Feria y devoción

Lourdes, para ser un santuario, no está mal. Es muy francés y el entorno es bonito. Alguien dijo que si Dios existiera se sabría. La Iglesia pide fe, pero siempre vienen bien las pruebas. Suelen ser dos, milagros y apariciones. Al viajero le parece que todo se podría resolver con una aparición para todo el mundo. Si no, siempre queda en el aire, supeditado a la credibilidad de quien lo asegura, como pasa con ovnis, fantasmas o algunos casos de tortura. Pero el viajero está a favor del misterio y de que cada uno crea lo que quiera.
Para un observador imparcial el impacto es notable. Desde fuera las religiones son extrañas, pasa con las imágenes de La Meca. El viajero empieza la ruta del Jubileo, siguiendo una línea azul. La primera parada es la iglesia, pero está cerrada por seguridad. Un grupo de fieles se lamenta, no lo sabía. Otro opta por cantar en un soportal. A cien metros la 'Pharmacie du Progres' tiene una máquina de preservativos en la puerta. Esto en otro país, sin separación de papeles, sería impensable. Pasa el trenecito turístico, lleno.
Souvenirs
El viajero llega a un espectáculo de luz y sonido en 22 lenguas de la 'medaille miraculeuse'. Reivindica que, «aunque muchos lo ignoran», hubo antes otra aparición en 1830 en París. Son tres euros. A continuación, segunda etapa, el tugurio de la familia de Bernardette, muy pobre. Cerrado. Hay un grupo de españoles, comúnmente identificados como pijos. «Es absurdo, está cerrado», se queja una. «Pero ganamos el Jubileo igual ¿no?», dice otro. Se ponen a rezar en la puerta. El viajero no sabe por qué, pero la inmensa mayoría de los españoles que ve son pijos. En familias o en grupos organizados con monitor, separados por sexos, del Opus Dei u otras organizaciones. Los italianos forman grupos más populares.
Luego empiezan las tiendas de 'souvenirs'. Habrá unas mil. El producto estrella es la garrafa, de 0,90 euros la de medio litro a 3,20 la de diez litros, y todo tipo de envases. Uno de plástico tiene la forma de la Virgen y la corona es el tapón. La idea es comprar los recipientes para llenarlos al final. Pero además hay velas, monederos, bisutería y todo lo imaginable en motivos marianos. También unas pastillas de menta, Malaspine, «al agua de Lourdes».
Luego llega a la Casa Paterna de Santa Bernardette. «¡La más auténtica!», promete el cartel, aunque más abajo hay otra, la natal. Es decir, al menos hay tres. El viajero paga y entra. Hay fotos de la familia. Rostros rurales, de novela de Balzac. La salida es por otra tienda. Un cartel destaca que la abrió el hermano de Bernardette y ahora es de su sobrina segunda. Dentro hay productos distintos, como una alfombrilla de ratón de ordenador de la Virgen.
El viajero por fin llega a la explanada del santuario y ve muchas banderas españolas. Al viajero no se le ocurre la relación entre una bandera y una religión, pero debe de haberla porque se ve mucho, sobre todo con las españolas. Apenas hay banderas de ningún otro país, salvo una de Francia con una ikurriña, en el mismo mástil.
En la base del santuario hay una hilera de fuentes y la gente llena garrafas sin cesar. Hay un grupo de parejas españolas. Ellas están en el grifo con una fila de botes y ellos se lo toman a broma. «¡Ay del que no tenga fe, cuando se tuerzan las cosas!», les replica una. Otro grupo de familias numerosas ya ha terminado: «¿Os habéis lavado todos la cara?», preguntan a los niños. El viajero se fija y hay unos expendedores de medallitas a cambio de una «ofrenda aconsejada» de dos o diez euros. Pone el precio en libras, dólares y francos suizos.
Al lado, expositores de velas: «Una vela es como una oración que se prolonga. Tenga la seguridad de que su vela arderá un día junto a la gruta». El muestrario es imponente: de 2,50 euros a la gama pesada, de ocho kilos (60 euros) a 120 kilos (150 euros). Luego está la gruta, con mucha gente en silencio, y una zona donde arden las velas, caras y baratas. Después, las piscinas curativas, como un balneario pero con agua bendita.
El viajero se va a la última parada, el hospital, y luego se acerca al museo de Bernardette. Hay una lista de las apariciones. Tras seis días seguidos, el lunes no hubo. Refuerza la idea de que este día no se hizo para trabajar. La frase con la que se identificó la Virgen es muy rara: «Que soy era la Inmaculada Concepciou» (sic, en español en el original). Luego, en otro museo de cera de la santa, de cinco pisos, acaba impresionado. Es tétrico a más no poder y hay niños que seguramente tendrán pesadillas toda su vida. Al salir, tienda.
La zona comercial es indescriptible, con pizza del jubileo y un emporio llamado Palacio del Rosario-Objetos de Piedad. Restaurantes, tiendas, pensiones... Al anochecer, con los luminosos, es como Torremolinos. Bajo tierra, el viajero descubre un gigantesco búnker, una basílica subterránea como un estadio donde dormirán miles de jóvenes, velados por retratos enormes de santos y beatos. El santuario de noche es una tarta nupcial. ¿Qué le ha pasado a la Iglesia? Durante siglos ha hecho cosas bellísimas.
Cansados
Por la noche, el viajero se cruza con una fila de discapacitados y tullidos, transportados en camillas y carritos por voluntarios. Están calados bajo la lluvia, cansados, con rostros inexpresivos. Al viajero le dan una pena infinita. Si esperan una curación aquí es, según los datos de la Iglesia, como un fármaco que sanara más o menos a uno de cada 10 millones. El viajero piensa que si a él le ocurriera una desgracia haría lo que fuera. No sabe si vendría aquí, iría a los Paraolímpicos o lo normal. Pero supone que si Lourdes sirve para sentirse menos solo, reconfortado, está bien.
Los 7.000 voluntarios que les atienden son un ejemplo loable. El obispo de Lourdes dice que esto sería Disneylandia si no fuera por los enfermos, aunque el viajero teme que es Disneylandia, pero con enfermos. Quizá refuerce la fe de los creyentes, pero para los demás puede restar credibilidad. A lo mejor hace falta fe para ver más allá del circo, o es que con fe no se ve, otra de sus ventajas.