener siempre es cuenta es que las peregrinaciones pueden ayudar, pero nunca sustituye a los ministerios ordinarios de la evangelización: kerigma, communio, caritas.
El futuro de la religiosidad popular
Si la peregrinación está tan ligada a la religiosidad popular, qué duda cabe que el futuro de las peregrinaciones estará unido al de la religiosidad popular. La que tenemos o una nueva y renovada. ¿Cómo cuidar pastoralmente la religiosidad popular?
Ni una actitud abandonista y destructiva y pastoral de desestimación y abandono, ni la conformista e inmovilista de ver el catolicismo popular como la expresión más fiel y segura de religiosidad. Es conveniente una actitud constructiva y renovadora: educar en la fe, el compromiso y las responsabilidades eclesiales y sociales, reafirmar el carácter religioso de las manifestaciones, denunciar las distorsiones, purificación de lo imperfecto, aprovechamiento de lo más válido como es la devoción a Cristo, la Eucaristía, el amor sincero a María, el asociacionismo, el interés juvenil, el sentido de lo festivo. Todo ello puede ser un camino para la evangelización y la catequesis (Obispo del Sur. El catolicismo popular, 26 ss).
El magisterio pontificio ha subrayado "la urgencia de descubrir, en las manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos valores espirituales, para enriquecerlos con los elemen¬tos de la genuina doctrina católica, a fin de que esta religiosidad lleve a un compromiso sincero de conversión y a una experiencia concreta de caridad. La piedad popular, si está orientada convenientemente, contribuye también a acrecentar en los fieles la conciencia de pertenecer a la Iglesia, alimentando su fervor y ofreciendo así una respuesta válida a los actuales desafíos de la secularización" (Ecclesia in America 16).
De cuanto venimos diciendo acerca de las peregrinaciones y la religiosidad popular podemos sacar algunas conclusiones a tener en cuenta en nuestras acciones pastorales (Cf. C. Amigo Vallejo. Religiosidad popular, 215 ss).
Frente a la ideologización y manipulaciones habrá que poner de relieve el carácter religioso y eclesial, afirmar el papel del ministerio jerárquico, estar presente como Iglesia en la promoción de la religiosidad popular, predicar la exigencia de coherencia entre fe y vida que comporta la participación, evitar la manipulación política y la instrumentalización comercial.
Superar cualquier indicio de una religión sin Dios, sin experiencia de lo divino. Es el gran peligro al que está avezada una religiosidad secularista, agnóstica, de participación sin fe, de valoración simplemente cultural, de fiesta sin misterio, de creencia atea. Se cree en el pueblo, no en Dios. Por eso es necesario saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. La fe presupone con claridad que el lenguaje humano es capaz de expresar de manera universal, aunque en términos analógicos, pero no por ello menos significativos, la realidad divina y trascendente (Fides et ratio 83, 84).
Asumir la cultura y los modos de hacer que configuran la vida de un pueblo, es algo imprescindible para poder dialogar con ese mismo pueblo en el lenguaje de la fe. El evangelio, la encarnación, no destruye sino que recoge valora y hace propia la realidad de lo humano. Ni se puede ignorar, ni tratar con indiferencia el valor e idiosincrasia de los pueblos, mucho menos anular su historia, sus valores propios, sus actitudes y expresiones. Ciertamente que será necesaria una labor de discernimiento y de purificación de aquellos elementos que dificultan el reconocimiento del valor de las mismas expresiones culturales. Dios ha puesto su mano y su gracia en todas las culturas, pero también, en la realidad cultural, aparecen las secuelas del pecado.
"El fenómeno religioso es, ciertamente, un hecho complejo. Y las expresiones de la llamada «religiosidad popular » o la religiosidad de las masas no son simples. La peregrinación o las concentraciones religiosas tienen, entre otras, una dimensión inequívocamente humana. La vida de las personas es en realidad un «camino» jalonado de encuentros, pero camino (...) Hacerse al camino -destino Roma o Santiago- exige ser capaz de descolgarse de la rutina del cada día, de liberarse de muchas cosas y actitudes y buscar con fatigosa tenacidad el encuentro con los otros, con el Otro, con Dios. Descalificar desde la suficiencia todas esas manifestaciones religiosas como si fuesen un subproducto de la superstición fanática o la alucinación colectiva, sería una injusticia a carga cerrada" (Razón y fe. Editorial, marzo 1999).
Hay que aceptar el hecho, la extensión, la participación multitudinaria, la sinceridad de muchos, la ignorancia disculpable de otros, y la posibilidad de que Dios hable a todos. Es verdad que se puede distorsionar ese lenguaje divino. Habrá, pues, que estar atento y no cansarse de ayudar a descubrir la autenticidad del misterio en el que se cree. Valores humanos y sociales, pero sobre todo incuestionablemente religiosos y cristianos, aunque sentidos y vividos en una identificación con las propias raíces religiosas y culturales, pero que nunca pueden reducirse a un simple fenómeno cultural, folclórico, intrascendente.
"Se necesita un discernimiento pastoral para sostener y apoyar la religiosidad popular y, llegado el caso, para purificar y rectificar el sentido religioso que subyace en estas devociones y para hacerlas progresar en el conocimiento del Misterio de Cristo (cf CT 54). Su ejercicio está sometido al cuidado y al juicio de los obispos, y a las normas generales de la Iglesia" (Catecismo de la Iglesia católica 1676).
Juan Pablo II nos recordaba que Andalucía "nutre las raíces culturales y religiosas de su pueblo, gracias a un depósito tradicional pasado de padres a hijos. Todo el mundo admira las hermosas expresiones piadosas o festivas que el pueblo andaluz ha creado para vestir plásticamente sus sentimientos religiosos. Esa religiosidad popular debe ser respetada y cultivada como una forma de compromiso cristiano con las exigencias fundamentales del mensaje evangélico; integrando la acción de las hermandades en la pastoral renovada del Concilio Vaticano II, purificándolas de reservas ante el ministerio sacerdotal y alejándolas de cualquier tensión interesada o partidista. De este modo esa religiosidad purificada podrá ser un válido camino hacia la plenitud de salvación en Cristo, como dije a vuestros pastores" (Sevilla 4-XI-82).
Actitudes, modos de pensar, costumbres, formas de hacer de nuestro tiempo exigen un permanente diálogo interdisciplinar y estar siempre dispuestos a acudir a un foro abierto de reflexión y de participación. Una vez más, el recto sentido de la inculturación serán buen camino de acercamiento entre lo religioso y sus expresiones sociales y culturales. Los valores más apreciados y profundos del hombre aparecen en las manifestaciones de la religiosidad popular, por tanto, la reflexión no puede hacerse solamente en el interior de la Iglesia, sino en el diálogo con la realidad social, con el entorno en el que se vive.
Ante las interpretaciones culturales y su peligro reduccionista, evitar la limitación de lo religioso a lo cultural, aunque también es conveniente no separar lo cultural de lo religioso por el peligro de desencarnación. Recuperar el valor religioso de signos secularizados, incorporar acciones pastorales a la dinámica de las celebraciones populares.
La renovación es un valor permanente, tanto de la Iglesia, como de cualquier grupo social. Pero, en cuanto a la religiosidad, no solo es una necesidad sociológica, sino consecuencia de la conversión interior que supone cualquier acercamiento al misterio de Dios. La purificación de lo menos recto, la adhesión a la verdad revelada, exigen una atención permanente, no como trabajo psicológico de interés, sino como deseo sincero de verdad y de autenticidad en la relación con Dios, donde lo secular y lo sagrado no estén en una situación de permanente conflicto, como si de una pugna de poderes se tratara. Necesidad de superar cualquier incompatibilidad entre la piedad popular y la celebración litúrgica.
Con el misterio de la Encarnación Dios se ha introducido en la historia del hombre y la eternidad ha entrado en el tiempo. El Verbo de Dios realiza en plenitud la existencia humana. La existencia del hombre y el mundo tienen un sentido y están orientados hacia su cumplimiento, que se realiza en Jesucristo (Fides et ratio 80).
Como resumen, podemos recordar lo que decían los Obispos del Sur de España en el citado documento de 1985: poner bien de relieve el carácter religioso y eclesial de las manifestaciones del catolicismo popular. Evitar la apropiación política y la reducción de las manifestaciones de catolicismo popular a mera expresión cultural. Esfuerzo por recuperar el valor religioso de ciertos signos, fiestas o costumbres, como desarrollo del sentido cristiano de fiesta y fraternidad. Buscar lazos de unión entre prácticas populares tradicionales y nuevas formas de acción pastoral. Cuidar la catequesis, oración y predicación para una mayor profundidad religiosa de estos actos. Atención especial pastoral a las hermandades y cofradías tan llenas de valores asociativos cristianos.
La religiosidad popular, como la peregrinación, necesita una auténtica catequesis de los sentimiento religiosos. No puede contentarse con el gozo de la amistad, el valor del encuentro con lo diferente, las búsqueda sin santuario...
Como en la antigua leyenda, el bordón del romero florece de nuevo a la esperanza cuando escucha los cantos de los peregrinos que acuden al santuario. Los valores de la religiosidad popular, asumidos y renovados, pueden ser una buena ayuda en esa nueva evangelización a la que constantemente se nos llama.
Aunque no sea un elemento esencial para la vida cristiana, la peregrinación puede ser un tiempo especial de gracia, un kairós, un empujón para subir al monte del Señor y encontrarse con una vida renovada. La piedad popular "como lugar de encuentro con Cristo para todos aquellos que con espíritu de pobreza y humildad de corazón buscan sin¬ceramente a Dios" (Ecclesia in America 16).
La peregrinación puede ser ese nuevo camino de Emaús en el que se disipan las dudas al acercarse a la Palabra de Dios, en el que renace la esperanza, en el que se vuelve a compartir el pan de la Eucaristía.
En la peregrinación pude hacerse sentir un deseo de sinceridad religiosa, de regeneración moral, de coherencia personal, de valoración de la Iglesia en su acción comunitaria, de la apertura al diálogo con creyentes de otras religiones, del interés por la formación religiosa, del gusto por la oración, de la participación de los jóvenes en movimientos y expresiones religiosas, del voluntariado, del apoyo a la acción social de la Iglesia, del sincero deseo de Dios.
Por estas y otras razones, las peregrinaciones pueden ser espacios privilegiados de evangelización en el futuro.
El futuro de la peregrinación
No intentamos hacer una especie de "Guía del peregrino para un tiempo futuro" o la "Hoja de ruta para los años venideros"... Sino tratar de responder a unas cuestiones sobre el futuro de las peregrinaciones.
¿Cómo será la peregrinación? o ¿Cómo queremos que sea la peregrinación? La peregrinación al santuario recuerda esa condición de caminante que tiene la comunidad cristiana, transitando por este mundo hacia la casa del Padre. Es la acción generosa y eficaz de la gracia de Dios la que mueve el corazón de los hombres a la conversión, a la penitencia, a la alabanza. El santuario es un signo sagrado que provoca unos efectos de renovación espiritual.
No se puede caminar hacia un santuario, si antes no se hace la peregrinación al templo interior de la fe y de la esperanza. La peregrinación es como una parábola. Un icono de la propia vida. Ponerse en camino para buscar todo aquello que pueda hablar de Dios. No hay otro santuario que no sea el del encuentro en la fe con aquello en lo que se cree. Dios es siempre el primer santuario al que se peregrina desde lo más íntimo de la gracia que el Espíritu Santo ha puesto en cada uno.
La conversión a Dios es siempre finalidad primera de cualquier acción cristiana. Buscar el perdón de los pecado, la reconciliación con Dios, el cambio de conducta moral y religiosa. Es el encuentro con la misericordia de Dios que sale al camino y que ofrece, en el sacramento de la penitencia, el camino del reencuentro del hijo pecador con el Padre misericordioso. La alegría que experimenta el peregrino es la alegría de la salvación. Hace fiesta al sentirse reconciliado. La penitencia le ha abierto a los demás. De ahí el sentido de participación en la fiesta.
Peregrinar es abrir el corazón y las manos para el encuentro con Dios y con los hermanos. Por eso, solamente se puede peregrinar si se lleva, como el mejor de los equipajes, la alforja de la esperanza, que es amor a Dios y deseo de encontrarse con El. Al llegar al santuario reviven los mejores sentimientos. Rebrotan antiguas raíces de devoción y de fe sincera. Una vez más, lo que vemos en imágenes con nuestros ojos nos lleva al amor del misterio que no podemos contemplar sino es con la mirada de la fe.
En resumen, la peregrinación ha de hacerse con espíritu de fe, acogiendo la palabra de Dios, haciendo oración, buscando en todas las cosas el rostro del Dios vivo. Testimoniando siempre que Jesucristo es el único Señor, al que buscamos y al que seguimos.
Las peregrinaciones son una constante en la historia de las religiones decía el Papa a los Rectores de los santuarios franceses Esta es una práctica muy arraigada en la mentalidad popular y que responde al deseo de encontrar un espacio religioso en el que se ha manifestado lo divino. Es necesario, por tanto, que los santuarios sean algo muy acogedor. Están hechos para Dios, pero también para el pueblo que tiene derecho a que se respete su sensibilidad particular (Roma, 22 1 81).
Los santuarios, decía Juan Pablo II, están llamados a ser verdaderos lugares de evangelización. Se requiere, para ello, una cuidada atención los peregrinos y una pastoral adecuada abierta a los grandes desafíos y a los signos del momento, poniendo el centro en la palabra de Dios y en la celebración de los sacramentos. Son muchas las personas que se acercan a los santuarios simplemente por curiosidad y que regresan a su casa renovadas y convertidas porque la palabra de Dios les ha iluminado. "la eficacia de los santuarios se medirá siempre más por la capacidad que tengan de responder a la creciente necesidad que tiene el hombre, en el ritmo frenético de la vida moderna, de un contacto silencioso y recogido con Dios y consigo mismo. (...) Los santuarios deben ser lugares para lo esencial en los que se hace lo absoluto de la experiencia de Dios. Sin olvidar los problemas cotidianos de la vida" (Carta en el VII Centenario de Loreto, 15-8-93). Conversión desde la incredulidad, acercamiento a los sacramentos de confesión y eucaristía, paso de la indiferencia al fervor y al compromiso cristiano.
No cabe duda que cuidada en ésta forma, la peregrinación tiene incuestionable valor pastoral y, por lo tanto, le aguada un espléndido futuro. Al hacer la peregrinación se van reforzando fuertes vínculos de amistad, de ayuda recíproca, de fraternidad cristiana, de comunidad en la fe. Las peregrinaciones siempre han tenido este carácter de acercamiento y de conversión a Dios.
La mayor parte de los santuarios, y entre los más famosos del mundo, son los que están dedicado a la Santísima Virgen María. Con muchos títulos y advocaciones y expresando un sincero y único amor a la madre de Dios en sus misterios más grandes. Son expresión del amor misericordioso que lleva a tomar conciencia de las graves situaciones en las tantas veces se encuentra el corazón de los hombres, de los enfermos y de los pecadores que acuden confiados a la mediación de María.
Un santuario es un icono precioso y concreto, como señal a través de la cual se realiza, en la fe, una especie de contacto espiritual con el misterio que, en alguna manera, hace presente. Cuando una imagen es antigua y ha tenido parte en la vida y en la historia de un pueblo, tanto mayor es la gracia que de ello se deriva (Juan Pablo II, Carta en el VII Centenario de Loreto).
En la encíclica Redemptoris Mater (1987), sobre la Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina, son particularmente importantes las referencias al culto de las imágenes, que han de ser veneradas y tener un lugar de honor en las iglesia y en las casas.
El puesto preeminente de la Virgen María en la historia de la salvación de una Iglesia peregrina, no ofrece la menor duda. María siempre antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza y de consuelo. El pueblo peregrino acude a María y pide su intercesión. La esperanza, y este mirar hacia lo alto, no aleja de las responsabilidades que aquí en la tierra se tienen. Es más, cuanto mayor sea el sentido de esperanza en Dios, mayores serán las urgencias del compromiso en ayudar y servir.
Y un buen consejo para el peregrino: No busques al que ya te ha encontrado. Escúchale.
+ Carlos, cardenal Amigo Vallejo
Arzobispo de Sevilla